Posibles medidas para lograr una mayor eficiencia energética

En un contexto en el que más del 80 % de la energía consumida en España proviene de las fósiles, y que el 77 % se tiene que importar desde terceros países, muchos de ellos, como hemos mencionado, política y socialmente inestables, es imprescindible promover medidas orientadas a reducir el consumo de energía junto con las ya mencionadas que fomenten la producción autóctona y diversificada de energías limpias.

De los grupos de medidas posibles para lograr una mayor eficiencia e independencia energéticas, quizás la apuesta por la innovación sea la más segura a largo plazo, en particular en las siguientes áreas:

  • Microelectrónica y electrónica de potencia, que permitirá elaborar equipos más eficientes. Por ejemplo, el desarrollo de nueva luminaria de bajo consumo, menor impacto ambiental, mayor intensidad lumínica y de mayor vida útil, que podrían llegar a conseguir un ahorro energético del 90 por ciento.
  • Equipos para el almacenamiento energético. En el sistema eléctrico, amortiguarían los picos de consumo al ceder la energía almacenada en los momentos de máximo consumo, lo que produciría un ahorro de combustible en el punto de generación. En el ámbito del transporte, permitirían recuperar gran parte de la energía de frenado de los vehículos, para almacenarla y cederla posteriormente en situaciones de arranque o demanda punta de potencia.
  • Nuevas técnicas para climatización (centralizada o individual), que reducirían considerablemente la demanda energética. Además, el desarrollo de edificios autosuficientes permitiría reducir la energía demandada a la red con el consiguiente ahorro de energía por pérdidas en la distribución, transporte y generación.
  • Nuevos materiales con aplicaciones en edificación (materiales semitransparentes electrocrómicos, que permitirán controlar de manera directa la radiación que penetra en los edificios), transporte (ligeros y resistentes que permitan un menor peso de los vehículos), o consumo (nanomateriales semiconductores como el grafeno que permitirán desarrollar dispositivos electrónicos más pequeños y de menor consumo).
  • Asimismo, nuevas fuentes de energía para los procesos industriales, la producción de electricidad y el transporte. En este ámbito destaca la producción de hidrógeno a partir de fuentes renovables, bien sea reformando biocombustibles, bien mediante la fermentación de materia vegetal, o bien mediante el uso de mecanismos innovadores de hidrólisis del agua que permiten la producción directa bajo demanda.

Oferta y demanda de hidrógenoLa innovación tiene un papel principal en el panorama actual, donde urge reducir el consumo energético, no sólo para la búsqueda de nuevas soluciones tecnológicas, sino también para detectar las limitaciones de las soluciones existentes y para identificar los pasos a seguir en pos de la eficiencia y el ahorro de energía. Innovar en eficiencia energética proporciona tanto beneficios directos, por ahorro de recursos energéticos y limitación de la dependencia exterior, como indirectos, por mejoras medioambientales. Además, la mejora de la eficiencia energética en un escenario de crecimiento económico sostenido contribuye también a la creación de empleo y a la mejora de la competitividaden aquellos sectores para los que la energía constituye un factor fundamental de sus procesos productivos. La innovación, por tanto, debe liderar, junto con una educación ciudadana orientada al consumo responsable, el camino hacia el desarrollo sostenible en materia energética.

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Bienvenido al nuevo blog de Abengoa

El nuevo blog de AbengoaBienvenido al nuevo blog de Abengoa, empresa líder en los sectores de energía y medioambiente, un espacio renovado y mejorado donde podrás obtener de primera mano artículos, datos y la mejor información acerca de las energías renovables y la sostenibilidad de un nuevo modelo energético que utiliza los recursos naturales para obtener sistemas energéticos alternativos más respetuosos con el planeta.

En este nuevo blog encontrarás secciones categorizadas sobre las principales materias de actualidad energética y nuevas herramientas integradas como Twitter y Facebook para que puedas participar y comunicarnos tus ideas en nuestra página y con tus contactos.

Esperamos que este nuevo espacio se convierta en un lugar de diálogo e intercambio de conocimiento para todos aquellos que creen en alternativas al consumo energético actual.

Únete a nosotros en la búsqueda de un mundo más sostenible.

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Eficiencia energética: ¿frenazo al derroche?

Ahorro energéticoLa energía es el pilar fundamental para el funcionamiento, desarrollo, crecimiento y bienestar de las sociedades industrializadas. A medida que éstas progresan, su gasto de recursos energéticos y materiales aumenta. Por ejemplo, en España, el consumo de energía primaria aumentó un 95 % entre 1980 y 2002 debido al desarrollo del país, que vio cómo crecía el parque de vehículos en el sector transportes, el número de equipos de consumo, los sistemas de climatización en la edificación residencial y terciaria, o el alumbrado público.

El Gobierno español ha propuesto una serie de medidas (pdf) para mejorar la eficiencia energética en tres grandes ámbitos: transporte y movilidad, edificación, e iluminación y consumo eléctrico. Se prevé que las disposiciones aprobadas supongan un ahorro estimado de 28,6 millones de barriles de petróleo y de 2.300 millones de euros anuales menos en importaciones energéticas, reduciendo así las emisiones anuales de CO2 en 12,5 millones de toneladas.

