Luces navideñas

El pasado 9 de diciembre, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, encendía el Árbol Nacional de Navidad en una ceremonia en la capital del país a la que asistieron miles de personas. Desde 1923, año en el que los colegios públicos de la capital escribieran a la Casa Blanca solicitando que colocara un árbol de Navidad, la tradición de plantar e iluminar el árbol se ha mantenido con un espíritu de unidad que refleja que sus luces iluminan a las personas más allá de las fronteras de la ciudad y la nación.

La Navidad es un momento para celebrar, para cantar villancicos y para compartir regalos, pero su significado es mucho más profundo. La luz navideña simboliza la esperanza de un mundo mejor: un mundo en el que la riqueza de unos no puede construirse sobre la carencia de otros; en el que la generosidad y la prudencia tienen que triunfar sobre el egoísmo y la temeridad, en definitiva, un mundo del que puedan disfrutar nuestros nietos igual que lo estamos haciendo nosotros. Ésta es, precisamente, la definición que la Comisión Brundtland dio, en los años ochenta, del concepto de desarrollo sostenible: “desarrollo que satisfaga las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”.

Foto de un árbol de navidad iluminado

Se estima que en un país de tamaño mediano, como España, los ayuntamientos gastan en alumbrado navideño unos 30 millones de kilovatios por hora, una cifra equivalente a la electricidad que consume un barrio de unas 50.000 viviendas al año. Además, este gasto supone una emisión de gases de efecto invernadero de unas 10.000 toneladas, todo un regalo navideño para el cambio climático. Y el gasto energético, así como el asociado impacto ambiental, de los comercios que optan por mantener sus puertas abiertas en invierno es el doble que si las cerraran.

Hay muchas medidas posibles que pueden hacer que la Navidad no deje de ser una época del año sostenible: reducir el consumo energético en el hogar, utilizando equipos de bajo consumo y haciendo un uso responsable de los mismos; utilizar el transporte público con preferencia sobre el privado; echar bioetanol a los vehículos en lugar de gasolina, o reducir la producción de residuos innecesarios. Y para las emisiones restantes, siempre se pueden aprovechar estas fechas para regalar o  adquirir certificados de neutralización.

La mayoría de las luces de la Navidad que iluminan nuestro camino requieren energía fósil. El mejor regalo que podemos hacer a las generaciones futuras es sustituir el modelo energético actual por uno basado en energías limpias y renovables que permitan construir un futuro sostenible para todos. Pero mientras sigamos con lo que tenemos, ¿deberíamos moderar nuestro consumo en Navidad?

 

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Cancún, las personas y el cambio climático

El cambio climático es una realidad incuestionable. El aumento de 0,8ºC en la temperatura media global durante los últimos cien años, podría causar la muerte de unas 300.000 personas al año, y el sufrimiento de millones más. El silencio atronador de esta crisis es, quizás, el mayor impedimento para lograr un acuerdo internacional unánime.

Aunque algunas comunidades ya padecen sus consecuencias, la conciencia general sobre el cambio climático es todavía escasa, particularmente entre los países en vías de desarrollo. En las naciones industrializadas, motivado quizás por las imágenes de glaciares derretidos o las de osos polares flotando sobre un témpano bajo el sol, el cambio climático aún se considera una amenaza distante y futura, de índole exclusivamente medioambiental. Pero la realidad es que países como Australia sufren el mayor período de sequía de su historia, con consecuencias sociales reales: malas cosechas, desempleo, incendios, y mayores riesgos para la vida humana.

El cambio climático es un problema social que incidirá especialmente en el tercer mundo. Una cruda realidad que contrasta con el hecho de que los 50 países menos desarrollados del mundo contribuyen al 1 por ciento de las emisiones globales de CO2. Si el resto de los países contaminara tan poco, el cambio climático ni siquiera existiría.

Los expertos afirman que si la temperatura media del planeta supera los 2ºC, el efecto sobre las personas podría ser catastrófico. Para evitarlo, las emisiones globales deben descender hasta su práctica desaparición antes de 2050. Ello conlleva la necesidad de firmar un acuerdo mundial que nos permita alcanzar estos objetivos.

Tierra

La XVI sesión de la Conferencia de las Partes (COP 16) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se está celebrando en la ciudad mexicana de Cancún, es la oportunidad para impulsar una alianza global que evite las graves consecuencias del cambio climático.

El párrafo 2 del Acuerdo de Copenhague especifica que el objetivo es “mantener el aumento de temperatura global por debajo de los 2ºC” y, para conseguirlo, es necesario que los países industrializados reduzcan en un 40 por ciento sus emisiones para 2020, y que los países en desarrollo se desvíen entre un 15 por ciento y un 30 por ciento de su ritmo de crecimiento de emisiones previsto para la misma fecha.

La Comisión Europea ha analizado las repercusiones de asumir un compromiso de reducción de emisiones superior al 20 por ciento, concluyendo que el aumento del objetivo europeo de reducción podría llevarse a cabo asumiendo costes moderados y conllevaría significativos beneficios en creación de empleo e innovación.

El objetivo actual del 20 por ciento de reducción de emisiones en la UE se ha vuelto insuficiente en el contexto de la actual coyuntura económica. La recesión, unida a la transformación de la industria en los países del centro y este de Europa, ha provocado una caída de las emisiones de casi el 14 por ciento respecto a los niveles de 1990. Por ello, Europa debe comprometerse a una reducción superior al 30 por ciento para 2020.

Por su parte, Estados Unidos debe hacer suya la lucha internacional contra el cambio climático de forma equivalente al resto de países industrializados. Y las potencias emergentes, como China, India o Brasil, deben asumir compromisos mucho más ambiciosos que los de los países en desarrollo y aceptar que, gradualmente, se asimilarán a los de los países industrializados. Todo ello no sólo contribuirá de manera decisiva a evitar las consecuencias del cambio climático, sino que, además, impulsará el crecimiento económico en los países y fomentará la creación de empleo.

