La gestión del agua, una responsabilidad de todos

Patricia Malo de Molina, directora de comunicación de Abengoa

Bajo la leyenda: “Año Internacional de la cooperación en la esfera del agua“, el pasado 22 de marzo las Naciones Unidas celebró el Día Internacional del Agua. Con motivo de tal celebración, las instituciones públicas y los medios de comunicación llevaron a cabo una intensa campaña  en la que nos alertaban de la importancia del agua como recurso limitado. Desafortunadamente, este esfuerzo de concienciación sólo es visible unos días, pocas semanas después, la lucha por la conservación del agua vuelve a enmudecerse.

Propuesto por la Conferencia de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente en 1992, el Día Internacional del Agua tiene como objetivo concienciarnos sobre el consumo responsable del agua. Leyendo los informes elaborados por las Naciones Unidas y las organizaciones no gubernamentales, no hay duda: existen motivos para alarmarse. Aproximadamente 300 millones de habitantes carecen de agua, ya sea por desplazamiento de poblaciones, desastres naturales o epidemias. A los que se suman más de 750 millones de personas sin acceso al agua potable y 2.500 millones sin servicio de saneamiento. Y lo que es más grave, tal y como ha hecho público Unicef, alrededor de 1.800 niños mueren a diario debido a problemas causados por la falta de agua o por enfermedades generadas por su mala calidad.

Para resolver el problema de la escasez y la inadecuada gestión del agua, la ONU ha pedido una mayor cooperación internacional entre los distintos países, sobre todo en el sector agrícola, ante la escasez y la falta de saneamientos adecuados. Con este fin, la página oficial de las Naciones Unidas hacía público días atrás este mensaje: “El agua, recurso vital para los seres humanos, es un bien único. Es también un recurso que no conoce fronteras. Al menos 148 países poseen una cuenca transfronteriza. La cooperación en la esfera del agua es crucial para la seguridad, la lucha contra la pobreza, la justicia social y la igualdad de género“.

Además del consumo irresponsable y la gestión descoordinada, existen otros factores igualmente determinantes en la escasez del agua, como es el caso del cambio climático. El agua es el principal medio a través del cual el cambio climático afecta al ecosistema y, por tanto, a las personas. Las muestras más evidentes de esta relación se hallan en las sequías e inundaciones, cada vez más frecuentes y severas. Según la delegación de la ONU especializada en temas de agua: “La subida de las temperaturas, los cambios en los patrones de las precipitaciones y las temperaturas extremas afectarán a la disponibilidad de los recursos hídricos mediante cambios en la distribución de las lluvias, la humedad del suelo, el deshielo de los glaciares y las nieves perpetuas y las corrientes de los ríos y las aguas subterráneas; estos factores conllevarán además un deterioro en la calidad del agua”.

Por lo tanto, ante un problema causado por varios factores, debe haber varias soluciones. Obviamente, una parte importante recae en los ciudadanos, que deben hacer un uso más responsable del agua en sus actividades cotidianas. Pero existen más alternativas, como el fomento de las energías renovables, que evitarían la emisión de millones de toneladas de CO2 a la atmósfera, reduciendo significativamente los efectos del cambio climático. Además, tal y como remarca el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) las soluciones al problema del agua “deberían centrarse en el desarrollo de nuevas infraestructuras, políticas e instituciones de apoyo que faciliten, coordinen y maximicen los beneficios de los nuevos sistemas de gestión y uso de la tierra”. Teniendo en cuenta que sólo un 2,5 % del agua disponible del planeta es agua dulce, la inversión en infraestructuras, como la desalinizadoras, no debe ser una alternativa, sino una obligación.

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Discurso de Manuel Sánchez Ortega en el Foro España Innova

Innovación y Desarrollo Sostenible
Nueva Economía Fórum
Foro España Innova
Madrid, 17 de abril de 2013

Discurso de Manuel Sánchez Ortega,
Consejero Delegado de Abengoa

Querido Embajador Alan Solomont,
Estimado Presidente de Nueva Economía Fórum, José Luis Rodríguez,
Señoras y señores,
Buenos días y muchas gracias a todos por su presencia.

Si me lo permiten, y en reciprocidad a la deferencia del embajador de los Estados Unidos de hablarnos en español, I will say a few words in English.

First of all, I would like to express in the name of Abengoa our warmest condolences to the families of those that were killed at the Boston bomb attacks on April 15th, express also our wishes for the recovery of those that were wounded, and express our support to the nation of the United States against these acts of terror.

I would like now to sincerely express my deep gratitude to Ambassador Solomont for agreeing to introduce me today. I am fully aware that, independently of the mutual affection we share, the real reason that the ambassador is here today is the long, honest and successful track record of Abengoa in the United States. A history that has been characterized by the seamless commitment to values that we share: passion for innovation, admiration for entrepreneurial spirit and respect of commitments. Thank you again, Ambassador.

Quiero por supuesto dar las gracias también a los patrocinadores del Foro España Innova, es decir, a El Corte Inglés y a la Fundación Ramón Areces. Y lo hago desde el cariño que guardo a El Corte Inglés por haber sido la primera empresa en la que trabajé en el verano que hizo de puente entre mi segundo y tercer año de carrera. Me pasé dos meses, los de julio y agosto, vendiendo edredones de plumas de ganso. Yo deseaba que me pusiesen a vender bañadores, o toallas, o material deportivo, pero no; edredones en pleno mes de agosto. Como pueden imaginar se me cayó el alma a los pies, y vi desplomarse mi sueño de ahorrar unas pesetas para cubrir mis gastos de estudiante. Pues bien, nada más lejos de la verdad. Descubrí que hay mucha gente que se prepara para el invierno con anticipación, aprovechando las rebajas de verano, y fui capaz de quedar primero en ventas de todo el departamento. Aquello fue una lección inolvidable de que las oportunidades a veces se presentan vestidas de las formas que menos esperamos; en aquel caso, envuelta de plumas.

Hoy vengo a hablarles al Foro España Innova con un mensaje: España no innova lo suficiente.

Pero también con un mensaje de optimismo: El cambio es posible.

Esto último lo ilustraré de dos formas. Por un lado haciendo referencia a lo que sucede en otros países, especialmente en Estados Unidos, y por otro lado, compartiendo con ustedes lo que a juicio de cada vez más personas es uno de los procesos más increíbles de transformación empresarial de una organización a través de la innovación: Abengoa.

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La idea es simple.

Si queremos que España pueda disfrutar de un desarrollo al nivel de los países más avanzados, y que este desarrollo sea sostenible en todos los sentidos del término, la única vía es el conocimiento y la innovación. La innovación es el único vehículo posible en el que podemos subirnos para alcanzar de forma sostenible la productividad y la competitividad que se requiere para tener un estado de prosperidad resistente que asegure el bienestar en nuestro país a medio y largo plazo.

En síntesis, innovación para un desarrollo sostenible.

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Y ¿qué es un desarrollo sostenible?

Entiendo por desarrollo sostenible un desarrollo que se caracteriza por tres aspectos fundamentales.

  1. En primer lugar, un desarrollo que pueda mantenerse en el tiempo de una manera estable, sin grandes alteraciones, alteraciones que están normalmente ligadas a la ausencia de estrategia o a diversos tipos de especulación.
  2. En segundo lugar, un desarrollo que implique unas condiciones medioambientales y un uso de los recursos naturales tales que pueda ser disfrutado y acrecentado por las generaciones futuras.
  3. Y por último, un desarrollo en el que todos los ciudadanos tengan la oportunidad de participar.

Estos tres aspectos -económico, medioambiental y social-, son imprescindibles para el progreso estable en una sociedad moderna. Podríamos decir, con absoluta certeza que eso ha sido cierto en cualquier momento de la historia, y podemos decir también sin lugar a dudas que eso es más cierto cada día que pasa.

Estamos tocando con la punta de los dedos un mundo con una población estimada de 9.000 millones de habitantes, lo alcanzaremos antes del año 2050, y este crecimiento incesante de la población de nuestro planeta plantea retos importantes y requiere acciones que yo diría inaplazables.

Una de ellas, de las más importantes, es que necesitamos un nuevo modelo energético que sea sostenible en los tres aspectos indicados. El mundo necesita energía, y la va a necesitar siempre, y por ello abordar el modelo energético que necesitamos es una cuestión de la máxima importancia. Y este modelo energético solo puede estar basado en las energías renovables, porque el modelo actual basado en los combustibles fósiles está agotado como modelo por la propia naturaleza limitada de los recursos. Esto es así, esto es evidente, los recursos fósiles tienen el tiempo contado, y cada día que pasa es un día que estamos más cerca de su final. A algunos les gustará más y a otros menos, pero nada de eso va a cambiar el momento en que las fuentes fósiles se agoten. Decía una canción de Joan Manuel Serrat de hace 30 años, quizá alguno de ustedes la recuerde, que “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Pues eso es lo que pasa con el final de las fuentes de energías fósiles, que no tiene remedio.

Pero es que además de que las energías fósiles son limitadas en el tiempo, son generadoras de un cambio climático que no nos podemos permitir desde ningún punto de vista. Ni desde el punto de vista medioambiental, ni desde el punto de vista social, ni desde el punto de vista económico. A este respecto conviene recordar la afirmación del prestigioso economista Sir Nicholas Stern el pasado mes de enero durante su intervención en el World Economic Forum, en Davos: “mirando hacia atrás, subestimé los riesgos. El planeta y la atmósfera parecen estar absorbiendo menos carbono de lo que esperábamos, y las emisiones están creciendo muy fuertemente. Algunos de los efectos están llegando más rápido de lo que pensé entonces”.