En un contexto en el que más del 80% de la energía consumida en España proviene de las fósiles (pdf), y en el que el 77% se tiene que importar desde terceros países (pdf), muchos de ellos política y socialmente inestables, es imprescindible impulsar la seguridad e independencia energéticas del país asegurando un bajo impacto medioambiental. Por ello, se deben promover medidas orientadas a reducir el consumo de energía junto con otras que fomenten la producción autóctona y diversificada de energías limpias, como la termosolar o el bioetanol. Es la única forma de garantizar el sueño del progreso sostenido de la humanidad.

¿Son necesarias estas medidas?

 

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Conclusiones de la Cumbre de Cancún

Tras el cierre de la XVI sesión de la Conferencia de las Partes (COP 16) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), celebrada el mes pasado en Cancún, se ha restablecido la confianza internacional en la capacidad de Naciones Unidas para lograr un acuerdo vinculante de reducción de emisiones, en el próximo encuentro anual en Durban, Sudáfrica, que llegará en los últimos días de vida del actual Protocolo de Kyoto. Y el consenso alcanzado ha permitido incorporar al marco de la CMNUCC el Acuerdo de Copenhague, incluyendo el límite de 2ºC de media en el aumento de las temperaturas, aconsejado por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC). Además, se han logrado significativos avances que harán posible progresar en la lucha global contra el cambio climático.

Imagen de una hoja seca sobre un trozo de madera

Aunque en Cancún no se haya logrado la consecución de un acuerdo vinculante con objetivos de reducción para todos los países, que es el objetivo final buscado, sí se ha desarrollado un marco que permitirá avanzar con mayor eficacia y celeridad en cuestiones clave para evitar el cambio climático. En concreto, dentro del paquete de medidas aprobado en México están la creación de un fondo verde para el clima que permita ayudar a quienes más lo necesiten a desarrollar medidas de lucha contra el cambio climático, el impulso a los proyectos de adaptación, el compromiso de lucha contra la deforestación, un nuevo mecanismo para la transferencia tecnológica en materia relativa a la reducción de emisiones entre los países, y la continuación del comercio y financiación del carbono conforme a lo estipulado por el Protocolo de Kyoto. Este marco facilitará la negociación y probabilidad de éxito para llegar a un acuerdo el próximo año en Durban.

Las potencias emergentes han reafirmado sus compromisos de reducción de gases de efecto invernadero. En el caso de China, que está preparando su próximo plan quinquenal con signos de tener como prioridad una economía baja en carbono, mantiene su afirmación de que los países desarrollados deben ser los primeros en actuar. Brasil, por su parte, está en condiciones de capitalizar su positiva situación económica apostando por explotar las oportunidades del desarrollo limpio. Durante la celebración de la COP, el país sudamericano aprobó un decreto en el que se especifican los mecanismos para lograr reducciones de CO2 de hasta el 39%. El liderazgo de las potencias emergentes en materia de cambio climático es de vital importancia dado el tamaño de sus economías, y bien gestionado, permitirá impulsar el crecimiento económico y la creación de empleo.

El papel del sector privado es crítico, no sólo como financiador o tecnólogo, sino como implantador real de las políticas de adaptación y mitigación. Por tanto, para evitar el inminente deterioro del medioambiente y, sobre todo, sus consecuencias sociales, es clave alcanzar una colaboración efectiva entre gobiernos y empresas para gestionar adecuadamente las acciones propuestas en Cancún.

La cena de bienvenida de los asistentes a la COP se celebró en una playa cercana a un nido de tortugas recién nacidas. Como señal de esperanza, cada representante de país tomó una cría y la lanzó a su nueva vida en el mar. Los resultados de Cancún son esperanzadores y un hito importante para allanar el camino a Durban. Pero, como las tortugas lanzadas al mar, los gobernantes tendrán que sacar la cabeza de su caparazón protector para lograr que la cumbre del próximo año sea el éxito que el planeta necesita.

 

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Luces navideñas

El pasado 9 de diciembre, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, encendía el Árbol Nacional de Navidad en una ceremonia en la capital del país a la que asistieron miles de personas. Desde 1923, año en el que los colegios públicos de la capital escribieran a la Casa Blanca solicitando que colocara un árbol de Navidad, la tradición de plantar e iluminar el árbol se ha mantenido con un espíritu de unidad que refleja que sus luces iluminan a las personas más allá de las fronteras de la ciudad y la nación.

La Navidad es un momento para celebrar, para cantar villancicos y para compartir regalos, pero su significado es mucho más profundo. La luz navideña simboliza la esperanza de un mundo mejor: un mundo en el que la riqueza de unos no puede construirse sobre la carencia de otros; en el que la generosidad y la prudencia tienen que triunfar sobre el egoísmo y la temeridad, en definitiva, un mundo del que puedan disfrutar nuestros nietos igual que lo estamos haciendo nosotros. Ésta es, precisamente, la definición que la Comisión Brundtland dio, en los años ochenta, del concepto de desarrollo sostenible: “desarrollo que satisfaga las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”.

Foto de un árbol de navidad iluminado

Se estima que en un país de tamaño mediano, como España, los ayuntamientos gastan en alumbrado navideño unos 30 millones de kilovatios por hora, una cifra equivalente a la electricidad que consume un barrio de unas 50.000 viviendas al año. Además, este gasto supone una emisión de gases de efecto invernadero de unas 10.000 toneladas, todo un regalo navideño para el cambio climático. Y el gasto energético, así como el asociado impacto ambiental, de los comercios que optan por mantener sus puertas abiertas en invierno es el doble que si las cerraran.