En definitiva, es crucial que en la reunión de Cancún se logre un acuerdo adicional de todos los países para alcanzar una reducción efectiva de las emisiones globales de carbono. Para evitar el inminente deterioro del medioambiente y, sobre todo, sus consecuencias sociales, necesitamos el compromiso  de gobiernos y empresas, impulsar un nuevo paradigma basado en el uso de energías renovables, el consumo responsable, la producción limpia y el principio básico de que los precios de los bienes y servicios incluyan también su coste medioambiental.

 

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¿Será Brasil el Golfo Pérsico del futuro?

En los últimos años, la preocupación por el medioambiente y por el calentamiento del planeta causado por el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero han despertado el interés de todos los sectores de la sociedad por las energías renovables.

Mientras que en Europa y en Estados Unidos nos encontramos en una situación deficitaria en términos energéticos, es decir, son regiones que importan más energía de la que producen, existe un país, Brasil, que no sólo es autosuficiente en términos energéticos sino que, además, el 45,1 por ciento de toda su energía consumida procede de fuentes renovables.
Gráfica 1

Este dato debería hacernos reflexionar sobre cómo es posible que un país en vías de desarrollo esté a la vanguardia de la producción de energías renovables, mostrando mayor respeto por el medioambiente y mayor grado de diversificación energética que los países más avanzados del mundo.

Por otro lado, analizando el caso de los biocombustibles, podemos comprobar que, hasta ahora, Brasil ha sido capaz de satisfacer la creciente demanda de etanol proveniente de Europa y de Estados Unidos, a pesar de un creciente consumo interno consecuencia del aumento de flotas de coches flexibles (coches que pueden usar cualquier porcentaje de etanol como combustible). Por tanto, la pregunta que surge de manera natural es si el país latinoamericano será capaz de proporcionar suficiente etanol al resto del mundo en los próximos años. Es decir, si Brasil se convertirá en el nuevo golfo pérsico de las energías renovables.

campo

Desde el punto de vista agrícola, Brasil dispone de casi 105 millones de hectáreas para cultivos, lo cual hace que no haya necesidad de usar las tierras que componen la selva amazónica ni otras áreas protegidas. De esta superficie, sólo con cinco millones de hectáreas con cultivo de dendé (planta oleaginosa) se podría abastecer las necesidades de combustible diesel de Brasil. Además, si se sembraran 50 millones de hectáreas con caña de azúcar podrían producirse más de 450 millones de metros cúbicos de etanol, lo que supone poder prácticamente sustituir el consumo de gasolina de un país como Estados Unidos, cuya demanda es de unos 570 millones de metros cúbicos. En definitiva, el uso de la tierra para fines energéticos es compatible con el respeto a la biodiversidad y a la riqueza forestal.

mapa

Áreas de cultivo de la caña de azúcar (Fermentec, 2006)

Pero los biocombustibles no son la única energía renovable brasileña. La energía eléctrica es producida en un 75 por ciento a partir de centrales hidroeléctricas. Aunque este porcentaje parezca elevado, de hecho el potencial es muy superior, ya que existe un gran número de recursos hídricos disponibles que no se están aprovechando, como puede verse en la tabla adjunta.

Por tanto, dado el decidido impulso político y las excepcionales condiciones de clima y recursos naturales que tiene, Brasil puede convertirse en la fuente de combustibles renovables que el mundo necesita, un moderno Golfo Pérsico sostenible.

 

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La deforestación: el punto débil de los árboles

Los bosques constituyen uno de los ecosistemas más valiosos de la tierra, por su gran biodiversidad. Sin embargo, su vulnerabilidad a la acción del hombre ha provocado ya su desaparición en diversas zonas del planeta; es lo que conocemos como deforestación.

De esta devastación se han salvado, por el momento, el bosque tropical amazónico, la jungla del sudeste asiático, las selvas tropicales de África central, los bosques templados de Sudamérica, los bosques primarios de Norteamérica, los últimos bosques primarios europeos y los bosques de la taiga siberiana, considerados los siete grandes bosques naturales del planeta, que no se han visto afectados por la actividad industrial.

Fuego

Pero el peligro permanece ahí, al acecho: en los años 80, el índice de deforestación mundial alcanzó los 15 millones de hectáreas al año, una cifra que hoy ya ronda los 17 millones de hectáreas. Los expertos calculan que cada minuto se destruye, en algún lugar del planeta, una extensión de bosque húmedo similar a la de seis campos de fútbol, pese a ser los bosques tropicales de montaña y los bosques secos, los que suman un índice mayor de deforestación. Por eso, no es de extrañar que el 80 por ciento estén alterados o hayan sido destruidos, y que el 20 por ciento restante persista bajo esta amenaza. Hoy la superficie boscosa en la Tierra es de cuatro billones de hectáreas, es decir, el 30,3 por ciento del total de la superficie terrestre.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales citan, entre las principales causas directas, la transformación de las tierras forestales en agrícolas, las actividades ganaderas, el cambio de cultivos, la expansión de las áreas urbanas e industriales, la tala inapropiada e indiscriminada, la minería, la explotación del petróleo, la construcción de presas, las plantaciones industriales y los incendios.

Estas instituciones han alertado de que son, en realidad, las llamadas causas subyacentes (o indirectas) las que determinan las directas: políticas gubernamentales sobre los derechos de tenencia de la tierra y las desigualdades sociales, y otros factores políticos como la falta de democracia participativa, y de modelos de producción y de consumo; la construcción de carreteras, los conflictos militares. Una larga lista a la que añaden la legislación comercial discriminatoria, las inversiones poco reguladas, los programas de ajuste estructural, la deuda, las distorsiones del mercado, entre otras.

Y, como no podía ser de otro modo, todo esto influye y acelera el cambio climático. Los bosques juegan un papel fundamental en la regulación del clima; pero, además, actúan como sumideros de carbono, impidiendo así el aumento del dióxido de carbono en la atmósfera y, por tanto, el calentamiento global de la Tierra. Un sumidero es un ecosistema capaz de absorber más CO2 del que emite, actuando como una trampa de carbono. Por ejemplo, el mar y, en determinadas ocasiones, la vegetación terrestre son sumideros naturales de carbono. En este sentido, un reciente estudio publicado en la revista científica Nature, ha puesto de manifiesto que los bosques primarios constituyen importantes sumideros de carbono para el planeta.

