Brasil sobre ruedas

Según las últimas estadísticas, 780 millones de vehículos ligeros para pasajeros circulan por el planeta, y el petróleo, la energía que mueve este sistema mundial de transporte, está bajo sospecha. Las acusaciones son estratégicas y también ambientales. Cada vez es más caro,  más escaso, y es uno de los mayores responsables del calentamiento global.

El mundo desarrollado no quiere pararse y ha encontrado en el etanol una alternativa verde al crudo. Brasil lidera con éxito y viabilidad económica el uso de los biocombustibles para el sector del transporte. Aunque las condiciones climáticas y de recursos en Brasil no son exactamente reproducibles en otros países, el caso del etanol es un referente mundial para aquellas economías que han incorporado los biocombustibles en sus agendas energéticas.

En los años 30, Brasil, con más azúcar de la que realmente podía consumir, decidió destinar parte de su producción a la creación de etanol. Sin embargo, este biocombustible experimentó su primer gran avance tras el “shock” del petróleo de los setenta. La crisis duplicó el gasto en importaciones de petróleo y el gobierno se vio obligado a considerar fuentes alternativas de energía para disminuir su dependencia y gasto en combustibles fósiles. Con esto en mente, el gobierno lanzó el Programa Nacional de Alcohol (Pro-Álcool) en 1975 para aumentar la producción de etanol como un sustituto para la gasolina.

Tras un periodo de estancamiento,  desde mediados de los ochenta hasta la crisis asiática, remontó en 2001 con tasas de crecimiento similares a las de los años 70.  Las fluctuaciones se explican fundamentalmente por la evolución de los precios del petróleo y los cambios políticos en el entorno internacional. Hoy, la industria del etanol es una pieza clave en el desarrollo del país, en su política energética y en su política de empleo. Actualmente Brasil es el principal productor y exportador de etanol del mundo, su industria genera entre 3,5 y 4 millones de puestos de trabajo, y constituye entre un 3,5% y un 4% de su PIB.

Las políticas y mecanismos diseñados por las instituciones en una primera etapa han favorecido el éxito de los biocombustibles en Brasil. Incentivos dirigidos a los productores de caña de azúcar para generar grandes cantidades y dedicar parte de la producción a la creación de bioetanol. Incentivos a los constructores de vehículos para diseñar automóviles que usen biocombustibles, y, por último, incentivos a los consumidores para promover el uso del etanol en lugar de adquirir gasolina. Todo ello ha impulsado el éxito actual del etanol en Brasil con el mercado ya liberalizado, y es fruto del descubrimiento de las oportunidades que se abrían en un entorno con altos costes del barril y a la generalización  de vehículos de combustibles flexibles (FFV).

Los vehículos FFV, que ya en 2006 constituían el 80% de los nuevos vehículos en Brasil, están diseñados para usar la mezcla de gasolina y etanol que el consumidor desee. Así, se reducen los riesgos asociados a las fluctuaciones de precios y el consumidor final sólo debe decidir la mejor combinación de etanol y gasolina para su bolsillo. De este modo, a los ritmos actuales, más del 40% del parque automovilístico de Brasil podría estar compuesto por estos vehículos en 2015.

De acuerdo con el informe “Sustainable bioenergy: a framework for decision makers”, publicado por las Naciones Unidas en 2007, se afirma que los biocombustibles son la única alternativa a corto plazo para sustituir la gasolina en el transporte. Con este dato, la expectativa a futuro es que la demanda internacional de etanol brasileño se eleve debido a la mayor sensibilización ambiental y al endurecimiento de las políticas referentes a emisiones. Países como Japón, con un potencial insuficiente de producción de etanol, ya ve en Brasil su principal aliado energético. Del mismo modo, otros países como India, China, EEUU y parte de Europa, pueden tener dificultades para producir el suficiente etanol para cumplir sus objetivos medioambientales, y Brasil puede convertirse en un importante socio estratégico y una potencia en combustibles renovables.

En 2005, la producción mundial de etanol fue de 9,66 millones de galones, de los cuales Brasil produjo el 45,2 por cien y Estados Unidos el 44,5 por cien. Una buena noticia si tenemos en cuenta que una mezcla de gasolina con un 85 por ciento de bioetanol (E85) permite reducir entre un 45 y un 70 por ciento las emisiones de gases de efecto invernadero por cada kilómetro recorrido. El Panel Internacional sobre Cambio Climático (PICC) predice que, si no se adoptan medidas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, las temperaturas aumentarán entre 1,4ºC y 5,8ºC para 2100, con efectos catastróficos para el planeta.

La industria del etanol cuenta con más de 30 años de experiencia en Brasil y se ha convertido en la punta de lanza de su política energética. De momento, el etanol es la única alternativa clara al petróleo y ha demostrado que sus beneficios no se limitan sólo a su naturaleza menos contaminante. Brasil ha confirmado que la inversión en energías limpias constituye un beneficio económico a medio y largo plazo. Su visión de un futuro energético basado en biocombustibles le ha valido una posición privilegiada en la partida energética, situándose como pieza indispensable en los futuros acuerdos energéticos que se lleven a cabo  gracias a lo que Brasil denomina su “solución verde” al calentamiento global.