El Informe Stern, publicado en 2006, señaló un 75% de probabilidades de que las temperaturas globales aumentarían entre dos y tres grados por encima de la media a largo plazo; pero su autor piensa 7 años después y con más datos y evidencias, que ahora estamos en el camino de un incremento de entre 4 y 5 grados.

Por su parte, el nuevo presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, dijo en el mismo foro que un incremento de 4 grados en la temperatura media de la tierra desembocará en guerras por alimentos y por agua en todas partes.

Para evitarlo, Kim dijo que se requieren acciones contundentes para crear mercado de derechos de emisiones de CO2, la inmediata eliminación de subsidios a las energías fósiles, y hacer más verdes a las 100 mega ciudades del mundo responsables del 60-70% de las emisiones globales.

Respecto al tema de las subvenciones a las energías fósiles, merece la pena recordar el informe del Fondo Monetario Internacional de este mismo mes de abril en el que se destaca que “las subvenciones directas e indirectas a los combustibles fósiles proporcionados por los países ricos y pobres para mantener a sus ciudadanos felices están frenando la economía mundial, están acelerando el cambio climático, y están dañando la salud de las generaciones actuales y futuras”. Añade que estas subvenciones “animan a la gente a utilizar cantidades excesivas de energía, reduce los incentivos para la inversión en energías renovables, y acelera el agotamiento de los recursos naturales”. Al coste de estas subvenciones, que son del orden de magnitud de trillones de dólares americanos, hay que sumar el coste del daño al planeta por el efecto del cambio climático, el coste de las enfermedades originadas por la contaminación y el coste medioambiental de los accidentes que suceden con relativa frecuencia.

No debería caber ninguna duda de que el nuevo modelo energético debe tener como pilares esenciales el uso masivo de la energía renovable y el uso racional de los recursos naturales, pues su carácter limitado nos obliga a poner el énfasis en la eficiencia, la reutilización y el tratamiento de residuos.

Ahora bien, un modelo sostenible de desarrollo económico que contemple estas necesidades solo puede lograrse en base al conocimiento y la innovación que constituyen el principal mecanismo de generación de valor y crecimiento en las sociedades modernas. Tal y como escribió el Nobel de Economía de 1987, Robert Solow, el mayor porcentaje del crecimiento a largo plazo está basado en la innovación, y él cuantificaba este porcentaje en un 80%.

Y ¿qué estoy queriendo decir por innovación?

Hablo de innovación en el sentido amplio del término, es decir, “cambios basados en el conocimiento que generan valor”. Se trata pues de desarrollar tecnología, de desarrollar nuevos procesos y de buscar nuevas formas de resolver viejos problemas. Cambios basados en el conocimiento científico y tecnológico, pero también en las artes, humanidades y ciencias socio-económicas; conocimientos adquiridos dentro y fuera de las empresas mediante la investigación, el desarrollo tecnológico y la creatividad de todo tipo. Cambios que generan un valor reconocido por el mercado y que pueden ser anticipados por el impulsor; y cambios que se desarrollan en un ambiente que persigue la prosperidad real y no la especulación.

Desde el punto de vista empresarial, la innovación supone riesgos que deben ser controlados desde la evaluación y la vigilancia permanente, pero el mayor riesgo sería no asumir ninguno. La innovación debe ser adoptada como opción, de manera consciente, a través de la planificación y la estrategia, y debe formar parte de la cultura empresarial. Requiere de personas, procesos y herramientas para gestionarla; y debe, ser reconocida y medida en la mejora de los productos y servicios y en la capitalización de los resultados.

Me referiré más que a cualquier otra, a la innovación tecnológica, a aquella que está basada en la generación de conocimiento a través de la investigación, su transformación en tecnología, y que deviene en competitividad, desarrollo sostenible y crecimiento a medio-largo plazo. Esta cadena planificada de investigación, desarrollo tecnológico, innovación y competitividad, es lo que distingue y ha hecho fuertes a los países más desarrollados.

Una cadena que requiere:

  • empresarios con coraje que sepan identificar la innovación como fuente de crecimiento y asuman el riesgo de llevarla a cabo;
  • universidades y centros de investigación que entiendan la creación y transferencia de conocimiento como una necesidad interiorizada en su propia función social;
  • y unos gobiernos, que planifiquen y legislen de manera predecible para crear el marco estable en el que pueda darse el ciclo virtuoso de educación, inversión e innovación.

Permítanme tomar una perspectiva histórica que explica algunas de estas cosas.

La mayor fuente de conocimiento en nuestra sociedad ha sido históricamente y es aún hoy la universidad. En España no hemos sido y seguramente no somos totalmente conscientes del papel tan importante que para el desarrollo en el mundo actual juegan universidades y centros de investigación. Su papel ha ido evolucionando desde instituciones medievales meramente docentes, a lo que son hoy en las sociedades tecnológicamente más avanzadas.

A principios del siglo XIX, se creó en Berlín la primera universidad investigadora de la historia. Este modelo se trasladó a los Estados Unidos con la creación en 1876 de la Johns Hopkins University como primera “research university” del país.

Durante la segunda guerra mundial y en las décadas posteriores, los Estados Unidos se consolidan como primera potencia mundial. En gran medida en base a un sistema de universidades y centros de investigación donde se produce el conocimiento que hace posible el poder tecnológico, industrial, y económico del país.

Para que el sistema haya dado todos sus grandes resultados, ha tenido que producirse un hecho fundamental más allá de la transformación de algunas universidades en instituciones investigadoras.

Las universidades y centros de investigación americanos forman parte de un triángulo de alianzas en cuyos otros dos vértices se encuentran los intereses nacionales de los Estados Unidos, y las empresas:

  • Los primeros, los intereses nacionales, están bien reflejados en una política científica e industrial, que es planificada de manera estable y es respetada a lo largo del tiempo por políticos de cualquier signo.
  • Por su parte, las empresas, en un entorno estable, están dispuestas a asumir riesgos con el desarrollo y comercialización de nuevos productos haciendo uso del conocimiento científico y técnico.

Cabe preguntarse en este punto, “¿de dónde viene ese espíritu emprendedor que comparten universidad, empresas y Administraciones en Estados Unidos?”. No dudo que puede haber varios factores que lo expliquen, pero sin duda hay un factor esencial sin cuya participación sería imposible que de forma natural se produzca esa convergencia. El factor al que me refiero es el modelo educativo desde el primer año del colegio, modelo educativo que aplicado durante décadas sin cambios de rumbo hace que generaciones de hombres y mujeres que desarrollarán su actividad profesional en (i) la industria, (ii) en las universidades y centros de investigación, o (iii) en la política, lleven su mente preparada para buscar, priorizar y premiar la innovación venga de donde venga.

Es esencial el papel que juega la educación básica, pues es la base de todo lo que pasa después.

  • Una educación que desarrolle el espíritu emprendedor e innovador, para lo cual es esencial que desde la base se disocien los conceptos de fallo y fracaso.
  • Una educación que asuma que hay que intentar las cosas, y que asuma como natural que es inevitable que se produzcan fallos, los cuales son una gran fuente de aprendizaje.

Pero fallar no es fracasar. Fallar es la antesala de volver a intentarlo corrigiendo los errores encontrados. El espíritu innovador y emprendedor de las universidades, empresas y administraciones americanas no se crea de la nada, se siembra desde el primer año de educación primaria, y su fruto es una generación tras otra de mentes curiosas y desafiantes que saben que el fracaso solo existe cuando no se intentan las cosas. Y mentes generosas con el reconocimiento del éxito.

En España el modelo educativo convierte los fallos en fracasos, y eso capa la iniciativa y mata la frescura, lo que en último término desemboca en un inmovilismo mental por miedo al fracaso. Es un sistema basado en la memoria y los conocimientos. Nada en las capacidades. Nada en aprender haciendo. Solo formación pasiva de los alumnos. ¿Cuál es el resultado de ello? Déjenme que comparta un dato aterrador relacionado con nuestro modelo educativo: en España el 28,4% de los jóvenes entre 18 y 24 años no ha completado la educación secundaria. En Alemania el 11,9%.

Si no preparamos a nuestros niños desde pequeños:

  • para que desarrollen el espíritu emprendedor,
  • para que desarrollen la curiosidad por la innovación,
  • para que sientan la irresistible necesidad de cuestionar todo,
  • para que el fallo sea el acicate para intentarlo con más fuerzas en lugar de la espada de Damocles que corte sus cabezas,
  • o para que tengan la ambición de querer mejorarlo todo, conscientes de que el único límite verdadero es no intentarlo.

Simplemente seremos incapaces de cambiar el modelo.

El modelo americano ha sido reconocido y aplicado desde hace décadas hasta tal punto que ya en 1961 el Presidente Eisenhower decía en su discurso de despedida de la nación: “el inventor solitario ha sido sustituido por ejércitos de científicos en laboratorios y campos de pruebas; la Universidad ha experimentado una revolución en la forma de hacer investigación; y el contrato con el gobierno se ha vuelto sustituto de la curiosidad intelectual”.

La alianza entre gobierno, industria y universidades, que en la época a la que aludía Eisenhower fue aplicada fundamentalmente a la industria de la defensa, dio lugar posteriormente a un sólido desarrollo en campos como la agricultura, la microelectrónica, la medicina, la informática o las telecomunicaciones en sus numerosas ramas actuales.

Los desarrollos logrados de esta forma, no solo en los Estados Unidos, han permitido la transformación general hacia la llamada sociedad del conocimiento. Una sociedad en la que ciencia, investigación, desarrollo tecnológico e innovación son las principales herramientas para el desarrollo sostenible.