Hay muchas medidas posibles que pueden hacer que la Navidad no deje de ser una época del año sostenible: reducir el consumo energético en el hogar, utilizando equipos de bajo consumo y haciendo un uso responsable de los mismos; utilizar el transporte público con preferencia sobre el privado; echar bioetanol a los vehículos en lugar de gasolina, o reducir la producción de residuos innecesarios. Y para las emisiones restantes, siempre se pueden aprovechar estas fechas para regalar o  adquirir certificados de neutralización.

La mayoría de las luces de la Navidad que iluminan nuestro camino requieren energía fósil. El mejor regalo que podemos hacer a las generaciones futuras es sustituir el modelo energético actual por uno basado en energías limpias y renovables que permitan construir un futuro sostenible para todos. Pero mientras sigamos con lo que tenemos, ¿deberíamos moderar nuestro consumo en Navidad?

 

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Cancún, las personas y el cambio climático

El cambio climático es una realidad incuestionable. El aumento de 0,8ºC en la temperatura media global durante los últimos cien años, podría causar la muerte de unas 300.000 personas al año, y el sufrimiento de millones más. El silencio atronador de esta crisis es, quizás, el mayor impedimento para lograr un acuerdo internacional unánime.

Aunque algunas comunidades ya padecen sus consecuencias, la conciencia general sobre el cambio climático es todavía escasa, particularmente entre los países en vías de desarrollo. En las naciones industrializadas, motivado quizás por las imágenes de glaciares derretidos o las de osos polares flotando sobre un témpano bajo el sol, el cambio climático aún se considera una amenaza distante y futura, de índole exclusivamente medioambiental. Pero la realidad es que países como Australia sufren el mayor período de sequía de su historia, con consecuencias sociales reales: malas cosechas, desempleo, incendios, y mayores riesgos para la vida humana.

El cambio climático es un problema social que incidirá especialmente en el tercer mundo. Una cruda realidad que contrasta con el hecho de que los 50 países menos desarrollados del mundo contribuyen al 1 por ciento de las emisiones globales de CO2. Si el resto de los países contaminara tan poco, el cambio climático ni siquiera existiría.

Los expertos afirman que si la temperatura media del planeta supera los 2ºC, el efecto sobre las personas podría ser catastrófico. Para evitarlo, las emisiones globales deben descender hasta su práctica desaparición antes de 2050. Ello conlleva la necesidad de firmar un acuerdo mundial que nos permita alcanzar estos objetivos.

Tierra

La XVI sesión de la Conferencia de las Partes (COP 16) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se está celebrando en la ciudad mexicana de Cancún, es la oportunidad para impulsar una alianza global que evite las graves consecuencias del cambio climático.

El párrafo 2 del Acuerdo de Copenhague especifica que el objetivo es “mantener el aumento de temperatura global por debajo de los 2ºC” y, para conseguirlo, es necesario que los países industrializados reduzcan en un 40 por ciento sus emisiones para 2020, y que los países en desarrollo se desvíen entre un 15 por ciento y un 30 por ciento de su ritmo de crecimiento de emisiones previsto para la misma fecha.

La Comisión Europea ha analizado las repercusiones de asumir un compromiso de reducción de emisiones superior al 20 por ciento, concluyendo que el aumento del objetivo europeo de reducción podría llevarse a cabo asumiendo costes moderados y conllevaría significativos beneficios en creación de empleo e innovación.

El objetivo actual del 20 por ciento de reducción de emisiones en la UE se ha vuelto insuficiente en el contexto de la actual coyuntura económica. La recesión, unida a la transformación de la industria en los países del centro y este de Europa, ha provocado una caída de las emisiones de casi el 14 por ciento respecto a los niveles de 1990. Por ello, Europa debe comprometerse a una reducción superior al 30 por ciento para 2020.

Por su parte, Estados Unidos debe hacer suya la lucha internacional contra el cambio climático de forma equivalente al resto de países industrializados. Y las potencias emergentes, como China, India o Brasil, deben asumir compromisos mucho más ambiciosos que los de los países en desarrollo y aceptar que, gradualmente, se asimilarán a los de los países industrializados. Todo ello no sólo contribuirá de manera decisiva a evitar las consecuencias del cambio climático, sino que, además, impulsará el crecimiento económico en los países y fomentará la creación de empleo.

En definitiva, es crucial que en la reunión de Cancún se logre un acuerdo adicional de todos los países para alcanzar una reducción efectiva de las emisiones globales de carbono. Para evitar el inminente deterioro del medioambiente y, sobre todo, sus consecuencias sociales, necesitamos el compromiso  de gobiernos y empresas, impulsar un nuevo paradigma basado en el uso de energías renovables, el consumo responsable, la producción limpia y el principio básico de que los precios de los bienes y servicios incluyan también su coste medioambiental.

 

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¿Será Brasil el Golfo Pérsico del futuro?

En los últimos años, la preocupación por el medioambiente y por el calentamiento del planeta causado por el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero han despertado el interés de todos los sectores de la sociedad por las energías renovables.

Mientras que en Europa y en Estados Unidos nos encontramos en una situación deficitaria en términos energéticos, es decir, son regiones que importan más energía de la que producen, existe un país, Brasil, que no sólo es autosuficiente en términos energéticos sino que, además, el 45,1 por ciento de toda su energía consumida procede de fuentes renovables.
Gráfica 1

Este dato debería hacernos reflexionar sobre cómo es posible que un país en vías de desarrollo esté a la vanguardia de la producción de energías renovables, mostrando mayor respeto por el medioambiente y mayor grado de diversificación energética que los países más avanzados del mundo.