No todos los países disponen de las condiciones idóneas para generar excedente de caña de azúcar pero sí gozan de otros medios, ya sea sol, olas, mar o viento, que pueden aprovechar para configurar su mix energético de forma acorde con los nuevos escenarios económicos y medioambientales que se plantean. La mayoría de los países del mundo posee condiciones adecuadas para confeccionar su particular “solución verde”; solo hace falta que las instituciones, como ya ocurrió en Brasil, piensen a medio y largo plazo, e inviertan en solucionar los problemas del mañana que, además, pueden ser catalizadores de la actividad y el desarrollo económico. El desarrollo de energías más limpias y renovables es una apuesta de primer nivel por la independencia energética, el empleo y el medioambiente.

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Energía del conocimiento

El físico Steven Cowley escribió que llegaría el día en que las fuentes energéticas utilizadas serán 100% renovables, y que para lograrlo sólo necesitaremos el conocimiento suficiente para poder crear y construir sistemas que sepan aprovechar la energía que nos brinda el Sol, los átomos o el viento.

Para el año 2050 se calcula que la población mundial habrá crecido de los 7.000 a los 9.000 millones de personas. Este incremento, junto con una mejora de las condiciones de vida, podría conllevar un aumento significativo de las necesidades energéticas y, si queremos que este desarrollo sea sostenible en el tiempo, deberemos suplirlas con energía renovable. En este sentido, la solar se perfila entre las energías con mayor proyección. Sólo necesitamos la tecnología y el conocimiento necesarios para convertirla en una de las principales fuentes en el escenario energético global presente y futuro.

Desde los albores de la humanidad el ser humano ha sabido aprovechar y poner a su servicio los diferentes recursos que la tierra le ofrecía para adaptarse a los cambios y facilitar su existencia. Durante la industrialización y hasta hoy, petróleo y gas han sido las fuentes energéticas por excelencia, y han ayudado a la humanidad a progresar y facilitar su día a día. Sin embargo, la utilización de estas fuentes durante décadas ha provocado una sobreexplotación de los recursos del planeta obligando a buscar, de forma urgente, alternativas más sostenibles de progreso para evitar la dependencia energética, la subida incontrolada de precios, el agotamiento fósil y poner freno a la crisis medioambiental en la que estamos inmersos. El desarrollo insostenible pone a prueba al conocimiento humano para encontrar formas de adaptación a la creciente demanda de energía.

Hace tan sólo unos días, la humanidad se despertó con las imágenes de una impresionante tormenta solar. El sol está ahora más vivo que nunca y ello nos recuerda que la transformación de su radiación en electricidad es una de las mejores alternativas conocidas para suplir las necesidades energéticas actuales.

La tecnología termosolar consigue que la radiación del sol que llega dispersa a la tierra, sea recogida y redireccionada por grandes espejos (helióstatos) que hacen converger los rayos del Sol en un mismo punto, donde un receptor transforma la radiación concentrada en energía térmica y posteriormente en vapor de agua para alimentar una turbina. Esta tecnología, asentada y fiable, es un salto cualitativo en el desarrollo de las energías renovables y una alternativa limpia a los hidrocarburos.

Con la actual tecnología, la energía termosolar (CSP) puede generar hasta 100 veces más electricidad que la demanda actual correspondiente al sur de Europa, Medio Este y Norte de África (MENA) y, gracias a aquellas centrales que cuentan con capacidad de almacenamiento, permite dar energía al sistema incluso en momentos en los que no dispone de radiación solar.

Además, gracias a su carácter limpio y renovable, la tecnología termosolar resulta de gran utilidad para alcanzar el objetivo europeo de lograr en 2050 una economía baja en carbono, la intención de la Comisión Europea de reducir en 2020 las emisiones de gases de efecto invernadero un 20%, o lo que sería aún mejor, lograr un compromiso de reducción del 30% para 2020, lo que contribuiría de forma decisiva a evitar las consecuencias del cambio climático e impulsaría el crecimiento económico.

En menos de una década se han producido enormes avances tecnológicos que han convertido a la energía termosolar en una de las mejores alternativas a los combustibles fósiles. El conocimiento será capaz de asegurar un futuro totalmente renovable y permitirá la adaptación del ser humano a las nuevas necesidades energéticas. Como dijo Charles Darwin, las especies que sobreviven no son las más fuertes sino aquellas capaces de adaptarse mejor a los cambios.

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Seguridad y cambio climático

Hace algo más de 40 años el mar de Aral era una mancha azul en todos los mapas de geografía, el cuarto lago más grande del mundo. Pero hacía falta algodón para servir a toda Rusia, y la mano del hombre, los fertilizantes y la contaminación hicieron el resto. Ahora, esa mancha azul y la vida del que fue un pueblo costero de pescadores son una leyenda para las nuevas generaciones que habitan Muynak, un pueblo ahora rodeado por el desierto, sin apenas recursos.

Detrás de muchas tragedias ecológicas y humanitarias se esconde la mano del hombre y el desarrollo irresponsable. Aunque ahora no falte algodón, la región del mar de Aral es hoy una de las más contaminadas del planeta, los negocios pesqueros han desaparecido y las áreas cultivables escasean. A los problemas directos generados por el cambio climático, hay que añadir ahora los efectos indirectos que conlleva en cuestión de seguridad y estabilidad de poblaciones, países y regiones.