El equipo de científicos de Bélgica, Francia, Alemania, Reino Unido, Suiza y Estados Unidos han analizado los datos de 519 bosques primarios, concluyendo que, al contrario de tener un balance neutro de carbono, la mayoría de los bosques de entre 15 y 800 años de antigüedad son excelentes sumideros de carbono, ya que absorben más del que emiten. Además, en el caso de los bosques primarios que representan el 15 por ciento de la superficie boscosa total del mundo, los expertos han calculado que sólo estos bosques antiguos absorben al año alrededor de 1,3 gigatoneladas de carbono, una cantidad equivale al 10 por ciento del CO2 neto absorbido en todo el mundo.

Frecuentemente, se señala la combustión del petróleo y el gas como la principal causa del calentamiento global. Como ya he analizado en artículos anteriores, esta afirmación está de sobra contrastada y argumentada con sólidos razonamientos científicos. Pero no hay que perder de vista el hecho de que la tala de árboles también influye en el efecto invernadero. Los árboles están compuestos en un 50 por ciento de carbono, de manera que su tala provoca el regreso a la atmósfera de parte de este elemento químico. Los expertos calculan que sólo la deforestación provoca el 25 por ciento de los gases de efecto invernadero, es decir, más de 1.600 millones de toneladas al año. La Convención sobre el Cambio Climático (UNFCCC) ha alertado de que cada año se acumulan en la atmósfera 4.000 millones de toneladas adicionales de carbono, de las que aproximadamente un 30 por ciento provienen de la quema acelerada de los bosques tropicales.

gráfico

(Fuente: Evaluación de los recursos forestales mundiales 2005; FAO)

Esta situación ha llevado a la comunidad internacional, en el marco del Foro Intergubernamental sobre los Bosques de la Comisión sobre el Desarrollo Sostenible, a reconocer la acuciante necesidad de identificar las causas subyacentes de la deforestación, para buscar soluciones comunes y salvar los bosques del planeta que aún permanecen en pie. Entre las medidas propuestas, destaca el denominado “equilibrio dinámico”, que persigue desarrollar el principio de sostenibilidad, tratando de conciliar el desarrollo y crecimiento económico y social, con las actividades productivas y domésticas, de manera que se asegure el bienestar de las generaciones presentes y futuras. Por eso, resulta fundamental recuperar todas las tierras que presentan graves problemas de deterioro, mediante su conservación, protección, mitigación, compensación, uso racional y aprovechamiento sostenible, y actualizar los procesos que ayuden a detener ese deterioro.

Ya que el desarrollo y la conservación de los bosques son de vital importancia para nuestro bienestar, debemos trabajar en la definición de programas que favorezcan la recuperación y conservación de la tierra, tan importante para el desarrollo económico, social y medioambiental. Y no me refiero a una obligación exclusiva de los estados; está claro que es responsabilidad de toda la sociedad velar por el cuidado y la preservación de nuestros bosques y hacer un uso sostenible de las tierras.

 

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Economía y Cambio Climático

El 20 de marzo de 2010, en la región islandesa de Fimmvörðuháls, un atronador rugido quebró el silencio nocturno. Las cataratas congeladas de la ruta de Skógar, popular por su belleza entre los miles de senderistas que la atraviesan durante los meses de verano, se quebraron por la violencia de la explosión. El volcán Eyjafjallajökull, que en islandés quiere decir “montaña-isla glaciar”, había despertado.

La erupción comenzó en una fisura volcánica abierta en el flanco oriental del volcán. El penacho volcánico, de unos 1000 metros de altura, fue empujado por los vientos hacia el oeste, cubriendo el cielo de una fina capa de ceniza. Ello obligó a las autoridades a declarar el estado de emergencia en el sur de Islandia, y forzó la evacuación de los habitantes de la localidad de Fljótshlíð debido al riesgo de inundaciones. Días después, las cenizas del volcán habían cubierto la mayor parte de los cielos europeos.

Foto de volcán en erupción

Fotografía por Christopher Lund de nationalgeographic.com

Las peores consecuencias de la erupción del volcán no fueron ni su impacto medioambiental ni su impacto sobre las comunidades vecinas (muy reducido), sino sus repercusiones económicas. Durante semanas se cancelaron cientos de miles de vuelos debido al cierre de las rutas aéreas entre la práctica totalidad de los países europeos. Esto supuso que restaurantes y hoteles de todo el continente se quedasen sin clientes, al tiempo que las empresas veían cómo sus empleados permanecían en tierra, sin poder cerrar acuerdos ni terminar proyectos pendientes. Se calcula que el efecto del Eyjafjallajökull sobre la economía mundial superó los 5000 millones de dólares durante los dos primeros meses desde que entrara en erupción.

¿Tienen algo en común el huracán Katrina o el terremoto de Haití con la erupción del volcán islandés?

De maneras distintas, las tres catástrofes naturales nos recuerdan cómo los efectos de pequeños sucesos locales pueden magnificarse y extender globalmente sus consecuencias a través de la economía. ¿Qué pasaría si los cambios en los sistemas naturales fueran globales en lugar de locales? Como pone de relieve Richard Fisher, científico de la NASA, fenómenos globales como el previsible incremento de la actividad solar durante los próximos años, con capacidad para poner fuera de juego los actuales sistemas de navegación de barcos y aviones, o la infraestructura eléctrica de los países, pueden llegar a causar decenas de veces más impacto sobre la economía planetaria que el huracán Katrina.

Examinando el problema bajo esta nueva luz, el cambio climático puede no ser únicamente un grave peligro por sus consecuencias sobre el medioambiente; es posible que su impacto sobre el sistema económico mundial tenga, incluso, un efecto aún mayor. Fernando Martínez Salcedo y José Luis Arroyo Barrigüete lo analizan en su artículo “Economía y Cambio Climático”, que, por su interés, reproduzco a continuación.

 

Economía y Cambio Climático

Por Fernando Martínez Salcedo y José L. Arroyo Barrigüete

Desde que la comunidad científica nos alertó de las graves consecuencias del cambio climático de origen antropogénico que estamos sufriendo, mucho se ha escrito sobre su impacto a largo plazo en todas las actividades del ser humano. Sin embargo, de lo que no se ha reflexionado con tanta profundidad, es sobre las consecuencias en el corto y medio plazo, menospreciando incluso, en algunas ocasiones, este tipo de efectos.