Por otro lado, analizando el caso de los biocombustibles, podemos comprobar que, hasta ahora, Brasil ha sido capaz de satisfacer la creciente demanda de etanol proveniente de Europa y de Estados Unidos, a pesar de un creciente consumo interno consecuencia del aumento de flotas de coches flexibles (coches que pueden usar cualquier porcentaje de etanol como combustible). Por tanto, la pregunta que surge de manera natural es si el país latinoamericano será capaz de proporcionar suficiente etanol al resto del mundo en los próximos años. Es decir, si Brasil se convertirá en el nuevo golfo pérsico de las energías renovables.

campo

Desde el punto de vista agrícola, Brasil dispone de casi 105 millones de hectáreas para cultivos, lo cual hace que no haya necesidad de usar las tierras que componen la selva amazónica ni otras áreas protegidas. De esta superficie, sólo con cinco millones de hectáreas con cultivo de dendé (planta oleaginosa) se podría abastecer las necesidades de combustible diesel de Brasil. Además, si se sembraran 50 millones de hectáreas con caña de azúcar podrían producirse más de 450 millones de metros cúbicos de etanol, lo que supone poder prácticamente sustituir el consumo de gasolina de un país como Estados Unidos, cuya demanda es de unos 570 millones de metros cúbicos. En definitiva, el uso de la tierra para fines energéticos es compatible con el respeto a la biodiversidad y a la riqueza forestal.

mapa

Áreas de cultivo de la caña de azúcar (Fermentec, 2006)

Pero los biocombustibles no son la única energía renovable brasileña. La energía eléctrica es producida en un 75 por ciento a partir de centrales hidroeléctricas. Aunque este porcentaje parezca elevado, de hecho el potencial es muy superior, ya que existe un gran número de recursos hídricos disponibles que no se están aprovechando, como puede verse en la tabla adjunta.

Por tanto, dado el decidido impulso político y las excepcionales condiciones de clima y recursos naturales que tiene, Brasil puede convertirse en la fuente de combustibles renovables que el mundo necesita, un moderno Golfo Pérsico sostenible.

 

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La deforestación: el punto débil de los árboles

Los bosques constituyen uno de los ecosistemas más valiosos de la tierra, por su gran biodiversidad. Sin embargo, su vulnerabilidad a la acción del hombre ha provocado ya su desaparición en diversas zonas del planeta; es lo que conocemos como deforestación.

De esta devastación se han salvado, por el momento, el bosque tropical amazónico, la jungla del sudeste asiático, las selvas tropicales de África central, los bosques templados de Sudamérica, los bosques primarios de Norteamérica, los últimos bosques primarios europeos y los bosques de la taiga siberiana, considerados los siete grandes bosques naturales del planeta, que no se han visto afectados por la actividad industrial.

Fuego

Pero el peligro permanece ahí, al acecho: en los años 80, el índice de deforestación mundial alcanzó los 15 millones de hectáreas al año, una cifra que hoy ya ronda los 17 millones de hectáreas. Los expertos calculan que cada minuto se destruye, en algún lugar del planeta, una extensión de bosque húmedo similar a la de seis campos de fútbol, pese a ser los bosques tropicales de montaña y los bosques secos, los que suman un índice mayor de deforestación. Por eso, no es de extrañar que el 80 por ciento estén alterados o hayan sido destruidos, y que el 20 por ciento restante persista bajo esta amenaza. Hoy la superficie boscosa en la Tierra es de cuatro billones de hectáreas, es decir, el 30,3 por ciento del total de la superficie terrestre.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales citan, entre las principales causas directas, la transformación de las tierras forestales en agrícolas, las actividades ganaderas, el cambio de cultivos, la expansión de las áreas urbanas e industriales, la tala inapropiada e indiscriminada, la minería, la explotación del petróleo, la construcción de presas, las plantaciones industriales y los incendios.

Estas instituciones han alertado de que son, en realidad, las llamadas causas subyacentes (o indirectas) las que determinan las directas: políticas gubernamentales sobre los derechos de tenencia de la tierra y las desigualdades sociales, y otros factores políticos como la falta de democracia participativa, y de modelos de producción y de consumo; la construcción de carreteras, los conflictos militares. Una larga lista a la que añaden la legislación comercial discriminatoria, las inversiones poco reguladas, los programas de ajuste estructural, la deuda, las distorsiones del mercado, entre otras.

Y, como no podía ser de otro modo, todo esto influye y acelera el cambio climático. Los bosques juegan un papel fundamental en la regulación del clima; pero, además, actúan como sumideros de carbono, impidiendo así el aumento del dióxido de carbono en la atmósfera y, por tanto, el calentamiento global de la Tierra. Un sumidero es un ecosistema capaz de absorber más CO2 del que emite, actuando como una trampa de carbono. Por ejemplo, el mar y, en determinadas ocasiones, la vegetación terrestre son sumideros naturales de carbono. En este sentido, un reciente estudio publicado en la revista científica Nature, ha puesto de manifiesto que los bosques primarios constituyen importantes sumideros de carbono para el planeta.