El cambio climático es un multiplicador de amenazas, tensiones e inestabilidades. La progresiva disminución del suelo cultivable, así como la escasez de agua, la falta de alimentos, inundaciones y sequías recrudecen situaciones ya de por sí extremas, alimentan algunos conflictos y son la mecha de muchos otros. Ya en 2007 Naciones Unidas estimó que de todos sus llamamientos de urgencia de ayuda humanitaria sólo uno de ellos no tenía relación con el cambio climático.

Las zonas costeras albergan a una quinta parte de la población mundial. La elevación del nivel del mar o el incremento de las catástrofes naturales plantean, por otro lado, una amenaza social y económica en estas regiones. Las costas orientales de China y la India, el Caribe y Centroamérica quedarían particularmente afectadas. Un incremento de catástrofes y crisis humanitarias provocaría una fuerte presión sobre los países donantes y mermaría la capacidad de respuesta a operaciones de emergencia.

El retroceso de las costas y la sumersión de grandes zonas pueden dar lugar a cambios importantes en el mapa geopolítico mundial. Naciones Unidas predice que en 2020 se habrán producido millones de migraciones por causas ambientales. Estas migraciones pondrán a prueba a estados debilitados o en fases de descomposición al tratar de aumentar su capacidad y hacer frente a los nuevos desafíos sociales y geográficos. La incapacidad de los estados para atender las nuevas necesidades de su población puede ser causa de tensiones entre etnias, grupos religiosos y dar lugar a procesos de radicalización política.

Dejar la situación tal y como está con lo que respecta al cambio climático puede costar a la economía mundial hasta el 20 % del PIB mundial al año, mientras que actuar para mitigar sus efectos puede conllevar tan sólo el 1 %. Además, al margen de conceptos económicos y consecuentemente con el concepto de seguridad humana, es evidente que muchos de los problemas relativos a la incidencia del cambio climático tienen consecuencias globales y requieren de acciones internacionales.

En cuestiones de política internacional estamos tan interconectados y somos tan interdependientes que, como dijera el meteorólogo Edward Lorenz, el aleteo de una mariposa en un punto del globo puede tener consecuencias inimaginables en el punto opuesto el Planeta. Por poner un ejemplo, la consecución de muchos de los objetivos de Naciones Unidas a favor del desarrollo quedarían en una posición de riesgo considerable puesto que el cambio climático, si no se mitiga, podría convertir en inútiles los años de esfuerzo en la lucha por el progreso.

El impacto del cambio climático ya no es un asunto del mañana. Los modelos climáticos están sufriendo transformaciones y los cambios de temperatura se perciben por todo el globo. El primer paso debe ser aumentar nuestros conocimientos y evaluar las capacidades que tenemos para hacer frente a sus consecuencias. La inversión en atenuación para evitar o mitigar estas situaciones y la búsqueda de formas de adaptación a lo inevitable deberían ir de la mano en una política a nivel nacional, regional o global de seguridad preventiva. El cambio climático es ya un elemento clave en las relaciones internacionales y lo será, cada vez más en los próximos años, incluida su dimensión de seguridad. Reconocer esta realidad es fundamental para confeccionar presentes y futuros mapas de relaciones políticas bajo un mismo hilo conductor y la defensa de un futuro común.

Cuenta la leyenda que el mar de Aral se ha secado tres veces, y tres veces ha vuelto a aparecer. Actuar a favor del desarrollo sostenible buscando formas de progreso limpias y respetuosas con el entorno es la única alternativa para mitigar los riesgos globales del cambio climático y abogar por la seguridad climática. Solo así, podremos conseguir que algún día Muynak vuelva a ver romper las olas del Aral.

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Energías Renovables, empleo y desarrollo

El déficit de tarifa español es la diferencia entre lo que los consumidores pagamos por la electricidad y lo que en realidad le cuesta a las eléctricas producirla. Este déficit se produce porque el precio fijado por el gobierno es inferior al que él mismo reconoce que cuesta producir la energía. Así, para evitar la subida de los precios de la luz, el sistema lleva años (desde la Ley 54/1997) vendiendo la electricidad a un precio inferior al de su coste y la acumulación de deuda se ha convertido en un problema económico que urge revisar y ajustar.

El comienzo del déficit se remonta al año 2000, y tiene su origen estructural en una regulación inadecuada de 1997. A principios del siglo XXI las energías renovables representaban sólo un 5 % de la generación eléctrica por lo que culparlas del monto total del déficit es, simplemente, un error. Sólo hay que comparar la deuda de 24.000 millones de euros actual con los 605 millones de euros recibidos por la tecnología termosolar hasta 2011, para descubrir que las energías renovables, en particular la termosolar, tienen poca influencia en el déficit y mucho que ver en el impulso de un sector con grandes expectativas de futuro.

La implantación y potenciación de las energías renovables conlleva importantes beneficios medioambientales y económicos. Atraen inversión privada y capital extranjero, crean empleo, 150.000 puestos de trabajo en 2010 y el doble en 2020, reducen dependencia energética y gastos de importación de combustibles fósiles y evitan la emisión de toneladas de CO2, ahorrando en derechos de emisión 467 millones de euros en 2010.