La razón para que se haya producido este sesgo en el análisis no es otra que el hecho de que el sistema medioambiental presenta una cierta capacidad de ajuste, que, aun siendo finita, sí tolera y es capaz de absorber perturbaciones moderadas. Por tanto se ha llegado a la errónea conclusión de que, al menos en el corto plazo, estamos relativamente seguros, y que nuestro modo de vida no se va a ver alterado de un modo sustancial. Confiamos en que esta resiliencia del sistema climático nos proteja durante los próximos años. Sin embargo esto es, sin ninguna duda, un importante error de juicio. En la práctica, el medioambiente interactúa con otra serie de sistemas, que, por desgracia, no son igual de flexibles y robustos.

Un buen ejemplo lo encontramos en el sistema económico. Sus complejidades, incrementadas de un modo exponencial con la creciente interconexión de todas las economías mundiales, no presentan la misma resiliencia que el sistema climático;su capacidad para absorber perturbaciones es mucho más limitada. Adicionalmente, la naturaleza tiene más memoria que la comunidad humana, y, en ocasiones, nuestras actividades se realizan en áreas o condiciones ya cuestionadas por ella: somos nosotros mismos los que autoproducimos la crisis, al acentuar los efectos devastadores de un fenómeno natural. La conclusión obvia es que pequeños cambios medioambientales, que el sistema climático puede absorber de una manera más o menos eficaz, pueden trasladarse al sistema económico de un modo mucho más virulento, desestabilizando de forma importante incluso grandes economías. Es decir, una incidencia puntual y localizada en el sistema físico puede generar una incidencia mucho mayor en el sistema económico, transformando tensiones locales en tensiones económicas globales. No se trata de especulación ociosa, ya que recientes acontecimientos avalan esta reflexión.

Foto de avión sobrevolando el cráter de un volcán en erupción

Fotografía por Christopher Lund de nationalgeographic.com

Por dar algunos ejemplos, hace apenas unos meses, a principios de 2010, una ola de frío provocó graves daños en las plantaciones de naranjas de Florida, que rápidamente se trasladó a los mercados financieros, en donde se incrementó de forma sustancial el precio del zumo de naranja congelado. El tristemente famoso terremoto de Haití no sólo provocó importantes daños en aquella región, sino que sus consecuencias se hicieron notar a nivel global, ya que muchos países se comprometieron a ayudar con aportaciones económicas, que necesariamente detraen recursos de otras geografías y actividades. Y la reciente crisis del tráfico aéreo europeo provocada por la erupción de un volcán en Islandia es otro ejemplo en este sentido: una incidencia puntual provoca una crisis global acentuada por la rigidez de nuestros comportamientos y porque los sistemas económicos no integran en su análisis este tipo de situaciones y carecen de capacidad de respuesta flexible a las mismas. En línea con lo anterior, en 2009 la escasez de lluvias en India, que fueron entre un 15 y un 20% menores que la media de los últimos 50 años, provocó importantes daños en las cosechas de arroz, azúcar y oleaginosas, con los consiguientes efectos en el precio de estos productos. En 2005, el huracán Katrina no sólo tuvo devastadoras consecuencias entre la población de Nueva Orleans: la producción de combustible en la zona del Golfo de México, uno de los principales puntos de producción de EE. UU., se vio seriamente comprometida, lo que generó una crisis de gasolina en todo el país.

Como queda patente en los ejemplos anteriores, el sistema físico es capaz de reequilibrarse con cierta rapidez tras un evento más o menos intenso que altere las condiciones habituales, pero los daños que esto puede ocasionar en el sistema económico pueden ser no sólo más graves, sino también más duraderos, e incluso irreparables. La curva de recuperación de los sistemas económicos es mucho más lenta que la de los sistemas físicos. Por el momento, este efecto de traspaso amplificado de las alteraciones climáticas a perturbaciones económicas sólo lo hemos observado a escala reducida, con consecuencias negativas en regiones relativamente limitadas. Sin embargo, a medida que las modificaciones del sistema climático vayan incrementándose, las iremos observando a escalas cada vez mayores. Siguiendo este razonamiento hasta el final, en el corto y medio plazo los desequilibrios climáticos podrían provocar graves efectos en la economía mundial. De hecho es posible que, como consecuencia del cambio climático, la economía colapse incluso antes de que podamos apreciar alteraciones significativas en el sistema medioambiental.

Como conclusión, es necesario que seamos conscientes de que la fragilidad y las rigideces del sistema económico son mayores que las del sistema climático, y dado que ambos están interconectados de un modo muy complejo, el cambio climático podría trasladarse a nuestras economías en un plazo mucho más corto de lo que nos gustaría creer. Debemos, por tanto, reforzar el enfoque hacia el desarrollo sostenible, no sólo por una filosofía más o menos altruista de garantizar el bienestar de las generaciones futuras, sino también como la única vía posible de mantener el desarrollo económico y social. Trabajar por el desarrollo sostenible no sólo implica minimizar el impacto medioambiental de las actividades que llevamos a cabo, sino que, en la práctica, es un medio eficaz para hacer más robusto el sistema económico, incrementando su resiliencia y garantizando una mayor capacidad de recuperación ante eventos físicos catastróficos.

En resumen, dado que no sabemos a ciencia cierta cuál es el umbral máximo a partir del cual el sistema económico pierde su capacidad de recuperación, y dado que sabemos que, en cualquier caso, es menor que el del sistema medioambiental, debemos ser muy cuidadosos con las alteraciones físicas que estamos generando con nuestra actividad. Porque las consecuencias del cambio climático no son algo que verán nuestros hijos; sino algo que, con total seguridad, viviremos nosotros, y, muy probablemente, en forma de graves crisis económicas caracterizadas por la limitación de recursos necesarios para la actividad, o por la incapacidad para situarlos allí donde son necesarios para la producción o para generar bienestar.