52 años después de esta declaración del Presidente Eisenhower, por cierto del partido Republicano, el Presidente Obama, del partido demócrata, decía el pasado 2 de abril cosas tan interesantes como las que les leo en las siguientes tres citas:

  1. “Hoy he invitado a algunas de las personas más inteligentes del país, para hablar sobre el reto que cité en mi discurso sobre el Estado de la Nación: crecer nuestra economía, crear nuevos puestos de trabajo, reactivar a la creciente clase media a través de invertir en uno de nuestros principales puntos fuertes, y eso es la innovación estadounidense”.
  2. Decía también que “las ideas son la energía de nuestra economía. Es lo que nos diferencia. Es de lo que va la historia de Estados Unidos. Hemos sido una nación de soñadores y tomadores de riesgo; gente que ve lo que nadie más ve, antes de que nadie lo vea. Hacemos innovación mejor que nadie, y eso hace que nuestra economía sea más fuerte. Cuando invertimos en las mejores ideas antes de que alguien más lo haga, nuestras empresas y nuestros trabajadores pueden hacer los mejores productos y ofrecer los mejores servicios antes que nadie”.
  3. Y concluía resaltando: “no queremos que nuestros hijos o nietos vuelvan la vista atrás hacia este día y deseen que hubiésemos hecho más por mantener a Estados Unidos a la vanguardia. Quiero que cuando miren hacia atrás se sientan orgullosos de que tomamos algunos riesgos, y que aprovechamos esta oportunidad. Eso es de lo que va la historia de Estados Unidos. Eso es quienes somos”.

Llegados a este punto conviene pararse un par de minutos en algo tan elemental como esencial. La innovación requiere invertir con mentalidad de largo plazo, requiere asumir riesgos tecnológicos, y sin inversión simplemente no hay innovación. Como decía Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

Una diferencia entre los países con modelos de innovación con y sin éxito es el papel de la financiación privada frente a la inversión pública. Así, de acuerdo a Main Science and Technology Indicators, mientras en países como Japón, Corea o Estados Unidos el peso de la financiación pública en la inversión en I+D es respectivamente del 24, 28 y 37%, en España es del 61% frente a solo el 39% del sector privado. Curiosamente Alemania tiene justamente los porcentajes contrarios, es decir, 39% público frente a 61% privado.

Pero entonces si el papel principal de las administraciones públicas no es la financiación, ¿cuál es? Pues, además del de mantener un modelo educativo que no cambie cada cuatro años, el de establecer un marco predecible en el que la inversión privada esté dispuesta a asumir los riesgos y plazos propios asociados con la innovación.

El capital semilla, el capital riesgo, el capital privado, las empresas, los mercados de capitales están dispuestos a asumir los riesgos tecnológicos y los riesgos industriales asociados con la innovación, conscientes de que habrá fallos, no fracasos, pero que a medio plazo siempre se genera valor. Los inversores privados requieren reglas de juego claras al amparo de las cuales asuman el riesgo tecnológico de invertir su dinero, el de sus familias o el de los ahorradores que han depositado su confianza en ellos. Lo que los inversores no están dispuestos a asumir es el riesgo del cambio de reglas de juego a mitad de partido, ni la inseguridad jurídica.

Y por mucho que alguien se empeñe en que los inversores deben asumir el riesgo asociado con la inseguridad jurídica, lo cierto es que ese tipo de capital no es el que está interesado en el desarrollo sostenible, en el bienestar social, ni en el progreso. El tipo de capital dispuesto a invertir en entornos donde la seguridad jurídica es un concepto moldeable a golpe de Decreto Ley es el capital especulativo de corto plazo, capital que sin duda alguna exigirá una prima por asumir ese riesgo. El capital emprendedor, el de largo plazo, el que se requiere para crear el entorno estable donde florezca la innovación es incompatible con la arbitrariedad jurídica. La pregunta que cabe hacerle a quien se empeñe en animar a los inversores a invertir en países sin seguridad jurídica es:

“¿Invertiría usted su propio dinero, el de su familia o el de los inversores en su compañía que han depositado la confianza de sus ahorros en sus manos, en un país sin seguridad jurídica?”.

En definitiva, la innovación requiere inversión, y la inversión requiere reglas claras. Los países serios que no juegan con la seguridad jurídica atraen inversión que genera innovación, progreso y bienestar. Los países que piensan que la seguridad jurídica y el respeto a los compromisos anticipados es un tema matizable, ahuyentan a la inversión y matan por tanto la innovación. Les ahorraré citarles nuevamente a Serrat.

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En este contexto, ¿cómo es la situación española en relación con la I+D y la innovación?

De acuerdo a datos del Informe Cotec 2012, Tecnología e Innovación en España y de la publicación Estadísticas sobre actividades de I+D INE 2011, en España la inversión en I+D se multiplicó por 2,5 entre los años 2000 y 2008 llegando a alcanzar el 1,39% del PIB. Esa progresión se ha estancado y ha habido un ligero retroceso en los tres últimos años. La media de inversión en I+D en la Unión

Europea es en la actualidad del 2,4% del PIB, en Alemania del 2,8%, en Finlandia y Suecia del 3,5%, en Japón del 3,4% y en Estados Unidos del 2,5%.

La crisis económica ha puesto de manifiesto las mayores debilidades de algunos países y regiones en comparación con otros. Una de las primeras características diferenciadoras, es que las economías más vulnerables son aquellas en las que el peso del sector industrial, en el sentido amplio y moderno del término en el que la innovación y la tecnología ocupan un lugar central, es menor. Basta comparar Alemania con España, o incluso diversas regiones dentro de España. De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística, en 2012 la tasa de paro en Andalucía fue del 37,8% frente al 15,9% del País Vasco, es decir menos de la mitad. Por contra, el peso de la industria en el total de la economía andaluza fue de solo el 11,3% frente al 27,2% del País vasco, es decir, más del doble.

La única salida posible sostenible a largo plazo es el desarrollo de una industria moderna basada en el conocimiento, la innovación y la tecnología. Eso nos hará más competitivos de forma sostenible. Tenemos que tomarnos muy en serio el I+D+i, no como vía para salir de la actual crisis, pues los efectos de estas políticas tardan años en causar un cambio, sino para que sea una constante en nuestro modelo económico como el factor básico del crecimiento sobre el cual cimentar una economía menos vulnerable a nuevas crisis económicas.

Mejorar la competitividad solo en base al empobrecimiento, en caso de que sea un camino exitoso, lo será solo a corto plazo, porque créanme, siempre aparecerán países con menores costes. Nuestra aspiración como plan de futuro no puede ser que seamos siempre el país con la mano de obra más barata. El pasado 8 de abril el diario New York Times publicaba una noticia referente a que cada vez más empresas estaban considerando abrir nuevas plantas en Camboya en lugar de en China porque el coste de una persona en una planta de fabricación en aquel país es solo un tercio del coste en China.

¿Cómo abordar ese camino en España?

Según el modelo internacionalmente reconocido del Prof. Hausmann, Director del Centro Internacional de Desarrollo de la Universidad de Harvard, el crecimiento de la industria de un país solo puede hacerse desde el desarrollo de las propias capacidades, fundamentalmente a través de la I+D, la tecnología y el conocimiento, y en base a productos cercanos a aquellos en los que ya se tenga conocimiento previo. Se trata de partir de sectores existentes, fortalecerlos, hacerlos competitivos, y hacerlos crecer hacia nuevos productos en base al desarrollo del conocimiento y la tecnología. En general, deben evitarse saltos a sectores que requieren capacidades muy distintas a las que se tienen, ya que esto conduce habitualmente al fracaso.

Existen en España varios sectores que cumplen los requisitos para construir sobre ellos un desarrollo industrial próspero y sostenible. Pueden citarse algunos tales como el agroalimentario, el ferroviario, el aeronáutico, el automovilístico, el diseño textil o el de las energías renovables. Entre ellos me referiré al de las energías renovables, además de porque es el que mejor conozco, por su capacidad de crecimiento, por ser un dinamizador de inversiones en innovación, y por representar una oportunidad real de situar a España en el liderazgo mundial.

Es reconocido por todos que el mundo evolucionará en las próximas décadas hacia un modelo energético renovable. En nuestro entorno más cercano no hay más que constatar el Energy Roadmap 2050 aprobado por la Comisión de la Unión Europea recientemente. Siendo pues previsible un gran crecimiento mundial de este sector que tiene una importancia económica y estratégica de primera magnitud, se da la feliz circunstancia de que existen en España empresas que son líderes en sus respectivas tecnologías; especialmente en el caso de las tecnologías eólicas y termosolar.

Al día de hoy, España es líder mundial y empresas españolas ocupan los primeros lugares en el desarrollo y construcción de plantas eólicas y termosolares en este importante mercado emergente.

Por primera vez en la historia, empresas españolas hacen contribuciones relevantes para desarrollo tecnológico e industrial de un sector de primer nivel económico mundial, con productos de alto valor añadido. Este liderazgo tecnológico se ha conseguido gracias a la coincidencia de los siguientes factores:

  • una apuesta sostenida por la innovación,
  • un plan de largo plazo de investigación y desarrollo realizado conjuntamente por centros de investigación, universidades y empresas privadas,
  • un plan industrial elaborado por unas administraciones centrales y autonómicas que entendieron el valor diferencial de la apuesta,
  • un conjunto amplio de empresarios que decidieron asumir el reto y el riesgo tecnológico, y arriesgaron su dinero.

Esta industria tecnológicamente puntera y competitiva a nivel global produce grandes beneficios en empleo y desarrollo industrial no solo de manera directa, sino inducidos en otros sectores y actividades económicas de manera indirecta, ya que la mayor parte de la cadena productiva se queda en España.