En la actualidad, España se encuentra a la cabeza de un sector en crecimiento que confía en la innovación y el desarrollo limpio. Dispone de la tecnología y la capacidad para exportarla, y convertirse así en líder indiscutible en un momento delicado para el planeta y el futuro energético. Configurar y defender una política que apueste por energías renovables supone un paso hacia delante por el futuro, el crecimiento económico y la independencia energética del exterior.

Felipe Benjumea, presidente de Abengoa, analiza en profundidad el problema del déficit tarifario, sus orígenes, sus posibles soluciones y expone su defensa de un sector que él mismo lidera en el artículo, “Energías Renovables, empleo y desarrollo”, publicado por el diario ABC y que por su interés reproducimos.

Energías Renovables, empleo y desarrollo

“Atribuir a la energía termosolar el déficit de la tarifa eléctrica es simplemente falso; pretender evitar el déficit futuro matando esta actividad, un grave error”

El modelo energético que actualmente existe en España no podrá mantenerse durante mucho tiempo. Está basado en un 80 %, en energías de origen fósil (gas, carbón y petróleo), prácticamente todas ellas de importación. Esta dependencia exterior, supone un serio lastre para la balanza de pagos, la seguridad de suministro, y por tanto, para la seguridad nacional. Dependemos de un pequeño número de países poco estables, que manejan producciones y precios según intereses muy alejados de los nuestros. Pero siendo estas razones poderosas para propiciar un cambio de modelo, lo es más el hecho de que los combustibles fósiles son la causa de la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero que dan lugar al calentamiento global y el cambio climático. No combatir las causas del incremento de la temperatura del planeta, tendría un grave efecto sobre las especies que lo habitan, y unos costes económicos mucho mayores que las medidas necesarias para mitigarlo.

Por todo ello, la Unión Europea ha emprendido el camino hacia un sistema energético basado en las energías renovables. España se ha comprometido a alcanzar en el año 2020 una cuota del 20 % de renovables respecto al consumo total, lo cual supone duplicar la cuota actual. Asimismo, la Comisión Europea en su “Energy Roadmap 2050″, ha definido un nivel de penetración de energías renovables del 25 % en 2030 y del 55 % en 2050. Estos objetivos, están acompañados de un creciente papel de la electricidad, que deberá proceder en 2050, entre un 65 % y un 97 %, de fuentes renovables. Hemos de duplicar nuestra producción de renovables en la presente década e incrementarla en mayor medida hasta el 2050.

Ante la necesaria evolución hacia un modelo energético renovable, caben dos actitudes. Una, la más frecuente en nuestra historia, esperar a que otros hagan los desarrollos y luego adquirir de ellos la tecnología. La otra, la que históricamente ha convertido en líderes a los países más desarrollados, aprovechar la gran oportunidad que para la economía y el empleo supone participar en primera línea del desarrollo, y exportar a otros tecnología, equipos e instalaciones. En este momento, se dan las condiciones para poder adoptar con éxito la segunda de las opciones. España, por primera vez en su historia, ocupa una posición de liderazgo en un sector industrial y tecnológico de gran y creciente importancia mundial. El sector de renovables da empleo directo en nuestro país a más de 120.000 personas, genera el 1% del PIB, e invierte en I+D el 2,67% de su contribución al PIB, lo que representa más del doble de la media nacional. Este liderazgo español lo es en distinto grado para las diferentes tecnologías. Estamos entre los países más avanzados en el desarrollo de energía eólica, y somos los primeros del mundo en termosolar. El reconocimiento de este liderazgo puede encontrarse en numerosas publicaciones internacionales e incluso en el discursos del presidente de los EE UU.

El liderazgo en tecnología solar termoeléctrica se debe a factores como: una alta irradiación solar, una buena política de I+D, una buena regulación, y unas empresas que invirtieron arriesgándose en ella. La actividad termosolar da empleo a 25.000 personas en España, la inmensa mayoría en las regiones con mayor índice de paro; permitió ahorrar en 2010 la importación de 150.000 toneladas equivalentes de petróleo, cantidad que será diez veces mayor en el año 2015; además de evitar en ese mismo año, la emisión de más de 300.000 toneladas de CO2. Las empresas españolas construyen en este momento más plantas termosolares fuera que dentro de España. Se produce en ellas el círculo virtuoso de mantener en nuestro país las actividades de mayor valor añadido con el consiguiente desarrollo en otros sectores, el pago de los correspondientes impuestos, la generación de empleo, y la exportación de tecnología avanzada.

En las últimas semanas se ha producido un intenso debate en torno al “Déficit Tarifario” del sistema eléctrico. Es decir, la acumulación de una deuda contraída con las grandes generadoras de electricidad, debida la diferencia entre los costes estimados del sistema eléctrico y los ingresos obtenidos de su explotación comercial. El monto del déficit acumulado, (más de 24.000 millones de euros) pone de manifiesto la magnitud del problema y la urgencia de una revisión general de costes e ingresos del sistema eléctrico. Ante esta situación, algunos han acusado interesadamente a las energías renovables, y especialmente a la termosolar, de ser las causantes del problema. Nada más lejos de la realidad. El déficit tarifario se viene produciendo desde el año 2000 cuando las energías renovables representaban el 5% de la generación. Si se comparan los 24.000 millones de euros de déficit con los 605 millones de euros recibidos por la termosolar hasta el año 2011, se comprende que atribuir a ésta el citado déficit es completamente absurdo. Como también lo es, pretender resolver el problema mirando al conjunto de las renovables cuyos ingresos totales representan únicamente el 15 % del total de costes del sistema eléctrico.