El equipo de científicos de Bélgica, Francia, Alemania, Reino Unido, Suiza y Estados Unidos han analizado los datos de 519 bosques primarios, concluyendo que, al contrario de tener un balance neutro de carbono, la mayoría de los bosques de entre 15 y 800 años de antigüedad son excelentes sumideros de carbono, ya que absorben más del que emiten. Además, en el caso de los bosques primarios que representan el 15 por ciento de la superficie boscosa total del mundo, los expertos han calculado que sólo estos bosques antiguos absorben al año alrededor de 1,3 gigatoneladas de carbono, una cantidad equivale al 10 por ciento del CO2 neto absorbido en todo el mundo.

Frecuentemente, se señala la combustión del petróleo y el gas como la principal causa del calentamiento global. Como ya he analizado en artículos anteriores, esta afirmación está de sobra contrastada y argumentada con sólidos razonamientos científicos. Pero no hay que perder de vista el hecho de que la tala de árboles también influye en el efecto invernadero. Los árboles están compuestos en un 50 por ciento de carbono, de manera que su tala provoca el regreso a la atmósfera de parte de este elemento químico. Los expertos calculan que sólo la deforestación provoca el 25 por ciento de los gases de efecto invernadero, es decir, más de 1.600 millones de toneladas al año. La Convención sobre el Cambio Climático (UNFCCC) ha alertado de que cada año se acumulan en la atmósfera 4.000 millones de toneladas adicionales de carbono, de las que aproximadamente un 30 por ciento provienen de la quema acelerada de los bosques tropicales.

gráfico

(Fuente: Evaluación de los recursos forestales mundiales 2005; FAO)

Esta situación ha llevado a la comunidad internacional, en el marco del Foro Intergubernamental sobre los Bosques de la Comisión sobre el Desarrollo Sostenible, a reconocer la acuciante necesidad de identificar las causas subyacentes de la deforestación, para buscar soluciones comunes y salvar los bosques del planeta que aún permanecen en pie. Entre las medidas propuestas, destaca el denominado “equilibrio dinámico”, que persigue desarrollar el principio de sostenibilidad, tratando de conciliar el desarrollo y crecimiento económico y social, con las actividades productivas y domésticas, de manera que se asegure el bienestar de las generaciones presentes y futuras. Por eso, resulta fundamental recuperar todas las tierras que presentan graves problemas de deterioro, mediante su conservación, protección, mitigación, compensación, uso racional y aprovechamiento sostenible, y actualizar los procesos que ayuden a detener ese deterioro.

Ya que el desarrollo y la conservación de los bosques son de vital importancia para nuestro bienestar, debemos trabajar en la definición de programas que favorezcan la recuperación y conservación de la tierra, tan importante para el desarrollo económico, social y medioambiental. Y no me refiero a una obligación exclusiva de los estados; está claro que es responsabilidad de toda la sociedad velar por el cuidado y la preservación de nuestros bosques y hacer un uso sostenible de las tierras.

 

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Economía y Cambio Climático

El 20 de marzo de 2010, en la región islandesa de Fimmvörðuháls, un atronador rugido quebró el silencio nocturno. Las cataratas congeladas de la ruta de Skógar, popular por su belleza entre los miles de senderistas que la atraviesan durante los meses de verano, se quebraron por la violencia de la explosión. El volcán Eyjafjallajökull, que en islandés quiere decir “montaña-isla glaciar”, había despertado.

La erupción comenzó en una fisura volcánica abierta en el flanco oriental del volcán. El penacho volcánico, de unos 1000 metros de altura, fue empujado por los vientos hacia el oeste, cubriendo el cielo de una fina capa de ceniza. Ello obligó a las autoridades a declarar el estado de emergencia en el sur de Islandia, y forzó la evacuación de los habitantes de la localidad de Fljótshlíð debido al riesgo de inundaciones. Días después, las cenizas del volcán habían cubierto la mayor parte de los cielos europeos.

Foto de volcán en erupción

Fotografía por Christopher Lund de nationalgeographic.com

Las peores consecuencias de la erupción del volcán no fueron ni su impacto medioambiental ni su impacto sobre las comunidades vecinas (muy reducido), sino sus repercusiones económicas. Durante semanas se cancelaron cientos de miles de vuelos debido al cierre de las rutas aéreas entre la práctica totalidad de los países europeos. Esto supuso que restaurantes y hoteles de todo el continente se quedasen sin clientes, al tiempo que las empresas veían cómo sus empleados permanecían en tierra, sin poder cerrar acuerdos ni terminar proyectos pendientes. Se calcula que el efecto del Eyjafjallajökull sobre la economía mundial superó los 5000 millones de dólares durante los dos primeros meses desde que entrara en erupción.

¿Tienen algo en común el huracán Katrina o el terremoto de Haití con la erupción del volcán islandés?

De maneras distintas, las tres catástrofes naturales nos recuerdan cómo los efectos de pequeños sucesos locales pueden magnificarse y extender globalmente sus consecuencias a través de la economía. ¿Qué pasaría si los cambios en los sistemas naturales fueran globales en lugar de locales? Como pone de relieve Richard Fisher, científico de la NASA, fenómenos globales como el previsible incremento de la actividad solar durante los próximos años, con capacidad para poner fuera de juego los actuales sistemas de navegación de barcos y aviones, o la infraestructura eléctrica de los países, pueden llegar a causar decenas de veces más impacto sobre la economía planetaria que el huracán Katrina.

Examinando el problema bajo esta nueva luz, el cambio climático puede no ser únicamente un grave peligro por sus consecuencias sobre el medioambiente; es posible que su impacto sobre el sistema económico mundial tenga, incluso, un efecto aún mayor. Fernando Martínez Salcedo y José Luis Arroyo Barrigüete lo analizan en su artículo “Economía y Cambio Climático”, que, por su interés, reproduzco a continuación.