Cualquier inversión en energías eólicas y termosolares en España genera prácticamente toda su actividad económica en nuestro propio país. En este momento miles de españoles disfrutan de empleos de calidad diseñando, construyendo y operando plantas eólicas y termosolares en España y en muchos otros países y generando actividad económica en su entorno. Su tecnología líder ha conducido a que empresas españolas estén construyendo y operando plantas en los países más desarrollados del mundo dando lugar a la generación de empleo de calidad en España y a un importante nivel de exportación. Es este un sector con alto contenido tecnológico y con una inversión en I+D, en el caso termosolar, tres veces superior a la media de la industria española.

La energía termosolar será, según la Agencia Internacional de la Energía, protagonista en el siglo XXI gracias a su gestionabilidad. Su capacidad de almacenamiento la hace, a diferencia de otras renovables, no intermitente. Al igual que la hidroeléctrica, que permite transformar un recurso intermitente como es la lluvia, en uno gestionable, así lo hace la termosolar con el sol. Se espera que alcance costes de producción equivalentes con los de los ciclos combinados de gas antes del 2020. La energía termosolar es una realidad incuestionable y tiene un futuro brillante.

El modelo energético mundial será renovable con o sin España. Pero hoy tenemos la oportunidad única de mantener y crecer en nuestro liderazgo, exportar tecnología, y crear riqueza y empleo de alta cualificación. También podríamos optar, como tantas veces, por ser meros usuarios y que durante décadas paguemos un alto precio por los productos que otros han desarrollado, que las inversiones en I+D se realicen en otros países y que los empleos de calidad se generen fuera de España. Con el esfuerzo de las empresas y el apoyo de las administraciones se puede convertir este sector en un motor sostenible para el desarrollo industrial y económico.

Sin duda, se requieren administraciones fiables e independientes que con sus decisiones mantengan una política industrial clara, estable y coherente más allá de la legislatura o el partido al que pertenecen. Administraciones con una estrategia para el desarrollo de los sectores donde España pueda ser competitiva; y desde luego administraciones que no creen incertidumbre al modificar condiciones a posteriori que perjudiquen gravemente a las empresas innovadoras y maten la industria.

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Permítanme dedicar los minutos finales de mi intervención a exponer como desde las empresas se puede y se debe apostar también por la innovación como la palanca para alcanzar un crecimiento sostenible, incrementando la competitividad y generando empleo, y permítanme que lo haga compartiendo con ustedes una aventura apasionante: la aventura de Abengoa.

En Abengoa, la innovación en su sentido más amplio, la investigación y el desarrollo, son la base fundamental de nuestra estrategia de crecimiento.

Enfocamos nuestro crecimiento hacia nuevas tecnologías que contribuyan al desarrollo sostenible, como por ejemplo:

  • la generación de energía eléctrica a partir de recursos renovables,
  • la producción de biocombustibles a partir de biomasa agrícola y de residuos sólidos urbanos,
  • la producción de agua potable a partir de la desalación o el reuso,
  • la utilización del hidrógeno como vector energético,
  • el reciclado de residuos industriales,
  • y la creación de infraestructuras respetuosas con el medioambiente.

Estamos inmersos en promover nuevas soluciones en los sectores de energía y medioambiente en base a programas de desarrollo tecnológico e innovación, y por ello invertimos en I+D en torno a los 100 millones de euros al año, para desarrollar y hacer crecer las tecnologías con mayor potencial. Todo ello con un especial énfasis en atraer, formar y retener a los mejores profesionales, y con el compromiso permanente de Abengoa con el desarrollo sostenible.

Nuestra actividad de I+D implica una estrecha colaboración con un gran número de universidades y centros de investigación de diversos países, fundamentalmente España, y los Estados Unidos.

Nuestro sistema de I+D+i incluye herramientas de gestión y valoración que permiten minimizar los riesgos y maximizar el valor de nuestros proyectos de investigación, desarrollo e innovación. Evaluamos permanentemente para cada proyecto las diferentes fases por las que atraviesan:

  • empezando por la detección de la oportunidad o necesidad,
  • la investigación preliminar,
  • el diseño conceptual,
  • la experimentación a escala de planta piloto,
  • la comprobación a escala de planta de demostración y,
  • por último, el despliegue comercial.

En cada fase detectamos fallos, no fracasos; evaluamos si debemos continuar o no; discutimos las lecciones aprendidas, y ajustamos de cara a continuar con la siguiente etapa. Es un proceso continuo en el que involucramos las perspectivas tecnológicas, económicas y comerciales.

En cada momento tenemos proyectos de innovación de tecnologías ya en operación, de implementación en fase comercial de tecnologías nuevas ya probadas, y de desarrollo de nuevas tecnologías que sustentarán nuestras soluciones en el medio y largo plazo.

Tenemos un equipo de 726 personas que están dedicadas a la innovación tecnológica, y hemos desarrollado 221 patentes en los últimos 4 años, lo que creo que es el mejor indicador de que vamos avanzando por el buen camino.

Dos ejemplos de este recorrido desde la I+D a nuevos productos son las plantas solares de torre de vapor sobrecalentado y las plantas de conversión de biomasa en biocombustibles.

En el primer caso hemos evolucionado desde plantas de torre de vapor saturado como la PS-10 que tenemos en operación en Sevilla, que fue la primera planta solar de torre comercial del mundo, a una planta de torre de 50 MW de vapor sobrecalentado cuya construcción hemos comenzado en 2012 en Sudáfrica. Con la tecnología de esta nueva planta:

  • se incrementa la eficiencia del ciclo de generación en un 40%
  • y se reduce el consumo de agua en más de un 80%
  • ambas mejoras nos lleva a una reducción de costes de un 25%, estando más cerca de la paridad con otras fuentes de energía de origen fósil.

Adicionalmente, las nuevas torres que estamos diseñando y probando ahora, de mayor potencia y mayor temperatura, y que estarán disponibles a nivel comercial en dos años, volverán a bajar los costes de producción nuevamente, dando cada vez más credibilidad al objetivo de que esta tecnología sea competitiva con plantas de ciclo combinado en el horizonte de 6-7 años.

En el caso de los biocombustibles de segunda generación hemos desarrollado desde el laboratorio un proceso eficiente de hidrólisis enzimática que ya ha sido probado en las plantas piloto de Nebraska y de demostración de Salamanca. Desde el año 2009 a 2011, el coste de encimas por litro de etanol se dividió por tres y esperamos volver a dividirlo otra vez por tres antes de finales del 2014. A lo largo de 2013, entrará en funcionamiento la planta comercial de Hugoton (Kansas):

  • con una producción de 100 millones de litros de etanol al año a partir de paja de maíz,
  • con un rendimiento de 300 litros de etanol por tonelada de paja,
  • y un coste estimado en esta primera planta que será solo entre un 5% y un 20% superior al de producir gasolina asumiendo un costo del petróleo de entre 100 y 80 dólares por barril.

No nos cabe duda de que en muy poco tiempo, el bioetanol lignocelulósico producido en las próximas plantas, será plenamente competitivo. Es justo agradecer el apoyo del Departamento de Energía de los Estados Unidos en el desarrollo de esta primera planta.

Una derivada de esta tecnología es la conversión de residuos sólidos urbanos en biocombustibles, un proyecto en el que tenemos una gran ilusión depositada y que ya se encuentra a escala de planta demostración en Salamanca. El reto que nuestra sociedad tiene respecto a la gestión de los residuos sólidos urbanos es escalofriante, pues cada vez somos más personas generando más residuos. Solo en

España generamos anualmente en el entorno de 25 millones de toneladas de residuos, cuya total conversión en biocombustibles equivaldría a sustituir el 18% del consumo de gasolina que viene del petróleo hoy, lo que teniendo en cuenta que hoy pagamos a otros países 40.000 millones de euros aproximadamente en importación de hidrocarburos podría representar en el entorno de 7.000 millones de euros menos de desequilibrio en nuestra balanza comercial. Y además de ese beneficio económico, el beneficio medioambiental y social de creación de empleo en España.

****************

Termino ya citando a modo de síntesis ejecutiva los cinco elementos clave para potenciar la innovación, la competitividad y el desarrollo sostenible:

  1. Primero, una educación que prepare a los ciudadanos para el desarrollo de innovación, ciudadanos que desempeñarán su función en la empresa privada, en la Universidad o en la Administración Pública.
  2. Segundo, una estrecha colaboración entre las empresas, las universidades y las administraciones públicas.
  3. Tercero, la disponibilidad de inanciación, mayoritariamente asumida por el sector privado, para los nuevos desarrollos que van desde el laboratorio a las plantas de demostración.
  4. Cuarto, políticas de innovación y planes de desarrollo industrial claros y duraderos que potencien los sectores de la economía donde se pueda ejercer liderazgo.
  5. Y quinto, seguridad jurídica.

Nada más. Sólo me queda dar las gracias de nuevo a los organizadores, al embajador Alan Solomont y a todos ustedes por su atención.

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El cambio climático se impacienta

Patricia Malo de Molina, directora de comunicación de Abengoa

El pasado 23 de enero tuvo lugar una nueva edición del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza. Este encuentro anual reúne durante cinco días a un selecto grupo de empresarios, políticos, economistas, intelectuales y periodistas para debatir sobre los problemas más apremiantes a los que se enfrenta nuestra sociedad. Entre estos temas, como no podía ser de otra manera, ocupó un papel relevante la protección del medioambiente.