El origen del déficit se encuentra en una regulación inadecuada derivada de la Ley del Sector Eléctrico de 1997, que ha permitido una brecha entre los precios del mercado y los costes reconocidos al sistema. Las compañías generadoras de entonces, aceptaron diferir sus ingresos en un contexto de condiciones muy favorables de regulación y financiación del déficit. Desde entonces existen una serie de pagos regulados al régimen ordinario de generación eléctrica, mucho más importante que las primas de las energías renovables, y que son los principales causantes del déficit. Entre ellos destacan los “Costes de Transición a la Competencia” reconocidos a las compañías eléctricas de la época, que los recibieron con un exceso de más de 3.000 millones de euros, y que nunca han sido liquidados por estas. O los grandes beneficios sobrevenidos (windfall profits) que reciben cada año las instalaciones nucleares e hidráulicas a las que se paga la producción a un precio muy superior a sus costes, ya que la inversión en instalaciones fue ya recuperada por las compañías con los mecanismos establecidos en la citada Ley. O los ingresos extraordinarios a estas instalaciones derivados del sistema de pagos por emisiones de CO2.

El conjunto de la generación eléctrica en nuestro país tiene procedencia diversa porque así se ha decidido y comprometido en el seno de la Unión Europea. Cada tecnología debe ser remunerada según sus costes y grado de madurez. El pago de unos precios como los que reciben la nuclear o la hidráulica, muy por encima de sus costes, es una subvención injustificada. La nuclear española, a pesar de la recuperación de la inversión por sus propietarios, aún recibe un 42 % más que la francesa y un 62 % más que se estimó para Alemania antes de suspender el programa nuclear. La hidráulica, extrae su energía de cauces públicos con concesiones que se prorrogan sin contrapartida alguna.

En este contexto, las energías renovables están reduciendo sus costes rápidamente recorriendo una curva de aprendizaje que hará que en pocos años, no sólo generen beneficios indirectos que compensan sus mayores costes, sino que estos sean menores que los de la obtenida de combustibles fósiles que marcan el precio del mercado. Según un informe del pasado noviembre de la Asociación de Academias de Ciencias de Europa, la generación termoeléctrica alcanzará costes menores que la de origen fósil en la próxima década. Este hecho está haciendo que numerosos países promuevan la construcción de plantas de este tipo y que empresas españolas estén llevando a cabo muchos de los proyectos. Para que sigamos aprovechando esta oportunidad de generación de empleo y desarrollo, es imprescindible una regulación que permita la construcción en España de plantas en las que las empresas puedan demostrar los avances en su tecnología. El desarrollo de las tecnologías renovables, es una apuesta de primer nivel por el empleo presente y futuro, por el medioambiente, la balanza de pagos, y por nuestra independencia. Atribuir a la energía termosolar el déficit de la tarifa eléctrica es simplemente falso; pretender evitar el déficit futuro matando esta actividad, un grave error.

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El agua, un recurso escaso

Nadie duda de que el acceso a agua limpia y potable es un derecho de todo ser humano; sin embargo, alrededor de 5.000 niños al año mueren a causa de enfermedades evitables provocadas por la falta de agua y un saneamiento inadecuado.

Desde 1990, 1.700 millones de personas han conseguido el acceso al agua potable libre pero todavía 884 millones de personas alrededor del mundo no tienen acceso a ella. La sequía afecta a algunos de los países más pobres del mundo, recrudece el hambre y la desnutrición. Para 2050, al menos una de cada cuatro personas probablemente viva en un país afectado por escasez crónica y reiterada de agua dulce. El cambio climático, la subida creciente de temperaturas y la falta de precipitaciones recrudecen aún más esta situación.

Los avances tecnológicos no nos permiten, de momento, devolverle al planeta sus estaciones tal y como las conocieron nuestros predecesores, ni hacer que llueva suficientemente en invierno y primavera, pero sí nos permiten adaptarnos y buscar soluciones.

Los océanos ocupan tres cuartas partes de la superficie de nuestro planeta y contienen el 97% del agua de la Tierra. Tan sólo el 3% del agua existente es dulce, lo que la convierte en un recurso esencial escaso en determinadas áreas, bien en cantidad o en calidad. Pero mediante tecnologías como la desalación obtenemos agua apta para el consumo y podemos aumentar y mejorar la accesibilidad a este recurso en las poblaciones cercanas al mar.

La desalación consiste, esencialmente, en la eliminación de las sales disueltas en el agua con el fin de hacerla potable o al menos utilizable en la industria, agricultura, etc. El proceso de la desalación es conocido desde la antigüedad, cuando, a través de rudimentarios evaporadores y utilizando la energía solar, se obtenía (y se sigue obteniendo) agua potable en pequeñas cantidades. El desarrollo tecnológico actual permite la producción a gran escala de agua apta para aplicaciones agrícolas e industriales partiendo del agua del mar u otras aguas salobres.