 

Economía y Cambio Climático

Por Fernando Martínez Salcedo y José L. Arroyo Barrigüete

Desde que la comunidad científica nos alertó de las graves consecuencias del cambio climático de origen antropogénico que estamos sufriendo, mucho se ha escrito sobre su impacto a largo plazo en todas las actividades del ser humano. Sin embargo, de lo que no se ha reflexionado con tanta profundidad, es sobre las consecuencias en el corto y medio plazo, menospreciando incluso, en algunas ocasiones, este tipo de efectos.

La razón para que se haya producido este sesgo en el análisis no es otra que el hecho de que el sistema medioambiental presenta una cierta capacidad de ajuste, que, aun siendo finita, sí tolera y es capaz de absorber perturbaciones moderadas. Por tanto se ha llegado a la errónea conclusión de que, al menos en el corto plazo, estamos relativamente seguros, y que nuestro modo de vida no se va a ver alterado de un modo sustancial. Confiamos en que esta resiliencia del sistema climático nos proteja durante los próximos años. Sin embargo esto es, sin ninguna duda, un importante error de juicio. En la práctica, el medioambiente interactúa con otra serie de sistemas, que, por desgracia, no son igual de flexibles y robustos.

Un buen ejemplo lo encontramos en el sistema económico. Sus complejidades, incrementadas de un modo exponencial con la creciente interconexión de todas las economías mundiales, no presentan la misma resiliencia que el sistema climático;su capacidad para absorber perturbaciones es mucho más limitada. Adicionalmente, la naturaleza tiene más memoria que la comunidad humana, y, en ocasiones, nuestras actividades se realizan en áreas o condiciones ya cuestionadas por ella: somos nosotros mismos los que autoproducimos la crisis, al acentuar los efectos devastadores de un fenómeno natural. La conclusión obvia es que pequeños cambios medioambientales, que el sistema climático puede absorber de una manera más o menos eficaz, pueden trasladarse al sistema económico de un modo mucho más virulento, desestabilizando de forma importante incluso grandes economías. Es decir, una incidencia puntual y localizada en el sistema físico puede generar una incidencia mucho mayor en el sistema económico, transformando tensiones locales en tensiones económicas globales. No se trata de especulación ociosa, ya que recientes acontecimientos avalan esta reflexión.

Foto de avión sobrevolando el cráter de un volcán en erupción

Fotografía por Christopher Lund de nationalgeographic.com

Por dar algunos ejemplos, hace apenas unos meses, a principios de 2010, una ola de frío provocó graves daños en las plantaciones de naranjas de Florida, que rápidamente se trasladó a los mercados financieros, en donde se incrementó de forma sustancial el precio del zumo de naranja congelado. El tristemente famoso terremoto de Haití no sólo provocó importantes daños en aquella región, sino que sus consecuencias se hicieron notar a nivel global, ya que muchos países se comprometieron a ayudar con aportaciones económicas, que necesariamente detraen recursos de otras geografías y actividades. Y la reciente crisis del tráfico aéreo europeo provocada por la erupción de un volcán en Islandia es otro ejemplo en este sentido: una incidencia puntual provoca una crisis global acentuada por la rigidez de nuestros comportamientos y porque los sistemas económicos no integran en su análisis este tipo de situaciones y carecen de capacidad de respuesta flexible a las mismas. En línea con lo anterior, en 2009 la escasez de lluvias en India, que fueron entre un 15 y un 20% menores que la media de los últimos 50 años, provocó importantes daños en las cosechas de arroz, azúcar y oleaginosas, con los consiguientes efectos en el precio de estos productos. En 2005, el huracán Katrina no sólo tuvo devastadoras consecuencias entre la población de Nueva Orleans: la producción de combustible en la zona del Golfo de México, uno de los principales puntos de producción de EE. UU., se vio seriamente comprometida, lo que generó una crisis de gasolina en todo el país.

Como queda patente en los ejemplos anteriores, el sistema físico es capaz de reequilibrarse con cierta rapidez tras un evento más o menos intenso que altere las condiciones habituales, pero los daños que esto puede ocasionar en el sistema económico pueden ser no sólo más graves, sino también más duraderos, e incluso irreparables. La curva de recuperación de los sistemas económicos es mucho más lenta que la de los sistemas físicos. Por el momento, este efecto de traspaso amplificado de las alteraciones climáticas a perturbaciones económicas sólo lo hemos observado a escala reducida, con consecuencias negativas en regiones relativamente limitadas. Sin embargo, a medida que las modificaciones del sistema climático vayan incrementándose, las iremos observando a escalas cada vez mayores. Siguiendo este razonamiento hasta el final, en el corto y medio plazo los desequilibrios climáticos podrían provocar graves efectos en la economía mundial. De hecho es posible que, como consecuencia del cambio climático, la economía colapse incluso antes de que podamos apreciar alteraciones significativas en el sistema medioambiental.

Como conclusión, es necesario que seamos conscientes de que la fragilidad y las rigideces del sistema económico son mayores que las del sistema climático, y dado que ambos están interconectados de un modo muy complejo, el cambio climático podría trasladarse a nuestras economías en un plazo mucho más corto de lo que nos gustaría creer. Debemos, por tanto, reforzar el enfoque hacia el desarrollo sostenible, no sólo por una filosofía más o menos altruista de garantizar el bienestar de las generaciones futuras, sino también como la única vía posible de mantener el desarrollo económico y social. Trabajar por el desarrollo sostenible no sólo implica minimizar el impacto medioambiental de las actividades que llevamos a cabo, sino que, en la práctica, es un medio eficaz para hacer más robusto el sistema económico, incrementando su resiliencia y garantizando una mayor capacidad de recuperación ante eventos físicos catastróficos.