En esta 43 edición, el Foro Económico Mundial de Davos tuvo como principal protagonista la crisis económica que actualmente padecemos. Sin embargo, entre tanta incertidumbre financiera, los científicos y los intelectuales quisieron aprovechar la ocasión para denunciar uno de los problemas más importantes a los que nos enfrentamos: el cambio climático. Los expertos quisieron remarcar en sus conferencias, que el planeta no conoce de esperas, ni de situaciones económicas más o menos favorables. El calentamiento global continúa, impasible a los cambios socioeconómicos que giran a su alrededor.

En el seno de las conferencias, Nicholas Stern, miembro del consejo asesor internacional de Abengoa, alertó de que sus cálculos sobre los efectos del cambio climático que había estimado en su afamado estudio encargado por el gobierno británico en 2006 fueron demasiado optimistas. Stern no dudó en afirmar que infravaloró sus efectos y que se arrepentía de no haber sido más “contundente” sobre la amenaza que representa para la economía el aumento de la temperatura.

El Informe Stern, como así se conoce al estudio, estimaba que la temperatura global aumentaría entre dos y tres grados por encima de la media a largo plazo. Stern afirma que ahora, sin embargo, la estimación se acerca a los cuatro o cinco grados. Por ello, el experto subrayó la importancia de disminuir la producción de energías fósiles, por otras de origen renovable, más beneficiosas para el medioambiente.

A colación de Stern, el nuevo presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim también quiso incidir en los riesgos del aumento global de la temperatura. El dirigente no ocultó sus preocupaciones sobre el futuro al que nos dirigimos si no actuamos ya: “Habrá peleas por la comida y el agua en todas partes”. Además, Kim reafirmó su compromiso con que la lucha contra el cambio climático sea una de sus máximas prioridades durante su mandato de cinco años.

Basta con echar un ojo a los sucesos acecidos recientemente para entender los efectos provocados por el cambio climático. Este pasado verano, Estados Unidos sufrió la peor sequía en los últimos 50 años, que afectó al 70 % de las cosechas de maíz del país. Solo un par de meses después, ocho países americanos, entre los que también se encontraba Estados Unidos, sufrieron las consecuencias del huracán Sandy, con más de 250 fallecidos. El tifón Bopha dejó más de 600 muertos en Filipinas y los tornados de Buenos Aires, el 4 de abril de 2012, provocaron 25 fallecidos y numerosos daños materiales. Estos son solo algunos de los ejemplos que respaldan la opinión mayoritaria de los científicos sobre la relación directa entre el incremento de este tipo de desastres naturales con el cambio climático.

Tal y como afirmó Jim Yong Kim en Davos, la lucha contra el cambio climático es responsabilidad de todos: organismos públicos y privados, e incluso de los propios ciudadanos. Pero Kim aprovechó la ocasión para ir más lejos, y animar a las empresas privadas a invertir en energías renovables, un sector directamente implicado con el desarrollo sostenible y la lucha contra el calentamiento global y sus efectos adversos. El presidente del Banco Mundial propuso, además, una serie de iniciativas como la creación de un mercado de carbono y la supresión de los subsidios a los combustibles fósiles, entre otras. Unas propuestas que podrían ser, sin lugar a dudas, un primer paso firme contra el calentamiento global y el deterioro progresivo del medioambiente.

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I+D+i claves para la competitividad

José Domínguez Abascal, secretario general técnico de Abengoa

Una de las afirmaciones más repetidas en los últimos años en foros políticos y empresariales españoles ha sido aquella que dice que hemos de cambiar nuestro modelo productivo y apostar por la innovación si queremos que España se incorpore de manera plena y estable al club de las economías más avanzadas del mundo. Pero debe entenderse que la innovación no es un fenómeno mágico o milagroso que surge espontáneamente de la imaginación humana por el mero hecho de invocarla. La innovación es fruto del rigor y el esfuerzo sistemático. Es consecuencia de una actividad estratégicamente programada que conlleva la búsqueda y puesta en valor de unos bienes y servicios no previamente explotados por otros, lo cual va siempre acompañado de unos riesgos que deben ser controlados en todo lo posible pero asumidos como necesarios. El mayor de los riesgos es no correr ninguno.

Nada generará valor de una manera más estable que el conocimiento y la innovación. Pero la aplicación del conocimiento a través de la innovación requiere la generación previa de aquél, es decir, requiere investigación y desarrollo tecnológico. I+D e innovación son elementos que deben necesariamente caminar juntos y estar dirigidos hacia los mismos objetivos. Necesitamos la innovación para generar valor, pero ésta es imposible si no desarrollamos el conocimiento que la sustente.Los desarrollos logrados de esta forma han permitido en nuestros días, no solo la generación y aplicación sistemática del conocimiento, sino que también han dado lugar a una transformación general hacia la llamada sociedad del conocimiento.

Esta nueva forma de hacer las cosas requiere de empresarios dispuestos a asumir riesgos y hacer esfuerzos a largo plazo, emprendedores y empresarios que apuesten por el conocimiento como fuente de riqueza y no esperen beneficios fáciles de una economía especulativa. Debemos combatir la economía especulativa porque su presencia no solo es social y económicamente insostenible, sino porque es perjudicial desde el primer momento ya que al generar sensación de resultados inmediatos hace abandonar actuaciones y sectores más sostenibles y de mayor valor a largo plazo.

Las empresas hemos de destinar importantes recursos a la I+D, entendiendo que esta no es una actividad comercial o industrial como las demás, sino que entraña unas mayores dosis de dificultad y riesgo, y que requiere una apuesta prolongada en el tiempo y una mayor tolerancia al fallo.

La generación de conocimiento aplicable a través de la innovación requiere de una intensa relación entre tres actores principales: administraciones, centros de generación de conocimiento, y empresas. La historia reciente está llena de ejemplos que demuestran que para que un país pueda ser líder tecnológico a través de sus empresas, debe existir una intensa actividad de I+D en las propias empresa, un conjunto de universidades y laboratorios de investigación donde se formen los expertos y se lleve a cabo la investigación básica y aplicada que hace posible los desarrollos tecnológicos, y unas administraciones que promuevan y planifiquen el desarrollo.

Me gustaría aludir aquí a la teoría del Profesor Houssman de la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard. En ella el Prof. Houssman expone que la riqueza de un país viene determinada por la cantidad y calidad de las capacidades de que dispone. Disponer de muchas capacidades conduce a poder elaborar y exportar muchos productos, y productos que requieren muchas y complejas capacidades, y que por tanto tienen gran valor añadido.  Pero, como señala el Prof. Houssman, esto es como la pescadilla que se muerde la cola, si uno no tiene productos y es pobre, difícilmente desarrolla las capacidades, y si no dispone de las capacidades, difícilmente dejará de ser pobre. ¿Cuál es la clave para poder mejorar y poder romper poco a poco este círculo? Saltar a productos cercanos. Crecer en aquello que somos fuertes ampliando nuestras capacidades en ello y ampliando nuestra gama de productos.

El conjunto de productos que consume el mundo es como un bosque de árboles con ramas entrelazadas. Las empresas de un país son como colonias de monos que viven en ellos. Debemos crecer y colonizar el bosque saltando a ramas cercanas. De poco sirve permanecer siempre en el lugar donde estamos porque lo agotamos y perecemos poco a poco, pero tampoco podemos pretender colonizar cualquier lugar del bosque enviando individuos aislados que perecerán a la primera dificultad.

España es un país que dispone de importantes capacidades en una serie de sectores donde se puede dar un gran crecimiento a través de la I+D y la innovación. Un crecimiento en los productos y en la calidad de los mismos.

Se requiere de las administraciones una estrategia nacional clara y estable para el desarrollo de los sectores donde podamos ser competitivos. Una estrategia sólida y mantenida en el tiempo más allá de quienes ocupen la administración en cualquier momento. Se requiere que los planes de I+D+i sean generosos pero se requiere aún más que sean valientes en la priorización, lo cual requiere decir que no, más veces que decir que sí.

Un buen ejemplo lo encontramos en el sector de las energías renovables, con la energía termosolar, donde Abengoa está ejerciendo un liderazgo internacional, gracias a haber desarrollado, con un gran esfuerzo en I+D, las capacidades necesarias para el desarrollo de dicha tecnología. Este liderazgo sólo podrá mantenerse con una continua apuesta por la I+D, que siguiendo con el ejemplo, nos permita colonizar el bosque. Es fundamental en este caso el apoyo a instalaciones piloto y de demostración que permitan dar el salto desde el laboratorio a la primera industrialización.

La política de incentivos en España a las renovables fue buena en esta dirección mientras permitió instalaciones novedosas y perjudicial para el propio desarrollo de la tecnología cuando la rigidez y la falta de agilidad condujo a que la regulación y  el desarrollo de la tecnología no fueran al compás, y dieran lugar a una repetición de soluciones cuyo mayor sentido debiera ser abrir el camino hacia otras más avanzadas. Hoy en día, las últimas actuaciones del Gobierno español han puesto en un verdadero peligro al sector, lo que puede terminar con él en España y amenazar cualquier liderazgo mundial que con tanto esfuerzo han conseguido sus empresas, todo ello fruto de una miope visión cortoplacista.

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Las energías renovables deben ser parte de la solución

Días atrás, la mayor asociación conservacionista del mundo, World Wildlife Fund (WWF), publicó un nuevo informe titulado “El camino hacia un futuro 100% renovable en Europa”, en el que muestra la posibilidad de que Europa pueda reducir su consumo energético actual en un 38 % y que el 40 % de la energía generada provenga de fuentes renovables en 2030, para así alcanzar un sistema energético completamente renovable en 2050.