La escasez de recursos hídricos influye negativamente en la seguridad alimentaria, las opciones de medios de subsistencia y las oportunidades de educación para las familias pobres en todo el mundo. La Asamblea General de Naciones Unidas, reconoce “el derecho al agua potable segura y limpia y el saneamiento como un derecho humano que es esencial para el pleno disfrute de la vida y todos los derechos humanos”. Para la construcción de una economía y un progreso sostenibles es necesario invertir en infraestructuras que permitan mejorar el acceso a agua potable, paliar los efectos negativos del cambio climático y lograr la seguridad hídrica. La concienciación global sobre la importancia del agua para la salud, el bienestar social y el desarrollo económico es clave para instaurar políticas que promuevan la construcción de infraestructuras, como plantas desaladoras, que mitiguen y solucionen los problemas de abastecimiento.

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La industria del etanol, un escudo frente a la crisis.

Desde el estallido de la crisis económica global a finales de 2007, la sociedad estadounidense y mundial han visto cómo personas y familias se desestructuraban a causa de la quiebra de las empresas donde trabajaban o la desaparición de los pequeños negocios que tenían. Desde entonces, buscar salidas, abrir puertas a nuevos proyectos y generar trabajo han sido prioridad y han puesto a prueba a los diferentes gobiernos para lograr escapar de la asfixia de la crisis.

Dentro de este contexto, el bioetanol ha supuesto un halo de luz, sobre todo en aquellas comunidades rurales donde escasean la industria y las ofertas de trabajo. En 2010, la industria del etanol en Estados Unidos produjo más de trece mil millones de galones, lo que generó alrededor de cuatrocientos mil puestos de trabajo. De estos, algo más de 70.000 fueron empleos directamente involucrados en la producción del etanol, y el resto, puestos indirectos creados para apoyar la producción. Según el informe “Trabajando por el clima”, las energías renovables podrían dar empleo a casi siete millones de personas en 2030 y crearían tres nuevos empleos verdes por cada empleo actual vinculado a las fósiles.

Además de la creación de puestos de trabajo, la producción de biocombustibles contribuye a fortalecer la economía del país aumentando la independencia energética del exterior. Las importaciones de hidrocarburos importados se concentran en países inestables en cuanto a sus suministros y a sus políticas, y las perspectivas para el futuro sugieren que estos escenarios se complicarán provocando consecuencias económicas poco favorables.

No debemos olvidar los efectos negativos que puede tener para la economía de un país la escalada de precio del crudo. La crisis del petróleo de 1973 enseñó a los estadounidenses cómo la inversión en nuevas fuentes sostenibles de energía y de generación propia podía contribuir de forma muy positiva al crecimiento económico del país. Según un artículo de Gal Luft, director del Instituto para el Análisis de la Seguridad Global, en el verano de 2008, cuando los precios del crudo en EEUU estaban por los aires, fue el etanol el que consiguió mantener el coste del barril un 15% por debajo del precio que podría haber llegado a alcanzar, aliviando así los bolsillos de muchos estadounidenses que sufrían los primeros síntomas de la crisis. Ya en 2010, la industria del etanol en EEUU logró reducir las importaciones de crudo provenientes de Arabia Saudí, lo que conllevó un ahorro de 34.000 millones de dólares.

Como dijera en enero de 2011 el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, en el discurso sobre el Estado de la Unión, “con más investigación e incentivos podemos acabar con nuestra dependencia del petróleo apoyándonos en los biocombustibles (…). Debemos apostar por la innovación e invertir en la energía del futuro en lugar de seguir apoyando la del pasado”.

El establecimiento de políticas acertadas que fomenten la producción y consumo de biocombustibles supone un paso hacia delante en el logro de un futuro económicamente más estable y energéticamente sostenible y limpio. Con el apoyo de políticas firmemente comprometidas, la industria del etanol, puede constituir uno de los grandes yacimientos de empleo para paliar o evitar futuras crisis energéticas y económicas.

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La energía del futuro

Desde hace miles de años, el ser humano aprovecha la energía solar (la luz y el calor provenientes del Sol) utilizando diversas tecnologías que, con el paso del tiempo, han ido evolucionando y mejorando. No cabe duda de que la radiación solar es el motor de nuestro planeta, pero además representa la mayor parte de su energía renovable. De hecho, todas las fuentes conocidas de energía, renovables y no renovables, son producidas directa o indirectamente por la radiación que el Sol proyecta sobre la Tierra. Por ejemplo, se estima que entre el 1 y el 2 por ciento de la energía solar se convierte en viento. Si a ello se une el hecho de ser la que mayor rendimiento energético proporciona por superficie de tierra utilizada, parece evidente que la energía del Sol es la que mejor encaja en el difícil puzle del desarrollo sostenible.

El cambio climático, el agotamiento de los combustibles fósiles y la creciente demanda de energía hacen necesario basar el futuro modelo energético en una adecuada combinación de recursos renovables autóctonos con un mercado flexible que permita el comercio de energía entre países para satisfacer las necesidades globales; sin perder de vista que, para ser sostenible, el modelo debe proporcionar tanto seguridad energética como una reducción de los impactos ambientales derivados de la producción, la transmisión, y la distribución de la energía, especialmente los relacionados con el cambio climático.