En resumen, dado que no sabemos a ciencia cierta cuál es el umbral máximo a partir del cual el sistema económico pierde su capacidad de recuperación, y dado que sabemos que, en cualquier caso, es menor que el del sistema medioambiental, debemos ser muy cuidadosos con las alteraciones físicas que estamos generando con nuestra actividad. Porque las consecuencias del cambio climático no son algo que verán nuestros hijos; sino algo que, con total seguridad, viviremos nosotros, y, muy probablemente, en forma de graves crisis económicas caracterizadas por la limitación de recursos necesarios para la actividad, o por la incapacidad para situarlos allí donde son necesarios para la producción o para generar bienestar.

 

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Hacia un New Deal [1] energético

El mundo actual sufre una completa dependencia de las energías fósiles. Si el petróleo y el gas natural, que suponen más del 80 por ciento de la demanda energética mundial, dejaran repentinamente de fluir desde los países productores a los consumidores, nuestros coches, camiones, trenes y aviones dejarían de funcionar; los productos dejarían de viajar hacia y desde las fábricas; las personas no podrían llegar a sus lugares de trabajo, y nuestra economía y la sociedad en su conjunto quedarían paralizadas por completo.

Aunque la energía fósil tiene el mérito de haber contribuido a impulsar al planeta a su grado de desarrollo actual, presenta hoy, sin embargo, graves inconvenientes que aconsejan la búsqueda urgente de alternativas.

El primero de dichos inconvenientes es que la energía fósil que se gasta no se puede reponer, es decir, que no es renovable. Los combustibles fósiles son acumulaciones de seres vivos vegetales (bosques y plancton marino) que vivieron hace millones de años y que se han fosilizado formando carbón o hidrocarburos (petróleo y gas natural). La radiación solar, capturada por los vegetales y atrapada durante eras geológicas en forma de moléculas de alta energía, es la que hoy se encuentra en los hidrocarburos creados por la descomposición de la materia vegetal por acción de la temperatura, la presión y determinadas bacterias durante millones de años. Esto hace que la energía fósil sea imposible de reponer, y, por tanto, que su desaparición sea inevitable. Se calcula que el petróleo tardará menos de 70 años en desaparecer como fuente de energía económicamente viable.

cielo

En segundo lugar se encuentra la cuestión de la dependencia energética y económica que sufren los países consumidores. A excepción de los doce países que constituyen la OPEP, organización que controla la mitad de las exportaciones de crudo mundiales y posee tres cuartas partes de las reservas, los demás países del mundo producen mucho menos petróleo del que consumen, y, por tanto, se ven obligados a importarlo al precio que dicte la organización, lo que suele causar una fuerte dependencia económica.

En tercer lugar está el problema del creciente cambio climático. Los gases de efecto invernadero que producen los hidrocarburos al quemarse contribuyen a modificar la composición de la atmósfera del planeta magnificando el efecto invernadero natural, y haciendo, por tanto, que la temperatura de la superficie de la tierra aumente. Esto puede producir en unos años el derretimiento del hielo de los polos, un aumento del nivel del mar y su acidificación, inundaciones en costas e islas, y, en consecuencia, una gravísima crisis económica y humanitaria global.

En cuarto lugar se encuentra el negativo impacto medioambiental que provocan las energías fósiles. La producción y el transporte de hidrocarburos conllevan serios riesgos para el medioambiente, como, por ejemplo, los derivados de un derrame de petróleo o una explosión.

Además, la exploración y la explotación de pozos petrolíferos causan serios problemas, como la pérdida de biodiversidad, la degradación de ecosistemas o la contaminación de los mares.

Y, finalmente, en quinto lugar está el alto grado de contaminación que los combustibles fósiles provocan sobre el aire. La quema de gasolina en un motor no sólo produce dióxido de carbono y agua en el tubo de escape, sino que también provoca la aparición de subproductos contaminantes para el aire, como el monóxido de carbono (venenoso), los óxidos de nitrógeno (causantes del smog), o hidrocarburos de combustión parcial (producen ozono nocivo para la salud).

Es necesario dar un decidido paso hacia delante y superar el actual modelo de economía fósil, reemplazándolo por otro basado en energías limpias, renovables, y cuyo suministro esté garantizado. Pero, para conseguir esto, el cambio debe ser gradual, ya que la sustitución de la principal fuente de energía que usa la humanidad tiene, evidentemente, importantes consecuencias políticas, económicas y sociales.