Este informe casa con la petición de la Unión Europea a los Estados miembros de implementar políticas que favorezcan la reducción de emisiones de CO2. Según los cálculos de WWF y otras organizaciones no gubernamentales, como Friends of the Earth (FoE), la ejecución de este tipo de medidas podría acarrear la reducción de las emisiones en Europa en hasta un 40 %.  Asimismo, la reducción del consumo energético podría ahorrar 250 billones de euros al año, no solo debido a la disminución del consumo, sino también a la disminución de los costes de la generación e importación de energía.

Como no puede ser de otra forma, para cumplir estos objetivos son necesarias políticas proactivas que potencien el uso de las energías renovables. De esta forma, además del lógico beneficio medioambiental, estas medidas permitirían acabar con la inestabilidad energética causada por la elevada dependencia de las energías fósiles, procedentes principalmente de países inestables política y económicamente, por lo que el riesgo de desabastecimiento siempre existe.

Asimismo, para que estos buenos pronósticos se conviertan en una realidad, es esencial plantear una reforma energética estable y consensuada, en la que se puedan determinar unos resultados predecibles, y que apueste con firmeza por la innovación tecnológica (I+D+i).

Por esta razón, el Comité de las Regiones (CDR), asamblea consultiva oficial de la UE, retó a la Comisión a ampliar sus perspectivas en materia de energías renovables más allá de 2020, ya que solo una estrategia a largo plazo puede asegurar el objetivo de una Europa 100% renovable en  2050. El 31 de enero el CDR presentó el informe “Energías renovables: principales protagonistas en el mercado europeo de la energía”, en el que animaban a las instituciones europeas a adoptar una política común en materia de energías renovables. El informe propone una revisión completa de la estrategia de la Unión en materia energética, especialmente de los desafíos medioambientales para después de 2020, aconsejando una estrategia común que regularice las subvenciones y los recursos regionales para todos los Estados.

Según Witold Stępień (PPE/PL), político polaco y portavoz del informe “se trata de un documento que incluye una perspectiva amplia y presenta las necesidades y expectativas de los habitantes de todas las regiones europeas, al tiempo que se corresponde con la estrategia de la Región de Lodz, que considera las energías renovables como un componente vital de su estrategia de desarrollo.”

Tras las demandas de estas organizaciones,  que tienen como único interés común la preocupación por el medioambiente y la sostenibilidad del sistema energético, le toca el poder de réplica a las instituciones europeas. No hay duda de que la UE tiene una oportunidad única para convertirse en un referente en la lucha contra el cambio climático, a la vez que podría garantizar la seguridad e independencia energética de todos los países miembros. Por ello, como reza el título de este artículo, estamos convencidos que las energías renovables, lejos de ser un problema, suponen una parte esencial de la solución al rompecabezas energético.

 

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Inversión y sostenibilidad: la pareja de moda

Fernando Martínez Salcedo, secretario general de Sostenibilidad de Abengoa

En los últimos años se están produciendo algunas novedades en la relación entre inversión y sostenibilidad en el mundo de los negocios. Uno de los hechos más importantes está siendo el notable incremento del número e importancia de los inversores ESG (Environmental Social Governance), que condicionan las inversiones que realizan a la verificación de sus políticas corporativas frente al cambio climático, el control ambiental, el compromiso social y el buen gobierno.

Por esta razón, los índices bursátiles y otras iniciativas privadas están desarrollando estándares para baremar y clasificar a las empresas. Los principales índices internacionales a este respecto son: el DJSI (Dow Jones Sustainability Index), el Carbon Disclosure Project (CDP), el FTSE4 Good y, más recientemente, el Nasdaq Green Economy. Estos indicadores tienen como objetivo incorporar a la evolución de los valores cotizados información fiable sobre la medición de emisiones de gases de efecto invernadero, la reducción de su intensidad en relación con la actividad de las empresas, el impacto de la actividad de la compañía en las comunidades locales donde desarrolla su actividad, sus políticas laborales, la extensión de sus propios compromisos éticos de comportamiento a la cadena de suministros y la transparencia en sus decisiones de gobierno corporativo.

Creado en 1999, el DJSI es el principal indicador internacional que incluye a las compañías con mejores políticas de responsabilidad social corporativa desde tres dimensiones: la económica, la ambiental y la social. Por su parte, el CDP califica mediante un exigente cuestionario a las compañías que desarrollan políticas activas de reducción de la huella de carbono; para ello, realiza dos índices distintos: el Carbon Disclosure Leadership (CDL), en el que Abengoa obtuvo una puntuación de excelencia de 96 en 2012, y Carbon Performance Leadership (CPL), donde Abengoa fue calificada con una A en una escala de A a E, también en 2012. El Nasdaq Green Economy clasifica sectorial y geográficamente a las empresas, desarrollando posteriormente un índice de valoración bursátil asociado a esa clasificación. Por último, el índice FTSE 4 Good, en el que Abengoa fue valorada con 100 sobre 100 en su sector de actividad en 2012, identifica el comportamiento de los valores socialmente responsables de las compañías.

Las Naciones Unidas también han querido respaldar este tipo de inversiones responsables, promoviendo los Principles for Responsible Investment (PRI), una guía con seis principios básicos, de cumplimiento voluntario, que promueve el diálogo entre inversores y empresas en materia de inversión socialmente responsable. Para ello ha creado un foro de referencia internacional en el que se comparten ideas, prácticas y colaboraciones entre los interesados. Más de mil compañías internacionales se han adherido a estos principios.

En los últimos años, y especialmente bajo el contexto económico actual, los inversores no solo buscan la rentabilidad de sus inversiones, también persiguen la seguridad de su dinero. En este aspecto tiene un papel importante la garantía de que la inversión no se vea afectada por crisis reputacionales o por compromisos insuficientes en el cálculo de la huella de carbono y en su reducción.

Actualmente, se estima que el 30 % de los inversores institucionales exigen transparencia a las empresas. El criterio de sostenibilidad, por tanto, se afianza como uno de los elementos claves para que muchos inversores decidan dónde invertir su dinero. Andries van der Walt, director de Sostenibilidad para EMEA de Cushman & Wakefield, una de las consultoras inmobiliarias más importantes a nivel internacional, que ha publicado recientemente un informe sobre la relación entre inversión y sostenibilidad en Europa, afirma que “durante el último año la sostenibilidad ha estado escalando puestos en la agenda de los inversores y gestores de fondos. Los inversores y gestores de fondos europeos que actualmente no fijan estándares mínimos de rendimiento para las inversiones deben empezar a hacerlo para ser capaces de reducir mejor los riesgos”.

Afortunadamente, el aumento en importancia de la inversión socialmente responsable está impulsando a que muchas compañías refuercen sus políticas de responsabilidad social corporativa, atendiendo sus negocios bajo criterios éticos, sociales y ambientales, lo que supone un paso de gigantes para la lucha contra el cambio climático y el desarrollo sostenible. Por lo tanto, estamos ante una excelente noticia para todos.

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2020: energía solar o energía eólica

Patricia Malo de Molina, directora de comunicación de Abengoa

La energía solar es el motor de nuestro planeta. Todas las fuentes de energías conocidas, renovables y no renovables, son producidas directa o indirectamente por la radiación que el Sol proyecta sobre la Tierra.

Si pensamos en el consumo energético mundial a largo plazo, es indiscutible que tenemos que apostar por un desarrollo global sostenible. El cambio climático, el agotamiento de los combustibles fósiles y la creciente demanda eléctrica hacen necesario basar el futuro modelo energético en las energías solar y eólica. Combinándolas, podremos satisfacer gran parte de la demanda de base, ya que la energía solar produce durante el día, y la eólica, principalmente durante la noche. Forman un tándem perfecto, que a corto-medio plazo, sentará las bases del nuevo modelo energético.

La radiación solar nutre a todas las formas de energía que encontramos en la Tierra. En el caso de la energía eólica, su relación con el sol la encontramos en el movimiento de las masas de aire, que se desplazan desde áreas de alta presión atmosférica hacia áreas adyacentes de baja presión. Estos vientos son ocasionados por el calentamiento no uniforme de la superficie terrestre, que provoca la radiación solar. De hecho, entre el 1 y el 2 por ciento de la energía solar se convierte en viento.

La energía eólica ha experimentado en los últimos años un gran desarrollo. Hoy, la potencia total instalada en el mundo casi alcanza los 100 gigavatios, probablemente porque es un recurso ilimitado, bien distribuido y con un coste cada vez más competitivo. Esta competitividad le ha permitido alcanzar una madurez envidiada por la tecnología solar, aunque no es prudente compararlas en este ámbito. Debemos valorarlas según el máximo potencial tecnológico que puedan alcanzar. De hecho, en los últimos años, el crecimiento experimentado por la solar ha sido mucho mayor que el de la eólica, si bien el punto de partida era muy diferente. Por eso, será difícil que el mercado solar llegue, en 2020, al nivel de potencia instalada del que ya goza la energía eólica. En cualquier caso, a más largo plazo, es más que probable que la energía solar rompa esa barrera. Esta afirmación la confirman las siguientes razones:

1.- Las características técnicas de la energía solar le confieren una versatilidad que le posibilita cubrir la mayor parte de la demanda eléctrica. El almacenamiento térmico de la tecnología termosolar permite al generador ajustar la producción a la demanda del sistema. Además, otra importante ventaja es su fácil gestión, siempre ajustada a una franja horaria.

2.- La radiación solar es un recurso disponible en todo el mundo, en proporciones muy superiores al eólico. De hecho, el estudio “Global Energy Scenario. Energy revolution”, realizado por Greenpeace en colaboración con EREC, pone de manifiesto que el potencial de la energía solar es unas quince veces mayor que el de la energía eólica.

Potencial de las diferentes tecnologías renovables.