En este sentido, no hay que olvidar que el consumo de energía a finales del siglo XXI será 2,5 veces superior al actual, con el consiguiente incremento de las emisiones. Se estima que para lograr una reducción en la emisión de gases de efecto invernadero de alrededor del 20 por ciento (con respecto al supuesto de mantener el patrón actual de generación eléctrica), sería necesario generar entre un 40 y un 50 por ciento de la energía a partir de fuentes renovables, y como no todos los países reciben la misma cantidad de radiación solar durante el año, habrá que buscar el mix energético idóneo para cada zona.

Son varios los estudios publicados que afirman que bastaría cubrir con colectores solares alrededor de un 1 por ciento de los desiertos cálidos del planeta, para satisfacer las necesidades eléctricas del mundo entero. Otras estimaciones señalan que la energía solar disponible en los desiertos es 700 veces superior al consumo de energía primaria en todo el mundo. Por tanto, parece lógico invertir para generar energía en las zonas desérticas. Esto, además, contribuiría al desarrollo social y económico de esas regiones. De hecho, ya existen iniciativas, como Desertec, que buscan proporcionar una oferta sostenible de electricidad y agua potable para Europa, Oriente Medio y el Norte de África en 2050 a partir de la energía solar captada en los desiertos. De acuerdo con el estudio TRANS-CSP, del Centro Aeroespacial Alemán, los principales expertos del sector aseguran que importar energía eléctrica de origen solar en 2020 costará alrededor de 0,05 €/KWh, lo mismo que supone hoy producir electricidad a partir de carbón o gas.

Difícilmente podremos disfrutar de todas estas ventajas si los gobiernos no apoyan con decisión el desarrollo de nuevas tecnologías aplicadas a la energía solar. La industria y los inversores privados necesitan tener un marco legal y regulatorio adecuado que permita contar con un mercado específico sobre las renovables, por el que se garanticen las inversiones a realizar.

En este sentido, uno de los esquemas que mejor ha funcionado es el de la tarifa (“feed-in tariff”), que determina, para cada tecnología, un precio fijo para la producción de energía renovable a lo largo de la vida útil de la planta. Con el tiempo, los gobiernos pueden ir reduciendo la tarifa para incentivar la inversión en I+D y motivar con ello la disminución del precio al que las nuevas instalaciones que accedan al mercado venderán la energía.

Así pues, nuestro futuro energético estará garantizado si hacemos hoy los cambios necesarios para asegurar que nuestros nietos puedan gozar de un suministro de energía constante, barato, limpio y renovable.

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Energía sostenible para todos ¿utopía o realidad?

Imaginemos por un minuto que no tuviésemos lavadoras, ni luz, ni móviles, ni ordenadores, ni transporte motorizado, ni un sin fin de comodidades que nos proporciona el acceso a la energía. ¿Cómo sería nuestra vida? Quienes vivimos en los países OCDE pocas veces nos planteamos o sufrimos por la crisis energética y nos olvidamos que la otra parte del planeta, la que no comparte nuestras preocupaciones diarias porque simplemente no tiene las necesidades mínimas cubiertas, no tiene acceso a la energía. Un bien fundamental para el progreso que Naciones Unidas ha querido promover declarando el 2012 el “Año Internacional de las Energías Sostenible para todos”.

La frase “para todos” no es baladí. En los países en desarrollo 3.000 millones de personas dependen de la biomasa tradicional como fuente de calefacción o para cocinar. 1.500 carecen directamente de electricidad y millones de personas simplemente no pueden pagar estos servicios aunque estén disponibles. Y todos ellos son los que más sufren el cambio climático.

Reducir la pobreza y mejorar el nivel de vida de la mayoría de la población mundial es posible si se hace un esfuerzo por conseguir el acceso a servicios energéticos modernos, asequibles y poco contaminantes que permitan un desarrollo sostenible. Es por esto por lo que Naciones          Unidas hace un llamamiento para que las energías renovables ofrezcan alguna oportunidad a los “no tecnológicos”, que por el hecho de no serlo, se les imposibilita el desarrollo económico, el acceso a servicios sanitarios, escolares y oportunidades empresariales.

El filósofo griego Epicteto dijo sabiamente que “el Sol da a cada ser humano, sin tener que pedírselo, la energía que necesita”. En la actualidad sabemos transformarla en electricidad y aprovecharla, gracias, sobre todo, a la energía termosolar. Esta tecnología ha experimentado grandes avances en los últimos años y permite el uso de la energía y su transformación en electricidad en horas de máximo consumo eléctrico, como al atardecer o durante la noche. Además, sus costes de generación, una vez amortizada la planta, son muy bajos. Retrasar su implantación y desarrollo  significa únicamente poner freno al desarrollo y la justicia social.  Urge, y mucho, un cambio energético a nivel mundial para promover el acceso a la energía y asegurarnos un futuro sostenible para evitar que el clima y el planeta dejen de dar bandazos. Es primordial invertir en el acceso a opciones de “tecnología energética menos contaminante, socialmente aceptadas y ecológicamente racionales”.

Para nosotros, la crisis económica se ha convertido en la crisis con mayúsculas y olvidamos que hay otra crisis que nos afecta a todos, incluso a esos que no han hecho nada para merecerla. El acceso a la energía, en particular a la sostenible, posibilitaría a millones de personas la generación de ingresos mediante el uso de bombas solares para la irrigación o electricidad para un pequeño negocio; brindaría energía a centros de salud comunitarios, frigoríficos para almacenar medicamentos y alimentos, reduciría el tiempo y el trabajo pesado de recolectar leña. Posibilitaría, además, la iluminación nocturna para que los más pequeños pudiesen estudiar y ofrecería alternativas menos contaminantes y más eficientes para cocinar y generar calor.