 

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Hacia un New Deal [1] energético

El mundo actual sufre una completa dependencia de las energías fósiles. Si el petróleo y el gas natural, que suponen más del 80 por ciento de la demanda energética mundial, dejaran repentinamente de fluir desde los países productores a los consumidores, nuestros coches, camiones, trenes y aviones dejarían de funcionar; los productos dejarían de viajar hacia y desde las fábricas; las personas no podrían llegar a sus lugares de trabajo, y nuestra economía y la sociedad en su conjunto quedarían paralizadas por completo.

Aunque la energía fósil tiene el mérito de haber contribuido a impulsar al planeta a su grado de desarrollo actual, presenta hoy, sin embargo, graves inconvenientes que aconsejan la búsqueda urgente de alternativas.

El primero de dichos inconvenientes es que la energía fósil que se gasta no se puede reponer, es decir, que no es renovable. Los combustibles fósiles son acumulaciones de seres vivos vegetales (bosques y plancton marino) que vivieron hace millones de años y que se han fosilizado formando carbón o hidrocarburos (petróleo y gas natural). La radiación solar, capturada por los vegetales y atrapada durante eras geológicas en forma de moléculas de alta energía, es la que hoy se encuentra en los hidrocarburos creados por la descomposición de la materia vegetal por acción de la temperatura, la presión y determinadas bacterias durante millones de años. Esto hace que la energía fósil sea imposible de reponer, y, por tanto, que su desaparición sea inevitable. Se calcula que el petróleo tardará menos de 70 años en desaparecer como fuente de energía económicamente viable.

cielo

En segundo lugar se encuentra la cuestión de la dependencia energética y económica que sufren los países consumidores. A excepción de los doce países que constituyen la OPEP, organización que controla la mitad de las exportaciones de crudo mundiales y posee tres cuartas partes de las reservas, los demás países del mundo producen mucho menos petróleo del que consumen, y, por tanto, se ven obligados a importarlo al precio que dicte la organización, lo que suele causar una fuerte dependencia económica.

En tercer lugar está el problema del creciente cambio climático. Los gases de efecto invernadero que producen los hidrocarburos al quemarse contribuyen a modificar la composición de la atmósfera del planeta magnificando el efecto invernadero natural, y haciendo, por tanto, que la temperatura de la superficie de la tierra aumente. Esto puede producir en unos años el derretimiento del hielo de los polos, un aumento del nivel del mar y su acidificación, inundaciones en costas e islas, y, en consecuencia, una gravísima crisis económica y humanitaria global.

En cuarto lugar se encuentra el negativo impacto medioambiental que provocan las energías fósiles. La producción y el transporte de hidrocarburos conllevan serios riesgos para el medioambiente, como, por ejemplo, los derivados de un derrame de petróleo o una explosión.

Además, la exploración y la explotación de pozos petrolíferos causan serios problemas, como la pérdida de biodiversidad, la degradación de ecosistemas o la contaminación de los mares.

Y, finalmente, en quinto lugar está el alto grado de contaminación que los combustibles fósiles provocan sobre el aire. La quema de gasolina en un motor no sólo produce dióxido de carbono y agua en el tubo de escape, sino que también provoca la aparición de subproductos contaminantes para el aire, como el monóxido de carbono (venenoso), los óxidos de nitrógeno (causantes del smog), o hidrocarburos de combustión parcial (producen ozono nocivo para la salud).

Es necesario dar un decidido paso hacia delante y superar el actual modelo de economía fósil, reemplazándolo por otro basado en energías limpias, renovables, y cuyo suministro esté garantizado. Pero, para conseguir esto, el cambio debe ser gradual, ya que la sustitución de la principal fuente de energía que usa la humanidad tiene, evidentemente, importantes consecuencias políticas, económicas y sociales.

El primero de los pasos que se debe dar es la inclusión en el precio de todos los productos y servicios de su impacto medioambiental. Esto es algo que los economistas conocen desde hace mucho tiempo, técnicamente denominadoexternalidad [2] negativa: al consumir un determinado producto o servicio generamos un perjuicio a terceros sin que medie ningún tipo de compensación económica. La manera de solucionarlo es internalizar este coste haciendo que lo asuma el consumidor, mediante la creación, por ejemplo, de un mercado de emisiones cuyo coste se impute sobre los bienes y servicios del comercio. Si esto se hiciera, las energías fósiles perderían gran parte de su competitividad frente a las energías renovables, ya que su precio se vería muy incrementado por el enorme coste económico del desgaste medioambiental que está teniendo para todos su utilización [3]

Tras la puesta en marcha de este nuevo paradigma económico, el cambio de incentivos económicos dará lugar a un nuevo modelo, el de la economía del carbono, que provocará el desarrollo tecnológico exponencial de las renovables. Estas energías cuentan con la ventaja de no ser contaminantes, estar libres de emisiones de gases de efecto invernadero, y reducir la dependencia política y económica adquirida con el puñado de países inestables que controlan hoy el petróleo. Muchos expertos creen que en el medio y largo plazo se impondrá la solar como fuente de energía primaria. Y es muy probable que el hidrógeno se convierta en el vector energético [4] del futuro, complementando a la electricidad. La combinación ambos eliminaría de manera inmediata el 65 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero del planeta.

hojas

La energía solar cuenta a su favor con el hecho de ser universalmente accesible (salvo en los Polos) y de duración ilimitada. De hecho, bastaría cubrir con colectores solares menos de un cinco por ciento de los desiertos cálidos para satisfacer las necesidades eléctricas del mundo entero. Actualmente existen gran cantidad de tecnologías alternativas para producir energía a partir del sol, que pueden agruparse en dos bloques. Por un lado está la tecnología fotovoltaica, que transforma la radiación solar en electricidad, aprovechando el efecto fotoeléctrico, y, por otro, la tecnología termosolar, basada en la conversión en calor de la energía radiada, que posteriormente se emplea en un ciclo termodinámico. El uso de uno u otro bloque de tecnologías solares depende del tipo de demanda energética que se tenga. Por ejemplo, en el caso de abastecer a un gran número de hogares o industrias ubicados en una zona de alta radiación directa tiene sentido utilizar termosolar, mientras que para núcleos dispersos o consumo individual tiene más sentido usar fotovoltaica.