El primero de los pasos que se debe dar es la inclusión en el precio de todos los productos y servicios de su impacto medioambiental. Esto es algo que los economistas conocen desde hace mucho tiempo, técnicamente denominadoexternalidad [2] negativa: al consumir un determinado producto o servicio generamos un perjuicio a terceros sin que medie ningún tipo de compensación económica. La manera de solucionarlo es internalizar este coste haciendo que lo asuma el consumidor, mediante la creación, por ejemplo, de un mercado de emisiones cuyo coste se impute sobre los bienes y servicios del comercio. Si esto se hiciera, las energías fósiles perderían gran parte de su competitividad frente a las energías renovables, ya que su precio se vería muy incrementado por el enorme coste económico del desgaste medioambiental que está teniendo para todos su utilización [3]

Tras la puesta en marcha de este nuevo paradigma económico, el cambio de incentivos económicos dará lugar a un nuevo modelo, el de la economía del carbono, que provocará el desarrollo tecnológico exponencial de las renovables. Estas energías cuentan con la ventaja de no ser contaminantes, estar libres de emisiones de gases de efecto invernadero, y reducir la dependencia política y económica adquirida con el puñado de países inestables que controlan hoy el petróleo. Muchos expertos creen que en el medio y largo plazo se impondrá la solar como fuente de energía primaria. Y es muy probable que el hidrógeno se convierta en el vector energético [4] del futuro, complementando a la electricidad. La combinación ambos eliminaría de manera inmediata el 65 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero del planeta.

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La energía solar cuenta a su favor con el hecho de ser universalmente accesible (salvo en los Polos) y de duración ilimitada. De hecho, bastaría cubrir con colectores solares menos de un cinco por ciento de los desiertos cálidos para satisfacer las necesidades eléctricas del mundo entero. Actualmente existen gran cantidad de tecnologías alternativas para producir energía a partir del sol, que pueden agruparse en dos bloques. Por un lado está la tecnología fotovoltaica, que transforma la radiación solar en electricidad, aprovechando el efecto fotoeléctrico, y, por otro, la tecnología termosolar, basada en la conversión en calor de la energía radiada, que posteriormente se emplea en un ciclo termodinámico. El uso de uno u otro bloque de tecnologías solares depende del tipo de demanda energética que se tenga. Por ejemplo, en el caso de abastecer a un gran número de hogares o industrias ubicados en una zona de alta radiación directa tiene sentido utilizar termosolar, mientras que para núcleos dispersos o consumo individual tiene más sentido usar fotovoltaica.

Por su parte, para que el hidrógeno pueda cumplir adecuadamente su función de vector energético en el futuro hace falta resolver algunas cuestiones. Las dos más importantes son cómo producirlo en grandes cantidades a partir de otra fuente primaria de energía con emisiones que sean nulas, y cómo almacenarlo de manera eficiente.

Existen dos mecanismos económicamente viables para extraer hidrógeno: la electrólisis del agua y el reformado de combustible. El primero usa electricidad para separar las moléculas de hidrógeno y oxígeno del agua, y permitiría a los ciudadanos producirlo en sus casas. El segundo utiliza un reformador para separar las moléculas de hidrógeno contenidas en el combustible. Para lograr el objetivo de que el hidrógeno tenga emisiones cero es necesario que el método utilizado no implique la emisión indirecta de dióxido de carbono u otros gases de efecto invernadero. Por ello, la electricidad o el combustible utilizados no deben provenir de derivados fósiles, sino de formas de energía limpia y renovable. En la actualidad, la electricidad que se utiliza procede, en su mayor parte, de centrales de carbón o gas natural; y los combustibles más utilizados para la obtención de hidrógeno son la gasolina y el gas natural. Pero la inclusión de su coste medioambiental en la energía provocará un desplazamiento hacia la creación de electricidad a partir de la energía solar y la producción de hidrógeno a partir de biocombustibles o de la propia energía solar.

El almacenamiento del hidrógeno no es cuestión baladí. Aunque es difícil de almacenar por su baja densidad volumétrica de energía, casi 3000 veces menor que la de la gasolina, existen tres formas de hacer el hidrógeno más denso, y, por tanto, más apto para su almacenamiento: compresión, licuefacción, o combinación con otros elementos. Cada una de ellas tiene sus ventajas e inconvenientes, y ninguna es en la actualidad lo suficientemente eficiente como para despuntar frente al resto. Por ello, la opción más usada hoy es la creación de hidrógeno de manera distribuida en el momento en que se necesita mediante, por ejemplo, el uso de un reformador que procese bioetanol para producir el gas. Este tipo de esquemas están siendo examinados para su uso en vehículos híbridos.

La transición del actual modelo económico, basado en las energías fósiles, hacia un New Deal energético, basado en las energías renovables, es vital para construir un futuro sostenible. Dados los intereses económicos vinculados a las energías fósiles, llegar hasta el punto en el que el sol y el hidrógeno alimenten el 80 por ciento de nuestras necesidades energéticas no será un camino fácil. Debemos ser capaces de entender las ventajas que las energías renovables tienen sabiendo que no nos equivocamos, y seguir dedicando recursos a su desarrollo. Sin duda, las generaciones futuras nos lo agradecerán.

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[1] El New Deal fue un conjunto de medidas económicas puestas en marcha entre 1933 y 1938 por el presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt para actuar de forma enérgica sobre las causas de la grave crisis económica de 1929, y mitigar así la gran depresión en la que se vio sumida el país.
[2] En economía una externalidad es un impacto (positivo o negativo) sobre cualquier parte no involucrada en una transacción económica dada. Las externalidades ocurren cuando una decisión adoptada produce costes o beneficios sobre terceras partes no involucradas en la transacción.
[3] Según el informe Stern, el coste económico total del cambio climático (motivado por las emisiones de gases de efecto invernadero) es superior al uno por ciento anual del producto interior bruto mundial. Una gran parte de ese coste es debido a las emisiones derivadas del uso de energías fósiles.
[4] En este contexto, debe entenderse vector energético como un medio de transmisión de la energía desde las fuentes primarias hasta los usuarios.

 

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