3- La previsión sobre la disponibilidad que podemos hacer de uno y otro recurso es otro factor importante en esta balanza. La energía solar es considerablemente más previsible que la eólica, lo que le otorga un valor añadido de cara a las eléctricas, ya que permite la creación de una red más sólida, segura y, por tanto, con menor probabilidad de fallar.

4.- Tampoco hay que olvidar que la energía solar puede combinarse con otras tecnologías. Por ejemplo, la termosolar genera electricidad del mismo modo que las centrales térmicas actuales (ciclo convencional de turbina de vapor acoplado a un alternador), si bien existe la posibilidad de hibridación con calderas de gas, biomasa, biocarburantes o cualquier otro combustible, sea o no renovable. Esta versatilidad abarata el coste de la energía y asegura la producción al sistema eléctrico.

5.- Por otro lado, la inmadurez de la solar nos permite augurar un largo camino en su crecimiento en el que, a buen seguro, se reducirán considerablemente sus costes de producción, un extremo más complicado para la energía eólica, debido al grado de madurez que ya ha alcanzado.

Es importante señalar que difícilmente podremos disfrutar de todas estas ventajas si los gobiernos no apoyan el desarrollo de la energía solar, al menos con el mismo interés que hicieron en su momento con la eólica. Este respaldo será vital, al menos, hasta que se haya creado la suficiente masa crítica de mercado, que permita la reducción de costes, y que el precio de los combustibles fósiles incluya el coste asociado a factores externos negativos, como el de las emisiones. Esta parece la única vía para que la transición de un modelo de energía fósil a uno renovable sea real y se produzca en el menor tiempo posible.

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Comunicación efectiva para enfrentar el cambio climático

Mario Molina, premio Nobel de Química, catedrático de la Universidad de California, en San Diego, y miembro del Consejo Asesor Internacional de Abengoa.

El cambio climático representa uno de los retos más importantes para la sociedad en este siglo.  Para que la humanidad limite su interferencia con el clima del planeta es necesario que modifique profundamente actividades tales como la quema de combustibles fósiles y la deforestación, lo que equivale a llevar a cabo una segunda revolución industrial. Para ello es indispensable comunicar de forma clara, objetiva y oportuna al público y a los tomadores de decisiones sobre las causas, consecuencias y soluciones del cambio climático, a fin de que la sociedad tome las acciones necesarias para enfrentarlo.

Aunque existen incertidumbres en nuestro entendimiento de la ciencia del cambio climático, las bases científicas del problema están muy bien establecidas.  Desde la Revolución Industrial hasta nuestros días la temperatura promedio de la superficie terrestre se ha incrementado alrededor de 0.8 °C, y el consenso entre expertos es que este incremento muy probablemente ha sido causado por las actividades humanas, y que el riesgo de ocasionar cambios en el sistema climático con consecuencias potencialmente catastróficas aumenta rápidamente si la temperatura promedio de la superficie del planeta se incrementa más de 2 o 3 oC.  Sin embargo, en algunos países –principalmente en Estados Unidos- se ha desplegado en años recientes una campaña mediática muy bien organizada y financiada desacreditando la ciencia del cambio climático, motivada principalmente por los intereses de algunas empresas de las industrias del carbón y  del petróleo.  La campaña ha tenido un éxito notable, moldeando las creencias y aumentando considerablemente el número de personas que cuestionan la validez de la ciencia del cambio climático. El mecanismo ha consistido en convencer a los medios de comunicación para que afirmen que existen dos versiones igualmente válidas sobre el problema, una describiendo el consenso claro que tiene la comunidad científica de expertos, y la otra afirmando que no existe dicho consenso.

Otro factor que tiene gran impacto en la opinión pública es la politización del tema. Uno de los efectos más fuertes sobre la preocupación del público en Estados Unidos ha sido la postura del Partido Republicano, que en años recientes ha consistido en negar la validez de la ciencia del cambio climático, provocando que el público interprete frecuentemente las noticias sobre la base de su preferencia partidista. Teniendo en cuenta los intereses económicos reflejados en esta polarización, las barreras para actuar ante el cambio climático se han basado en buena medida en la distribución del poder social en los ámbitos económico y político.

Un factor adicional que ha contribuido al problema es la falta de claridad de la información científica que han divulgado los expertos sobre cambio climático. Existe un entendimiento limitado de la ciencia climática entre el público en general, lo que da lugar a confusiones; además, en vez de confiar en la opinión de los expertos en el tema, la ciencia es a menudo sustituida por consideraciones ideológicas.  Por lo tanto, los esfuerzos de comunicación para generar interés y ampliar el entendimiento sobre el cambio climático en la ciudadanía deben de estar vinculados a una estrategia que integre los aspectos científicos, políticos y económicos y que sean consistentes con los diferentes entornos culturales y sociales.

Los resultados de encuestas llevadas a cabo en Estados Unidos indican que en el 2006 alrededor del 29 % de la población ponía en duda la existencia del cambio climático, mientras que para el 2010 la cifra aumentó al 41 %, lo que indica el éxito que tuvo la campaña para desprestigiar a la ciencia del cambio climático.  En el 2012 la cifra se redujo a  33 %, debido probablemente a que la opinión pública ha sido impactada por el hecho de que los eventos extremos de clima, tales como ondas de calor, inundaciones y sequías, se han vuelto más frecuentes en años recientes, afectando directamente a una fracción importante de la ciudadanía.

Una pregunta importante es si estos eventos extremos están efectivamente conectados de alguna manera con el cambio climático ocasionado por las actividades humanas.  De ser así es probable que en un futuro próximo la opinión pública influya en los tomadores de decisiones, de tal manera que  se pueda lograr un acuerdo internacional que efectivamente empiece a resolver el problema.  Por otro lado, hasta hace un par de años la comunidad científica en general afirmaba que no había evidencia para contestar afirmativamente la pregunta en cuestión.  Sin embargo, muy recientemente se han publicado una serie de trabajos que indican que sí existe tal conexión.  La confusión se debe en buena parte a la manera en que se hace la pregunta: si examinamos eventos extremos específicos no hay evidencia alguna de que sea el cambio climático el que los haya causado.  Sin embargo, sí se está acumulando la evidencia de que la intensidad de algunos de los eventos en cuestión está aumentando.  Por ejemplo, en junio de este año James Hansen del Instituto Goddard para Estudios Espaciales de la NASA y su grupo de investigación publicaron los resultados de sus estudios sobre las olas de calor extremo, concluyendo en base a mediciones de satélite que la probabilidad de que sucedan dichos eventos en el hemisferio norte se ha incrementado decenas de veces en  los últimos 50 años, lo que se debe a su vez al incremento de gases de efecto invernadero causado por actividades humanas.

Igualmente, en el último número de la revista científica American Meteorological Society, expertos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés) publicaron un artículo en el que examinan seis eventos extremos específicos, incluyendo la sequía del 2011 del sur de Estados Unidos y del norte de México. Concluyen que debido al cambio climático la probabilidad de condiciones extremas de calor y sequía en ese año fue 20 veces mayor que en 1960.  No obstante, el mismo grupo concluye que las inundaciones de 2011 en Tailandia, que causaron daños de gran magnitud, no están conectadas con el cambio climático, sino con factores tales como cambios de los cauces y niveles de los ríos, la conversión de tierra agrícola a uso industrial y las políticas de operación de presas.  Esto indica que  las causas de los eventos extremos deben ser analizadas cuidadosamente a fin de precisar su atribución.

Otro ejemplo de evento climático extremo muy reciente es el huracán Sandy, el cual tuvo consecuencias devastadoras para la costa este de Estados Unidos.  De nuevo, los expertos no intentan demostrar que no hubiera sucedido dicho evento en ausencia del cambio climático; en cambio, la tarea es argumentar de qué forma las variaciones en el clima influyeron en sus características.  El científico Kerry Emanuel del Instituto Tecnológico de Massachusetts ha estado investigando desde hace años la relación existente entre las temperaturas del océano y la intensidad de las tormentas y los huracanes, concluyendo que a mayor temperatura mayor intensidad tendrá el evento meteorológico. Esto lleva a pensar a muchos expertos que el aumento en la temperatura de la superficie de los océanos y los cambios ya observados en los patrones de las corrientes oceánicas probablemente tuvieron un efecto importante sobre la potencia, escala y dirección de este huracán. Adicionalmente, en base a los conceptos físicos básicos, los expertos afirman que ese tipo de eventos extremos ocurrirá con mayor intensidad en el futuro.

Conclusión

Estudios basados en modelos muy completos del clima sugieren que en caso de que la sociedad no tome ninguna acción para enfrentar el problema del cambio climático, existe un riesgo significativo de que el aumento de la temperatura promedio de la superficie del planeta alcance entre 4 y 6 °C para fin de siglo, lo que a su vez podría generar perturbaciones muy dramáticas y prácticamente irreversibles, como por ejemplo la desaparición de la selva del Amazonas o el deshielo total del Ártico, con lo cual el clima terrestre sería muy diferente al que conocemos hoy en día y al que ha tenido nuestro planeta durante millones de años.

Es posible minimizar ese riego reduciendo muy significativamente en las próximas décadas las emisiones de gases de efecto invernadero, principalmente las del dióxido de carbono, ocasionadas por la quema de combustibles fósiles. Economistas como Sir Nicholas Stern consideran que el costo de tomar las medidas necesarias para llevar a cabo dichas reducciones sería de alrededor del 1 % ó 2 % del Producto Bruto Global, mientras que el costo de no reaccionar con prontitud sería mucho mayor, debido principalmente a las sequías, las inundaciones y la destrucción que producen las tormentas fuertes.