Por su parte, para que el hidrógeno pueda cumplir adecuadamente su función de vector energético en el futuro hace falta resolver algunas cuestiones. Las dos más importantes son cómo producirlo en grandes cantidades a partir de otra fuente primaria de energía con emisiones que sean nulas, y cómo almacenarlo de manera eficiente.

Existen dos mecanismos económicamente viables para extraer hidrógeno: la electrólisis del agua y el reformado de combustible. El primero usa electricidad para separar las moléculas de hidrógeno y oxígeno del agua, y permitiría a los ciudadanos producirlo en sus casas. El segundo utiliza un reformador para separar las moléculas de hidrógeno contenidas en el combustible. Para lograr el objetivo de que el hidrógeno tenga emisiones cero es necesario que el método utilizado no implique la emisión indirecta de dióxido de carbono u otros gases de efecto invernadero. Por ello, la electricidad o el combustible utilizados no deben provenir de derivados fósiles, sino de formas de energía limpia y renovable. En la actualidad, la electricidad que se utiliza procede, en su mayor parte, de centrales de carbón o gas natural; y los combustibles más utilizados para la obtención de hidrógeno son la gasolina y el gas natural. Pero la inclusión de su coste medioambiental en la energía provocará un desplazamiento hacia la creación de electricidad a partir de la energía solar y la producción de hidrógeno a partir de biocombustibles o de la propia energía solar.

El almacenamiento del hidrógeno no es cuestión baladí. Aunque es difícil de almacenar por su baja densidad volumétrica de energía, casi 3000 veces menor que la de la gasolina, existen tres formas de hacer el hidrógeno más denso, y, por tanto, más apto para su almacenamiento: compresión, licuefacción, o combinación con otros elementos. Cada una de ellas tiene sus ventajas e inconvenientes, y ninguna es en la actualidad lo suficientemente eficiente como para despuntar frente al resto. Por ello, la opción más usada hoy es la creación de hidrógeno de manera distribuida en el momento en que se necesita mediante, por ejemplo, el uso de un reformador que procese bioetanol para producir el gas. Este tipo de esquemas están siendo examinados para su uso en vehículos híbridos.

La transición del actual modelo económico, basado en las energías fósiles, hacia un New Deal energético, basado en las energías renovables, es vital para construir un futuro sostenible. Dados los intereses económicos vinculados a las energías fósiles, llegar hasta el punto en el que el sol y el hidrógeno alimenten el 80 por ciento de nuestras necesidades energéticas no será un camino fácil. Debemos ser capaces de entender las ventajas que las energías renovables tienen sabiendo que no nos equivocamos, y seguir dedicando recursos a su desarrollo. Sin duda, las generaciones futuras nos lo agradecerán.

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[1] El New Deal fue un conjunto de medidas económicas puestas en marcha entre 1933 y 1938 por el presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt para actuar de forma enérgica sobre las causas de la grave crisis económica de 1929, y mitigar así la gran depresión en la que se vio sumida el país.
[2] En economía una externalidad es un impacto (positivo o negativo) sobre cualquier parte no involucrada en una transacción económica dada. Las externalidades ocurren cuando una decisión adoptada produce costes o beneficios sobre terceras partes no involucradas en la transacción.
[3] Según el informe Stern, el coste económico total del cambio climático (motivado por las emisiones de gases de efecto invernadero) es superior al uno por ciento anual del producto interior bruto mundial. Una gran parte de ese coste es debido a las emisiones derivadas del uso de energías fósiles.
[4] En este contexto, debe entenderse vector energético como un medio de transmisión de la energía desde las fuentes primarias hasta los usuarios.

 

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Bioetanol y Seguridad Energética

Gasolinera

 

La seguridad energética, definida como la capacidad de un país para satisfacer la futura demanda nacional de energía con suficiencia, oportunidad, sostenibilidad y precios adecuados, es un asunto de crucial importancia para cualquier nación. A excepción de los doce países que constituyen la OPEP, organización que controla la mitad de las exportaciones de crudo mundiales y posee tres cuartas partes de las reservas, el resto de las naciones del mundo produce mucho menos petróleo del que consumen y, por tanto, se ven obligadas a importarlo al precio que dicta la organización, lo que crea una situación de fuerte dependencia económica. E incluso a los países productores antes de finales de siglo se les habrán acabado sus reservas.

Cada año se consumen en el mundo más de 30 000 millones de barriles de petróleo, lo que supone -considerando que el precio del barril sea de 100 dólares- una factura a pagar de más de 3 billones de dólares. Incluso un país pequeño no productor, que consuma apenas 500 millones de barriles al año, paga una factura anual superior a los 50 000 millones de dólares.

Estados Unidos, por ejemplo, tiene una dependencia cada vez mayor de las importaciones de crudo, a pesar de ser un país con una alta capacidad de producción. De hecho, en la actualidad importa el 57 por ciento del petróleo que consume, lo que implica y explica la alta dependencia política y económica adquirida con el puñado de países inestables que controlan hoy el petróleo. Cada año, Estados Unidos invierte más de 300 000 millones de dólares en asegurar el transporte de crudo importado. Esto supone un gasto adicional de $3,68 por galón, más del cien por cien de su coste actual, y explica la tajante afirmación hecha por el presidente Obama en este sentido: “La dependencia del petróleo es la más seria de las amenazas para el país”.

En definitiva, la diversificación energética ha pasado a ser una importante cuestión de política exterior, que hace necesaria la búsqueda de alternativas a la energía fósil que permitan deshacer más de un siglo de monopolio energético.

De las actuales fuentes de energías renovables, son los biocombustibles los que están mejor situados para sustituir al petróleo en el corto y medio plazo, ya que pueden usar las mismas infraestructuras. Como fuente de energía local y renovable, el bioetanol puede reducir la dependencia que los países tienen del petróleo extranjero y desplazar miles de millones de barriles de crudo importado, a la vez que permite incrementar la capacidad de estos países para controlar su futuro económico, mejorando su balanza comercial y pudiendo invertir este dinero en su propio progreso social y económico, en lugar de financiar gobiernos totalitarios en Oriente Medio.