El 2012 ofrece una valiosa oportunidad para que sociedad, instituciones y gobiernos tomen conciencia  sobre la importancia del desarrollo de las energías renovables en el ámbito local, nacional, regional e internacional. El reto, difícil pero factible: duplicar el peso de las energías renovables en el consumo mundial hasta alcanzar el 30% en 2030. De nuestra parte del mundo depende que 1.500 millones de personas conozcan lo que significa vivir con más energía que la de sus propias manos.

 

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¿Qué dirán los libros de historia sobre Durban?

La Cumbre de Durban finalizó pero los problemas siguen ahí. Tras arduas negociaciones lo que queda claro es que nos cuesta trabajar para el futuro, sacrificarnos por otros y responsabilizarnos de los problemas medioambientales generados por nuestras generaciones pasadas más recientes y la nuestra.

Es probable que la Cumbre de Durban (Sudáfrica) pase a la historia más como un éxito de la ONU que como un paso clave en la lucha contra el cambio climático. Mientras unos la han calificado como ¨un hito¨, algunas asociaciones ecologistas o países como China han criticado ´´la falta de voluntad´´ de los países desarrollados. La continuación del Protocolo de Kyoto se ha ido debatiendo desde 1995 en las diferentes cumbres organizadas por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, y una tras otra son resumen claro “del mucho decir y poco hacer”. Aunque con un destino incierto, se amplía el Protocolo de Kioto, pero se caen Canadá, Japón, Rusia y EEUU que no ratificó el Protocolo de 1997. Sin sorpresas. Quedan fuera, por tanto, los países más contaminantes, ya que la Unión Europea y los estados que se han adherido a la ampliación del Protocolo solo son responsables del 15 % de las emisiones de gases contaminantes. Se establece, en cambio, fijar una hoja de ruta, propuesta por la UE, para reducir sus emisiones que finalice en 2015 con un acuerdo con fuerza legal.  Es decir, se establece decidir a futuro.

¿Qué dirán los libros de historia sobre Durban?

Sin embargo, por lo que sí pasará a la historia Durban será por convertirse en la ciudad del nacimiento del Fondo Verde para el Clima. Asunto que preocupaba, y mucho, a los países en desarrollo. Este fondo estará destinado a ayudar a los países en desarrollo a hacer frente a los desastres naturales causados por al cambio climático.

En cuanto a la protección de los bosques, sin avances. Por tanto, cobra fuerza la idea de que la financiación para la protección de las selvas venga de centrales eléctricas e industriales que no tendrían que reducir de forma drástica sus emisiones debido a la absorción de dióxido de carbono.

Siguen perdiendo los que siempre pierden y se cruzan de brazos los de siempre. Pero este partido lo perdemos todos. Las emisiones de CO2 conllevan consecuencias globales e irreversibles y no entienden de culpables o inocentes. Las sufrimos todos.

Hay razones sobradas para saber que la Tierra no puede esperar más, y se hace necesario un acuerdo con fuerza legal que obligue a todos a conservar el mundo que nos dejaron nuestros predecesores. Reducir las emisiones generando energía de forma menos contaminante, promover un uso responsable de ésta, utilizar los propios recursos energéticos que nos proporciona el planeta y concienciarnos de que es necesario un cambio inmediato es el único camino que tenemos para “salvar el mañana hoy”. Voluntad política y concienciación deben ir de la mano a Catar en 2015 o volveremos a ver otro claro ejemplo de cómo mientras debatimos, el planeta sufre. Sobre todo, voluntad política, porque la Ciencia con mayúscula ya ha dicho todo lo que tenía que decir sobre el asunto.

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La lucha contra la Desertificación

Como ya hemos analizado en artículos anteriores, las principales fuentes alternativas de agua son la desalación, la reutilización de aguas residuales y la recuperación de acuíferos contaminados. Estas nuevas fuentes de agua pueden tener la calidad necesaria para muchos usos, desde consumo humano hasta procesos industriales, pasando por la agricultura, contribuyendo así en múltiples maneras al desarrollo de las poblaciones establecidas en estas zonas que sufren desertificación.
En el sector agrario y de desarrollo rural es necesario considerar medidas agroambientales que permitan prevenir y mitigar los procesos de degradación de las tierras, así como incentivos para la forestación de zonas marginales no aptas para uso agrícola.

En el sector forestal, urge la restauración de la cubierta vegetal, la gestión forestal sostenible y la lucha contra los incendios y actuaciones de defensa y protección del monte.

Y, además, una correcta gestión de los recursos hídricos es clave para garantizar la lucha contra la desertificación. El aporte de nuevos recursos hídricos que favorezcan la no sobre explotación de los recursos naturales representa una garantía de éxito para las anteriores medidas. Además, la puesta en marcha de las medidas necesarias para la recuperación de acuíferos que se encuentren sobreexplotados o contaminados y la creación de nuevos recursos, contribuirá a la lucha contra la desertificación, favoreciendo la recuperación de los recursos naturales presentes y ayudando al mantenimiento de poblaciones y explotaciones de terrenos de cultivo.

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