Finalmente, es importante mencionar que además de las cuestiones científicas, económicas y tecnológicas arriba mencionadas, no debemos olvidar que tenemos una responsabilidad ética de dejar a las futuras generaciones un planeta en el que sus habitantes puedan gozar de una calidad de vida igual o mejor que la que tenemos hoy en día.

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Retos de la energía solar

Patricia Malo de Molina, directora de comunicación de Abengoa

La comunidad científica coincide en señalar que la energía del futuro es la solar. Dadas las grandes ventajas que presenta frente a otras fuentes de energía, se prevé que, progresivamente, su participación aumente en el mix energético de los países, bien sea mediante tecnología termosolar1, para abastecer a un gran número de hogares o industrias, bien mediante tecnología fotovoltaica2, para centros de consumo dispersos y con menores requerimientos de potencia. Pero existen tres aspectos principales cuyo desarrollo determinará el grado de éxito futuro de la energía solar: el progreso tecnológico, la gestionabilidad y la regulación.

La tecnología solar tiene aún mucho recorrido. Mientras que la energía convencional cuenta con una sólida experiencia de decenas de años de operación, y, consiguientemente, su coste de producción es mucho menor, la tecnología solar está aún en su juventud, y sus costes disminuirán con el tiempo en todos los niveles del negocio: fabricación, financiación e investigación, y desarrollo.

Precisamente es en el campo de la investigación donde reside el verdadero potencial del sector. En fotovoltaica, por ejemplo, se está avanzado a grandes pasos. Por un lado, cada vez se desarrollan módulos con eficiencias más elevadas, consiguiendo importantes ahorros en superficie, materiales, estructuras, operación y mantenimiento. Por otro, con las nuevas técnicas de láminas delgadas3 se ha conseguido reducir el uso de materiales semiconductores4, que son los encargados de producir el efecto fotovoltaico, hasta espesores cien veces menores. Y en termosolar se ha avanzado mucho en los últimos años, con el incremento de la eficiencia de la tecnología de torre, los colectores cilindro-parabólicos, y los discos Stirling. Si durante los próximos diez años la tecnología solar evoluciona según las previsiones de los expertos (lo que es bastante probable), para 2020 los costes de producción de la energía solar serán inferiores a los de las energías fósiles.

Por otro lado, debemos tener en cuenta la gestionabilidad, que consiste en la capacidad de una planta energética para entregar la potencia que demande la red en cualquier momento. Para ello, se debe dotar a las centrales solares de unidades de almacenamiento que permitan cubrir adecuadamente la demanda eléctrica, incluso en momentos donde el recurso solar sea escaso o inexistente. La tecnología más extendida es el almacenamiento con sales, con un funcionamiento sencillo que se basa en la utilización de dos tanques de sales para almacenar el calor. Durante el ciclo de carga, las sales intercambian calor con el fluido procedente del campo solar y se almacenan en un tanque caliente. Durante el ciclo de descarga, el sistema opera en sentido contrario, calentando el fluido portador de calor, que generará vapor para mover una turbina, y producir así electricidad.

Fuente: Abengoa Solar

Finalmente, un factor de gran relevancia es el regulatorio. Para que se logre el desarrollo tecnológico adecuado de la energía solar, es necesario que el mercado madure, para lo que los gobiernos deben apostar decididamente por esta fuente de energía. Muchos economistas señalan que el modelo de incentivos más adecuado es el de la implantación de un sistema de tarifa en el que se remunere la energía renovable a un precio adecuado, que permita el desarrollo del sector (sistema actualmente implantado en los países europeos), para, posteriormente, saltar a un sistema de cuotas obligatorias de renovables (modelo americano). La tarifa permite incentivar la creación de un mercado con la suficiente masa crítica, que favorecería la reducción de costes, y la cuota asegura la subsistencia a medio plazo del sector, permitiendo una mayor eficiencia económica. Con ello, en el medio y largo plazo, cuando la tecnología haya madurado suficientemente, la energía solar podrá competir con el resto de las fuentes de energía.

Otra forma de incentivar las energías renovables es la creación de un mercado internacional de derechos de emisión, como ya existe en Europa y en otros países; un instrumento financiero que permite controlar las emisiones de gases de efecto invernadero mediante incentivos económicos que penalicen los productos y servicios que los emitan. La creación de este mercado de emisiones penalizaría el uso de energías fósiles por su elevado coste medioambiental, y permitiría a la energía solar (que es limpia) competir también en precio con los derivados del petróleo.

Los gobiernos deben seguir impulsando con mano firme el desarrollo de la energía solar. La combinación del fomento de esta energía por parte de las administraciones públicas con el espíritu emprendedor propio de la iniciativa privada permitirá llevar a cabo, con éxito, la necesaria transición desde la actual economía del petróleo hacia una nueva economía basada en el carbono. Ello garantizará un futuro de abundante energía limpia, barata, y para todos.


1 Una central térmica solar o central termosolar es una instalación industrial en la que, a partir del calentamiento de un fluido mediante radiación solar y su uso en un ciclo termodinámico convencional, se produce la potencia necesaria para mover un alternador para generación de energía eléctrica.

2 Una central solar fotovoltaica es aquella que usa el efecto fotoeléctrico para producir electricidad. Este fenómeno consiste en la emisión de electrones por un material cuando se ilumina con radiación electromagnética (luz visible o ultravioleta, en general).

3 Se entiende por láminas delgadas, las capas de material en el rango de fracciones de nanómetro hasta varios micrómetros de espesor.

4 Sustancia que se comporta como conductor o como aislante dependiendo de la temperatura del ambiente en el que se encuentre.

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Combustible a partir de la basura; ¿por qué no?

Patricia Malo de Molina, directora de comunicación de Abengoa

A finales de noviembre del pasado año, se celebró en la ciudad de Doha, en Qatar, la decimoctava Cumbre sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas. Al margen de la valoración de los resultados obtenidos, si una idea quedó clara tras las reuniones, como evidenció Christiana Figueres, secretaria general de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, es la necesidad de “una transformación dramática en la producción de energía y en su uso”.

Uno de los planteamientos claves en este sentido, surge de la idea de cómo gestionar de una manera sostenible el aumento de la población mundial en las próximas décadas, estimado en un 40 %. Esto significa, que en el año 2050 alcanzaremos los 9.300 m de personas en el planeta. Esta cifra nos conduce a otra mucho más preocupante: qué hacer con los 3.000 Mt de Residuos Urbanos Sólidos (RSU) que se espera que produzca anualmente tal cantidad de población.

Desde hace años, numerosos estudios investigan la posibilidad de convertir la materia orgánica de los RSU, que supone el 60 % del total de residuos, en biocombustible. Después de numerosos intentos, estamos cada vez más cerca de que lo que parecía una quimera se convierta en realidad. De hecho, este mismo año, Abengoa, en colaboración con el Ayuntamiento de Sevilla, inaugurará una planta de demostración que permitirá producir bioetanol a partir de la fracción orgánica de los RSU, y a partir de 2014, se prevé la construcción de plantas comerciales.

Las ventajas de gestionar de manera conjunta los residuos urbanos y la producción de combustible son incalculables. Estaríamos resolviendo varios problemas de “un tiro”. Por un lado, supone el desahogo de los vertederos que rodean las ciudades, ahorrando, además, el efecto contaminante del proceso de combustión térmica controlada de los residuos que se utiliza actualmente, y que genera la emisión de gases contaminantes a la atmósfera. Con la conversión de los residuos en biocombustible se podría reducir considerablemente la emisión de dióxido de carbono (CO2), contribuyendo así a la disminución del impacto medioambiental conocido como “efecto invernadero”.

Esta solución tecnológica también supondría una mayor independencia energética de combustibles fósiles, como el petróleo, que además de los efectos contaminantes, conlleva para un país como España el coste anual de 50.000 M€ anuales (más del 5 % de su PIB) solo en la importación de petróleo, alcanzando la cifra de 790.000 M en el conjunto de los países industrializados integrados en la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE).
Otros beneficios aparejados a esta solución tecnológica, incluyen, obviamente, el crecimiento de la economía regional y nacional, creando miles de empleos verdes, que se sumarían a los 500.000 que Greenpeace y el European Renewable Energy Council (EREC) estiman que se pudiera conseguir en 2020, si la Unión Europea continuara su apuesta por las energías renovables.
La fracción orgánica de los RSU puede ser convertida en etanol mediante la transformación por hidrólisis enzimática de la celulosa contenida en el residuo en azúcares fermentables y posterior fermentación. El etanol obtenido de este proceso se recupera mediante destilación y se deshidrata para alcanzar la calidad necesaria como carburante. La clave del éxito del proceso radica en el uso de enzimas de segunda generación, capaces de transformar la celulosa y hemicelulosa en azúcares como la glucosa y la xilosa. En este aspecto, Abengoa es una de las pocas compañías que ha desarrollado un paquete completo que incluye el desarrollo tecnológico del proceso y el desarrollo de las enzimas 2G.

Otras empresas están desarrollando nuevos enfoques completos con los que producir etanol a partir de RSU a través de distintas tecnologías, como la hidrólisis ácida o los procesos de gasificación. Sin embargo, la clave del proceso de hidrólisis enzimática que propone Abengoa está en el uso de las enzimas de segunda generación porque aportan mayores dosis de eficiencia al proceso.

Si lo traducimos en cifras, con esta tecnología podríamos convertir 300.000 t de RSU en más de 20 ML de bioetanol. Estamos hablando de una fuente inagotable de abastecimiento de energía, solidaria con el entorno y con unos beneficios sociales de incalculable valor. Por ello, estamos convencidos de que cualquier esfuerzo en el desarrollo de este tipo de energías supone un enorme paso para la consecución de un futuro más sostenible.

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