Afortunadamente, el incremento de la oferta de biocombustibles en el mundo está ayudando a reducir la demanda de petróleo, mitigando así el impacto devastador de la escalada de los precios del crudo, que llegó a los 140 dólares por barril en 2008.

Además, no hay que olvidar que la exploración y la explotación de pozos petrolíferos causan también serios problemas medioambientales, como la pérdida de biodiversidad, la degradación de ecosistemas, la contaminación de los mares y la emisión de gases de efecto invernadero. Y tienen, incluso, elevados costes indirectos. Según la oficina de contabilidad de Estados Unidos, en los últimos treinta años el gobierno norteamericano ha destinado más de 130 000 millones de dólares a subvencionar la exploración y producción de petróleo.

En suma, el bioetanol se distingue como la mejor alternativa, en el corto plazo, al petróleo. Más adelante vendrán el coche eléctrico o el de hidrógeno, si bien para su desarrollo es necesario establecer las condiciones necesarias para impulsar formas de energía más limpias e inagotables. Sin duda, la seguridad energética es el gran reto del siglo XXI, y la historia nos enseña que los grandes avances se consiguen mediante diálogo, cooperación y voluntad política. Es vital que nuestros líderes aseguren el adecuado marco regulatorio y la suficiente inversión en I+D para fomentar el progreso de las renovables, porque ésos deben ser los elementos de la política energética de cualquier país.

 

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Biomasa para la generación de energía

Hojas

La biomasa es la materia orgánica que proviene de árboles, plantas y desechos de animales que pueden ser convertidos en energía; se trata de una fuente renovable porque su ciclo de regeneración es rápido y, en última instancia, su energía proviene del sol, ya que es a través de la fotosíntesis cómo las plantas generan hidratos de carbono a partir de CO2, agua y aire. Además, es un recurso abundante (se estima que en el mundo hay disponibles cada año unos 170 000 millones de toneladas de biomasa[1]), lo que permite plantear que se utilice como fuente de energía a gran escala siempre que se haga de manera sostenible, evitando provocar erosión del suelo, y desertificación y deforestación de los ecosistemas[2].

Desde el punto de vista de la energía, la biomasa se puede utilizar para generar combustibles líquidos para la automoción (como ya hemos tratado en los artículos referidos a biocarburantes), para generar calor (cuya forma más primitiva, la quema de leña, se conoce desde los albores de la Humanidad), y como fuente de electricidad. Se estima que entre un 10 y un 14 por ciento de la energía consumida en el mundo proviene de la biomasa[3].

La biomasa que puede emplearse con fines energéticos es de naturaleza muy variada:

  • Residuos forestales.
  • Residuos agrícolas y ganaderos, procedentes de la poda de ciertos cultivos o de excrementos animales.
  • Residuos industriales de diferente índole.
  • Residuos urbanos, entre los que destaca el biogás procedente de estaciones depuradoras de aguas residuales urbanas y de los residuos sólidos urbanos.
  • Cultivos energéticos, que presentan una elevada producción por unidad de superficie.

Los combustibles líquidos para la automoción utilizan la fermentación de las moléculas complejas de azúcar que contienen las plantas (celulosa y lignina) para producir etanol. Esta liberación puede obtenerse mediante procesos de transformación biológicos, que usan enzimas para descomponer las moléculas, o mediante procesos de transformación termoquímicos, que usan gases a elevada temperatura. Ambas vías permiten producir un amplio rango de biocarburantes como el bioetanol, el biometanol, el diesel sintético, o el dimetiléter.

Por otro lado, las aplicaciones térmicas, entre las que destaca la generación de calor y el agua caliente sanitaria, son las más comunes dentro del sector de la biomasa. Dichas aplicaciones abarcan desde las calderas o estufas individuales utilizadas en los hogares hasta las calderas diseñadas para los edificios de viviendas.

Y, por último, la producción de electricidad a partir de biomasa precisa de sistemas complejos debido a su bajo poder calorífico y alto porcentaje de humedad. La central eléctrica de biomasa quema este tipo de combustible para producir vapor de agua o calentar un gas que, a su vez, mueve una turbina conectada a un generador y produce electricidad.

Para usar la biomasa como combustible renovable es particularmente importante la logística de su suministro, que ha de ser continuo y en grandes cantidades. Por ello, es necesario trabajar en la promoción de cultivos energéticos e infraestructuras que permitan el suministro estable y sostenible de biomasa a las plantas generadoras de energía. En cualquier caso, existen cantidades suficientes de residuos agrícolas (tales como la paja) y forestales (como los restos de cortas y limpias) que permitirán las producción durante el período inicial transitorio.

Los principales retos de la biomasa son su baja densidad energética en comparación con los combustibles, y el hecho de que su potencial calórico depende en gran medida del contenido de humedad y de la densidad de la materia prima. Pero la biomasa es una fuente energética con grandes ventajas frente a los combustibles fósiles. Se trata de una energía renovable, que además no contribuye al calentamiento global[4] e, incluso puede contribuir a reducirlo, ya que la captura del metano de los desechos agrícolas y la sustitución de derivados del petróleo ayudan a mitigar el efecto invernadero. Por otro lado, la transformación en energía de los residuos forestales, agrícolas y urbanos resuelve los problemas asociados al manejo de estos desechos. Y, además, la biomasa es un recurso local, de manera que su utilización reduce la dependencia energética del exterior, al tiempo que se incentivan las economías rurales.

El Libro Blanco de las Energías Renovables fijó como objetivo de la UE para 2010 que un 12 por ciento de la energía primaria procediera de fuentes renovables, dando un papel muy importante a la biomasa. Para conseguir estos objetivos es necesario avanzar en la creación de políticas en los países que potencien la creación sostenible de cultivos energéticos, fomenten la utilización de la biomasa, permitan crear canales logísticos para su distribución, incentiven adecuadamente la rentabilidad de los proyectos, y potencien la investigación sobre la producción de biomasa mediante cultivos energéticos y las tecnologías de transformación eficiente de la biomasa en combustibles sólidos. Si se ponen en marcha políticas acertadas se conseguirá que la biomasa sea uno de los pilares energéticos en el corto y en el medio plazo, contribuyendo con su carácter renovable a la continuidad futura del suministro energético.


[1] Whittaker, R. H.; Likens, G. E. (1975). “The Biosphere and Man”, en Leith, H. & Whittaker, R. H.: Primary Productivity of the Biosphere. Springer-Verlag, 305-328. ISBN 0-3870-7083-4. ; Ecological Studies Vol 14 (Berlin).

[2] Hall, D.O., F.Rosillo-Calle, R.H. Williams, J. Woods, Biomass for Energy; supply prospects. Renewable energy, source for fuels and electricity, Island Press, Washington DC, 1993.

[3] Gardner, G., Shrinking fields: Cropland loss in a world of eight billion, World Watch paper 131, World Watch Institute, New York, July 1996.

[4] Aunque para el aprovechamiento energético de esta fuente renovable tengamos que proceder a su combustión, y se genere por ello CO2 como gas resultante, hay que tener en cuenta que es la misma cantidad de gas la que se emite que la que fue captada por las plantas durante su crecimiento. Es decir, que no supone un incremento de este gas a la atmósfera.

 

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Globalización y Cambio Climático

¿Hay alguna relación entre la globalización y el cambio climático? Sobre el cambio climático ya hemos hablado profusamente en artículos anteriores del blog, así que no merece la pena incidir más en ello. Sin embargo, creo que sobre la globalización podemos profundizar un poco más. La globalización es un proceso fundamentalmente económico, que consiste en la integración de las economías nacionales en un único mercado capitalista mundial.

El proceso de globalización acelera, en última instancia, el proceso de convergencia de unas y otras economías, de manera que los países menos desarrollados alcanzan más rápidamente un avance que se acerca al de los países del primer mundo. Este proceso de convergencia y de aumento del nivel de vida tiene como consecuencia un incremento de la demanda de todo tipo de productos y servicios en general, y de la demanda energética, en particular.

Si para satisfacer este incremento de la demanda energética se opta por tecnologías fósiles, emisoras de gases de efecto invernadero, obviamente dichas emisiones se incrementarán a nivel global. Pero esto no tiene por qué ser así. Algunos mecanismos del protocolo de Kyoto tratan precisamente de combatir este tipo de problemas. Estos mecanismos fomentan la inversión de países en vías de desarrollo en tecnologías limpias como la solar, la eólica u otras fuentes de energía renovables, consiguiendo que el efecto positivo del crecimiento económico no se vea ensombrecido por un aumento de las emisiones contaminantes.

De hecho,para los países en vías de desarrollo la explotación de lasenergías alternativas se consolida como la mejor opción para fomentar y sustentar su crecimiento económico de forma limpia, al convertirse en escenarios idóneos para la creación de centros energéticos de electricidad y biocombustibles. Por ello, la implementación de políticas que promuevan en estos países las tecnologías limpias debería ser una prioridad en los programas de colaboración de los países desarrollados. Y no podemos olvidar, además, que para estos países el desarrollo de las energías alternativas es una oportunidad única para romper la dependencia con los países que controlan el suministro energético y con los que, por razones evidentes, están en condiciones  de inferioridad para negociar.

Por tanto, y como conclusión, la globalización y la lucha contra el cambio climático no son, como algunos afirman, términos incompatibles.

 

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Cómo reducir el consumo energético en el transporte

En España, el transporte supone cerca del 40 por ciento de la energía total que se consume. Y dentro del transporte, el de carretera supone cerca del 80 por ciento. A nivel mundial, las cifras son relativamente similares: un 30 por ciento del consumo energético se debe al transporte, y cerca del 80 por ciento del consumo energético en el transporte, se debe al tráfico por carretera.

AtascoEstos datos nos aportan dos ideas interesantes. La primera es que el consumo energético asociado al transporte alcanza en los países desarrollados una relevancia considerable; y, la segunda, que dentro del transporte en general, el de carretera supone el mayor porcentaje. Por tanto, las medidas con mayor impacto serán aquellas destinadas a reducir el consumo energético, precisamente, del transporte por carretera.

Al margen de que el uso de biocombustibles sea, desde mi punto de vista, una de las claves del desarrollo sostenible, deben abordarse otra serie de medidas de eficiencia energética. Veamos algunas que, en mi opinión, resultan clave.

  • Fomento del uso racional del transporte. En este caso hay tres objetivos que conseguir, y que, de alguna manera, han de abordarse en paralelo. En primer lugar es necesario lograr una mayor concienciación ciudadana en el uso del transporte público, fomentando su utilización en detrimento de los automóviles. En segundo lugar, un desarrollo de las infraestructuras asociadas al transporte colectivo. Y, en tercer lugar, el fomento de un uso racional del vehículo privado, lo que implica, nuevamente, la concienciación ciudadana e incluso el desarrollo de algún tipo de incentivo económico para potenciar este tipo de comportamientos.
  • Desarrollo de sistemas de información que permitan una gestión más eficiente de los sistemas de transporte, tanto individuales como colectivos. Esto es fundamental en el transporte aéreo, y no menos importante en la gestión del transporte terrestre.
  • Impulso de la sustitución del transporte por carretera, tanto de viajeros como de mercancías, por otros modos de transporte más eficientes. En el caso de las mercancías, promoviendo el transporte marítimo y ferroviario; y, en el caso del de viajeros, el ferroviario.
  • Renovación de las flotas de vehículos, principalmente en el transporte terrestre, que como hemos visto supone el mayor porcentaje del consumo energético. De este modo, podrían empezar a utilizarse vehículos más modernos y que presentan una mayor eficiencia energética. Para lograrlo, posiblemente debería incentivarse económicamente, por ejemplo con medidas fiscales para la adquisición de vehículos flexibles, capaces de consumir biocombustibles y con emisiones muy reducidas de gases de efecto invernadero.

En definitiva, creo que para lograr que la oferta energética satisfaga el progresivo aumento de la demanda de una manera segura y sostenible, reduciendo el impacto medioambiental de las energías fósiles, es necesario que los gobiernos pongan en marcha, de manera decidida y coordinada, iniciativas legislativas que, por un lado, fomenten una cultura renovable y, por otro, incentiven a los ciudadanos a observar patrones de consumo más sostenibles.

 

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